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jueves, 3 de abril de 2014

IMPORTANCIA Y ACTUALIDAD DEL LEGADO DE LA POLIS GRIEGA EN LA CONFIGURACIÓN DE NUESTRAS INSTITUCIONES DEMOCRÁTICAS, por David Alberto Campos Vargas

IMPORTANCIA Y ACTUALIDAD DEL LEGADO DE LA POLIS GRIEGA EN LA CONFIGURACIÓN DE NUESTRAS INSTITUCIONES DEMOCRÁTICAS Le debemos bastante a la polis. Todo lo hermoso de la democracia, como la posibilidad de que cada quien tenga voz y voto, que cada quien se sepa con todo el derecho para opinar en política (y reflexionar, y re-pensar las cosas, y disentir, y hasta criticar abiertamente) empezó en las ciudades-Estado griegas. El legado griego, en este sentido, tiene plena vigencia. Todo griego sabía que podía aspirar a cargos públicos, que podía hablar ante sus coterráneos, que podía compartir sus ideas, debatir, discutir, plantear y replantear distintos principios, posturas y opiniones relacionadas con la comunidad. De hecho, de ahí viene la palabra política (1): la reflexión, el quehacer, el debatir, la actividad en la polis, la actividad para la polis. El arte político, creo yo, es un arte social: está inmerso en la interrelación; en el tejido, el entramado comunitario. No se puede hacer política sin gente. Y la polis griega (la polis ateniense, para ser más exactos) es un buen ejemplo de comunidad pequeña en la que los miembros se relacionan de manera estrecha y construyen su realidad, su día a día juntos. Las ideas democráticas (y sus derivados lógicos, como la legalidad y el triunfo del derecho sobre la barbarie) que nos son tan estimables a casi todos los hombres en la actualidad, se fueron gestando en las polis de la Antigüedad. Por eso cabe una mirada reverente y agradecida a esos griegos ejemplares (Anaximandro, Heráclito, Demócrito, Platón, Aristóteles, Clístenes, Solón, Pericles, etcétera) que fueron pioneros al idear y forjar dichas ciudades-Estado en las que todos los ciudadanos podían participar, expresar su parecer, elegir y ser elegidos. En dichas polis se fue consolidando la idea de que en la función de gobierno cabían la participación y el esfuerzo mancomunados. En dichas polis se fue afirmando la idea (que hace parte ya del acervo colectivo de la Humanidad) de que la participación era un bien necesario. Y por eso las polis son la nuez de las democracias. Eso es justamente lo que aplastan los totalitarismos (2), sempiternos enemigos de la democracia: callan a la gente, no la dejan expresarse, no le permiten participación, le exigen un acatamiento acrítico de lo que manden, le imponen una sumisión y una entrega totales (3). De otro lado, debemos entender bien qué es la polis. Porque “polis” no es un término que encaje precisamente con la idea de ciudad que podemos tener hoy en día, en plena neoposmodernidad, en pleno siglo XXI. Antes que nada, hay que entender con claridad qué era una polis en la época clásica. Como apunta Sabine (4), no puede uno cometer la ligereza de homologar polis con urbe o ciudad. La polis, en mi opinión, es más un estado psicológico, una organización social. Me explico: hacemos polis cuando estamos compenetrados existencialmente los miembros de una comunidad. Creo que la polis no es un lugar, sino una red de relaciones entre personas. Sentirse miembro de una polis, a mi entender, es sentirse miembro de una comunidad, y, en consecuencia, compartir con ella elementos significativos. ¿A qué tipos de elementos me refiero? A todos los productos culturales que captamos conscientemente o inconscientemente, y que representan un punto de unión en cuanto a que dan una identidad cultural comunitaria, y forman un acervo y una tradición comunes, un entramado de existencias que comparten y se relacionan de manera profunda. Por eso los llamo significativos: no son elementos que deriven del azar, sino elementos determinantes, que configuran al miembro de esa comunidad en todo su ser (dándole incluso buena parte de su identidad, de su orientación cognitiva, de su repertorio conductual). Los hay conscientes, como un texto que se lee o una ley que se promulga, pero también inconscientes, como ciertas predisposiciones culturales y nacionales que constituyen lo más volk del acervo cultural, y que son también un importante factor de cohesión al interior de la comunidad (verbigracia, mitología, modos de vivir la religiosidad y tendencias innatas en lo referente a conductas y actitudes). Insisto: a mi entender la polis no es un sitio, no es un municipio ni una entidad territorial. La polis es un estado psicológico, en tanto que es un sentido de pertenencia a un grupo con el cual cada miembro se siente identificado, y en el que cada miembro encuentra una forma de ser plenamente, de expresarse: de desarrollar a cabalidad sus potencialidades. También considero que la polis es un estado psicológico puesto que en ella se escenifican todo tipo de transferencias y contratransferencias, de proyecciones y de identificaciones, de mecanismos psicológicos que sólo adquieren total intensidad si se efectúan con seres humanos que son significativos para cada persona. En ese orden de ideas, creo que cada persona encuentra en la polis, como en todo sistema democrático, toda una carga de símbolos, de ideas, de memes (5), de representaciones que definen a un grupo social como algo más que una mera asociación o agrupación aleatoria. Porque eso es la polis: una comunidad unida por lazos estrechos, con una identidad, con un patrimonio cultural. Y, por ello, es un espejo al que se mira cada miembro de ella. Y una fuente de la que bebe, de la que se nutre. La polis griega está claramente relacionada con nuestra concepción de democracia como algo opuesto a totalitarismo: es la oportunidad de intervenir en los asuntos públicos, es la posibilidad de discutir y debatir, de hacerse presente en el escenario público (6,7,8). Por eso es justo decir que, en cierto sentido, debemos nuestra idea de democracia a la forma como los griegos de la Antigüedad se organizaron e hicieron vida social. Y eso es justamente lo que atacan los totalitarismos, porque ellos no pueden darse el lujo de permitir el disentimiento ni la discusión o el debate público (9). Concuerdo con Platón y Aristóteles en las bondades de la polis como factor de identidad y de configuración de la propia personalidad, así como factor potenciador de las propias capacidades y virtudes (10). Ahora bien, creo que la polis entendida como comunidad cultural significativa no puede ser una ciudad tal como las de ahora (así de grande, de dispersa, de heterogénea); la polis de la Antigüedad era una organización social más similar a la idea de un barrio, un condominio o un vecindario. Es decir, una aglomeración relativamente pequeña de personas que usualmente se conocían (al menos parcialmente), autárquica como bien define Sabine (12), con posibilidad de expresión y una participación directa en la vida pública y en la definición de las leyes y las políticas. Tampoco se trata de hacerle una apología a la polis de las ciudades-Estado de la Grecia antigua. En ellas no había verdadera democracia (aunque aún hoy, más de un historiador repite de manera cándida que “eran democráticas”): la verdad, las polis de la Anigüedad no eran plenamente democráticas. Participaban solamente los considerados ciudadanos, y dentro del concepto de ciudadanos no estaban sino los hombres mayores de edad, nacidos libres y en la propia ciudad-Estado, que tuviesen algún poderío económico o al menos demostrasen tener alguna propiedad. Es decir, ni mujeres, ni extranjeros, ni esclavos, ni pobres, ni desposeídos. Obviamente, no puedo decir que eso sea precisamente una democracia plena. Pero desconocerles a dichas polis su papel de pioneras de la democracia sería también una ridiculez: fueron el primordio, el primer salto cualitativo. Y eso basta para mirarlas con respeto. David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)