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sábado, 19 de abril de 2014

XII Estación. Muerte de Jesús en la Cruz

En la parte alta de la Cruz está escrita la causa de la condena: Jesús Nazareno Rey de los judíos (Ioh XIX, 19). Y todos los que pasan por allí, le injurian y se mofan de El. —Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz (Mt XXVII, 42). Uno de los ladrones sale en su defensa: —Este ningún mal ha hecho... (Lc XXIII, 41). Luego dirige a Jesús una petición humilde, llena de fe: —Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino (Lc XXIII, 42). —En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lc XXIII, 43). Junto a la Cruz está su Madre, María, con otras santas mujeres. Jesús la mira, y mira después al discípulo que el ama, y dice a su Madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: —Ahí tienes a tu madre (Ioh XIX, 26-27). Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama: —Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt XXVII, 46). Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice: —Tengo sed (Ioh XIX, 28). Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama: —Todo está cumplido (Ioh XIX, 30). El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con una gran voz: —Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc XXIII, 46). Y expira. Ama el sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar del sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz. V/. Te adoramos ¡oh Cristo! y te bendecimos. R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. Puntos de meditación 1. Et inclinato capite, tradidit spiritum (Ioh XIX, 30). Ha exhalado el Señor su último aliento. Los discípulos le habían oído decir muchas veces: meus cibus est..., mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y dar cumplimiento a su obra (Ioh IV, 34). Lo ha hecho hasta el fin, con paciencia, con humildad, sin reservarse nada... Oboediens usque ad mortem (Phil II, 8): obedeció hasta la muerte, ¡y muerte de Cruz! 2. Una Cruz. Un cuerpo cosido con clavos al madero. El costado abierto... Con Jesús quedan sólo su Madre, unas mujeres y un adolescente. Los apóstoles, ¿dónde están? ¿Y los que fueron curados de sus enfermedades: los cojos, los ciegos, los leprosos?... ¿Y los que le aclamaron?... ¡Nadie responde! Cristo, rodeado de silencio. También tú puedes sentir algún día la soledad del Señor en la Cruz. Busca entonces el apoyo del que ha muerto y resucitado. Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia. 3. Hay una falsa ascética que presenta al Señor en la Cruz rabioso, rebelde. Un cuerpo retorcido que parece amenazar a los hombres: me habéis quebrantado, pero yo arrojaré sobre vosotros mis clavos, mi cruz y mis espinas. Esos no conocen el espíritu de Cristo. Sufrió todo lo que pudo –¡y por ser Dios, podía tanto!–; pero amaba más de lo que padecía... Y después de muerto, consintió que una lanza abriera otra llaga, para que tú y yo encontrásemos refugio junto a su Corazón amabilísimo. 4. He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: peto quod petivit latro poenitens, y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido! Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo. 5. De la Cruz pende el cuerpo –ya sin vida– del Señor. La gente, considerando lo que había pasado, se vuelve dándose golpes de pecho (Lc XXIII, 48). Ahora que estás arrepentido, promete a Jesús que –con su ayuda– no vas a crucificarle más. Dilo con fe. Repite una y otra vez: te amaré, Dios mío, porque desde que naciste, desde que eras niño, te abandonaste en mis brazos, inerme, fiado de mi lealtad. San Josemaría Escrivá de Balaguer (España, 1902-1975)