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lunes, 28 de abril de 2014

¿Por qué se distanciaron García Márquez y Vargas Llosa?, por David Alberto Campos

Es una pena que se hubiera terminado una amistad tan profunda. El boom latinoamericano tenía en dicha amistad a sus dos representantes más reconocidos mundialmente. No sé si sean los más sobresalientes del boom (a veces me siento tentado a pensar que Cortázar, Paz y Fuentes fueron superiores), pero al menos sí los más laureados en toda la historia de la literatura del subcontinente. Es una pena que no se hubiera podido dar una reconciliación, pese a los esfuerzos de Héctor Abad Faciolince y un puñado de amigos que tenían en común. La muerte de García Márquez, cariñosamente apodado "Gabo", ya impidió de manera definitiva dicho reacercamiento. Acaso Vargas Llosa le escriba una carta íntima, de despedida, que nunca le envíe a sus deudos (como lo hace don Rigoberto, uno de sus más recordados personajes). Acaso se reencuentren en otra vida. Pero, al menos, ya en este mundo la situación parece haber quedado zanjada... Es también una ironía que semejante enemistad (que duró más de tres décadas) pudiera darse entre dos autores que se admiraban mutuamente (y que siguieron haciéndolo, y leyéndose, aún después del impase). De hecho, el voluminoso y denso ensayo "García Márquez: Historia de un deicidio" escrito por Vargas es tal vez la aproximación más sólida y mejor argumentada a la obra literaria del colombiano. Y lo más triste es que estos dos colosos de la Literatura Castellana, autores de obras inmortales (La Fiesta del Chivo, Lituma en los Andes, El Hablador, La guerra del fin del mundo, Conversación en la Catedral, por parte de Vargas Llosa; Cien Años de Soledad, El Otoño del Patriarca y El Amor en los tiempos del cólera, del lado de García Márquez), se enemistaron no por un asunto geopolítico trascendente, como alguna vez se rumoreó, sino por una indiscreción de parte del colombiano. Patricia Llosa, prima y esposa del escritor peruano, es la clave para entender el tristemente célebre puñetazo que le propinó el autor de La Fiesta del Chivo a García Márquez. No así la complicidad del colombiano con regímenes dictatoriales de izquierda, ni su amistad con Fidel Castro (de cuya revolución el peruano pasó de entusiasta simpatizante a acerbo crítico), ni las afinidades de Vargas Llosa con los modelos neoliberales y globalizadores en economía. Es decir, todo el asunto fue algo más personal e íntimo, y no obedeció a ninguna confrontación ideológica. Fue a principios de 1976. Mientras Mario Vargas Llosa estaba de viaje, su esposa fue a Barcelona, donde se proponía comprar un apartamento, y se alojó en el hotel Sarriá. Carmen Balcells (editora tanto de Vargas Llosa como de García Márquez) le organizó una cena en ese mismo hotel e invitó también a Jorge Edwards y al colombiano. Después de la cena, los cuatro se fueron a tomar una copa al Celeste, un lugar de baile conocido en el mundillo literario. Al día siguiente Patricia tenía que tomar el avión para Madrid, de vuelta a Lima, y como la señora Balcells no podía acercarla, se ofreció García Márquez a llevarla en su coche. En el trayecto, el escritor se confundió de carretera (¿intencionalmente, haciendo gala de la burda coquetería del típico "macho latino"?... ¿o simplemente víctima de un "despiste", como algunos de sus defensores sostienen?) y Patricia temió perder el avión. Entonces Gabo, quizás a manera de chiste (es bien conocida la pésima costumbre de algunos latinos de tomarse todo a chacota, y de reírse hasta de lo indebido), quizás medio en serio medio en broma, o tal vez como expresión genuina de su deseo (lo cual lo dejaría muy mal parado, pues quedaría como un lujurioso vulgar y atrevido, un opaco "latin lover", arquetipo