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sábado, 12 de abril de 2014

A veces el sol me vuelve la espalda, por Luis Fernando Campos

A veces el sol me vuelve la espalda y el dolor consume mis huesos, A veces el mundo parece tan rojo que cualquier destello es una cereza de tu boca. Luego, otros días, caminar es tan frío como la nieve, también roja, hiriente: Entonces en mi corazón pesa la lluvia, y en la cara de siempre el cambiante espejo. La vida tiene caminos llenos de estrellas y nubarrones, Llenos de luna, que se pinta de arena bromeando con los eclipses. Ellos están sumergidos en la miel de los astros y de los cielos, Los cuales observan atentos el paraje mohoso y las escaleras augustas. Todos los días arrastro pesados charcos de minerales, Que se aferraron a mí, y son plomo oxidado por miradas ausentes. También llevo sin falta máscaras negras a la calle infinita, Donde las campanas de madera giran con las tormentas. Todo mi polvo se ha vuelto rojo y deleznable. La carne, empapada de ácido en mis costillas, Y el aire frío, que corroe al esqueleto impuro, Como quien come uvas sin pensar, se han casado con la tierra. Rompiendo del fondo sacos de estaño y cobre, Ahíto en gritos errados o no dichos, de lava ardiente, Atravieso las cavernas del péndulo y los meses, Los años de la muerte y el sufrimiento nunca expiado. Las criptas de las cavernas todavía hieden a océano putrefacto, Sumergidas en cenizas y campanas, astromelias de ámbar cristalino. Del cansancio de una vida sin un calor tan rojo como el tuyo, Desenrollo un humo que fue soplado por diamantes marchitos. Luis Fernando Campos (1998)

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