tan patético como dañino para la cultura latinoamericana)le insinuó que si perdía el avión no pasaba nada y ya se harían una "fiesta". Parece ser que el tono en que lo dijo el colombiano fue tan ambiguo que dio lugar a que la señora Llosa interpretara su comentario como un intento de cortejo. No consta que haya sucedido nada más, aparte del disgusto de Patricia Llosa, quien terminó perdiendo el avión y devolviéndose al hotel. Al llegar a Lima se lo debió contar a su marido, lo que provocó, semanas más tarde, la airada (acaso exagerada) reacción de Vargas Llosa. Lo cierto es que el 12 de febrero de 1976, Mario Vargas Llosa llegó al Teatro de Bellas Artes, en Ciudad de México, donde se iba a estrenar "La odisea de los Andes" (cuyo guión había escrito). En el vestíbulo del Teatro estaba Gabo, quien al verle sonrió y fue hacia él con los brazos abiertos, al tiempo que le saludaba cariñosamente: "¡Hermanito!"...La destemplada respuesta del peruano fue un puño que derribó a García Márquez (imaginemos su intensidad, teniendo en cuenta que por esa época el colombiano era un costeño atlético y bien plantado). Como colofón, Vargas le gritó agriamente: "¡Esto por lo que le dijiste a Patricia!". Así lo afirmaron testigos de la escena, aunque no se ponen de acuerdo si la palabra exacta fue "dijiste" o "hiciste". De ahí en adelante, la amistad se esfumó y aunque en ocasiones intercambiaron alguna palabra (cuando coincidieron en algún evento literario, pues ya nunca más se vieron o visitaron como amigos), la hostilidad se cronificó (aunque ligeramente velada y matizada por declaraciones amables de cada uno a propósito de la obra del otro)y el peruano prohibió reeditar su libro sobre García Márquez (prohibición que ha levantado sólo en una ocasión desde entonces: en 2010, tras recibir el Nobel de Literatura). Después del lamentable incidente (sí, lamentable, pues no es nada bueno ni andar cortejando a la esposa de un amigo, ni ir por ahí zampándole golpes a la gente), Vargas Llosa vivió todo tipo de aventuras (hasta políticas, como su vibrante y no exenta de polémica campaña a la presidencia en 1990) y hoy por hoy lo ha ganado todo: no hay premio que no tenga. Hasta fue nombrado Marqués (el I Marqués de Vargas Llosa, cortesía de la Corona española). García Márquez produjo tres libros más de calidad, y luego se fue extinguiendo lentamente, con metidas de pata cada vez más notorias (sobretodo cuando hablaba de sociedad o política) que se le pueden excusar un poco si se tiene en cuenta la vulnerabilidad de su sistema nervioso (el lector profano en neurociencias debe recordar que antes de la demencia por enfermedad de Alzheimer propiamente dicha hay un declive cognitivo que pasa desapercibido hasta para los familiares del paciente, y sólo se evidencia con sutiles pruebas neuropsicológicas). Eso sí, el Nobel de Literatura peruano le envió públicamente sus condolencias a la viuda del colombiano, Mercedes Barcha, y a su familia, tan pronto supo de su partida. Del desdichado suceso quedan algunas moralejas. La principal: que hay que ser prudentes. "Por su boca muere el pez", dice un antiguo refrán. Nada más cierto. En todo caso, más allá de lo bochornoso de la anécdota queda la grandeza de ambos. Gabo se llevó a la tumba el secreto, cosa que también "Varguitas" hará, como lo ha insinuado. Con ello nos dan una nueva lección: no debemos limitarnos a lo farandulero, a lo mundano, a lo ruin. Debemos mirar más alto. No debemos quedarnos con la "comidilla" y el cotilleo sobre la vida de dos grandes escritores, sino mirar con reverencia, cariño y gratitud sus obras. * En una de sus últimas entrevistas le preguntaron a Gabo si había perdido a algún amigo. "Sí, a uno", contestó parcamente y con nostalgia. David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)