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domingo, 16 de marzo de 2014

REFLEXIONES TEOLÓGICAS ACERCA DE LAS APARICIONES DE GARABANDAL, por David Alberto Campos Vargas

Introducción San Sebastián de Garabandal es una localidad del municipio de Rionansa. Queda en la región de Cantabria, en España. Actualmente, la pintoresca aldea es un centro de peregrinaciones católicas. ¿A qué se debe su fama? A unas interesantes apariciones, ocurridas entre junio de 1961 y enero de 1965, en las que la Virgen María y el arcángel San Miguel se comunicaban (con simplicidad y claridad pasmosas) con cuatro castas jovencitas. Desde que se documentó (fotográfica, filmográficamente y con testimonios presenciales de miles de peregrinos y curiosos) que estas chicas presenciaban, casi a diario, a la Virgen María, el interés por Garabandal fue creciendo y llegó a su clímax a finales de la década de 1960. Sin embargo, la ambivalencia de la jerarquía eclesiástica (sobretodo en la propia España), el desdén con el que se recibieron sus mensajes en el establishment académico y teológico, y la distorsión que se hizo de todo (no faltó el tonto que tildara de “diabólicas” las apariciones) dificultaron enormemente la plena difusión de Garabandal. Lo que sí es incontestable es que Conchita González, Mari Cruz González, Jacinta González y Mari Loli Mazón (fallecida el 20 de abril de 2009) experimentaban vivencias inexplicables desde una perspectiva médica o física. Y que, a juzgar por los testimonios (especialmente el de San Pío de Pietrelcina, dada su naturaleza de vidente y su don: entablar diálogos directos con la Virgen María), los milagros y los frutos relacionados con Garabandal, es altamente probable que hubieran presenciado realmente a la Virgen María. El arcángel San Miguel se les apareció primero, y las preparó para la posterior aparición de la Virgen, ocurrida el 2 de julio de 1961. Desde ahí, y durante cerca de 2.500 sesiones, la Virgen interactuó con ellas de manera llana y sin misterios. Que el lector me permita insistir en ello: la simplicidad y la dulzura maternal extremas con las que María se relacionaba con las muchachas iba de la mano con la humildad de ellas. Se registraron, además de dichos éxtasis, otros muchos fenómenos paranormales (de los que abunda material para los incrédulos de hoy en día, gracias a la ayuda de cámaras fotográficas y filmadoras): levitaciones, demostraciones de fuerza, caídas súbitas y aparatosas que no producían lesiones ni trauma craneoencefálico en las videntes, trance, telepatía, marchas a gran velocidad tanto hacia adelante como hacia atrás (que, además, ¡no les producían taquicardia!), congelamiento postural y estados similares a la catatonía que no les dejaban luego dolores musculares (así durasen horas postradas o arrodilladas, en posturas francamente incómodas). Médicos, investigadores y testigos intentaron sustraer a las videntes de su éxtasis mediante pinchazos, quemaduras, arena, poderosos reflectores de luz en los ojos, estímulos con objetos punzantes y contundentes, y hasta golpes, sin lograr su cometido. Las jóvenes de Garabandal permanecieron muchas veces durante varias horas a la intemperie, aguantando bajísimas temperaturas, ventisca, agua, heladas y nieve, sin salir de su estado de éxtasis. Entre las personas que tuvieron relación con el evento destacan el jesuita Padre Luis Andreu, quien pasó de un profundo escepticismo a una convicción completa de que allí estaba ocurriendo algo sobrenatural y milagroso (y falleció de manera súbita, sin agonía y en un estado de dicha indescriptible después de asegurar que había contemplado la visión del Milagro anunciado por la Virgen María a las niñas) y el estigmatizado Santo Padre Pío, de quien ya he señalado que tenía comunicación con la Virgen y al que Ella misma le aseguró que dichas apariciones eran ciertas, que las jovencitas decían la verdad. El Padre Pío falleció después de presenciar (como el Padre Andreu), en estado de paz absoluta, el Milagro anunciado en Garabandal. El laico Joey Lomangino, quien después de un sorprendente encuentro con el Padre Pío (en el que recuperó su sentido del olfato, perdido hacía años por un trauma craneoencefálico, y en el que corroboró la increíble clarividencia del santo, que sin conocerlo lo llamó por su nombre y le hizo saber que conocía buena parte de su vida, incluso de sus pecados) recibió instrucciones de él de encaminarse al pueblo. El señor Lomangino quedó tan profundamente conmovido por todo lo que vivió tanto junto al padre Pío como junto a las chicas en Garabandal, que dedicó luego su vida a dar a conocer todo lo relacionado con dichas apariciones. También Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, pontífices de la Iglesia Católica, se mostraron siempre interesados por lo que allí ocurrió, así como la Santa Madre Teresa de Calcuta. El mensaje principal de las apariciones es que la humanidad debe cambiar su rumbo, corregirse, modificar su conducta. Es decir, convertirse, en el más amplio y mejor sentido de la palabra. Como apoyo a dicha conversión, la Virgen de Garabandal insiste en recuperar la importancia de la Eucaristía (tan atacada en el siglo XX, como todo el Cristianismo en general), sacramento que nos permite acceder a Cristo en directo, pues ella misma es cuerpo y sangre del Señor. I En cierto modo, todos los mensajes que dio la Virgen a las muchachas de San Sebastián de Garabandal fueron para la Humanidad entera. Es decir, la Virgen habló a todos los hombres a través de ellas. Pero hay dos mensajes que destacan como centrales, pues la misma Virgen les recalcó su importancia. El primero de dichos mensajes que dio la Virgen María a la Humanidad fue: “…Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia. Tenemos que visitar al Santísimo con frecuencia. Pero antes tenemos que ser muy buenos. Si no lo hacemos nos vendrá un castigo. Ya se está llenando la copa, y si no cambiamos, nos vendrá un castigo muy grande…” De este primer mensaje se desprenden algunas reflexiones: 1. La Virgen llama a la mortificación. Este es un concepto sumamente atacado y mal entendido. Mortificación no es autoflagelación. No es azotarse, ni hacerse sangrar con artilugios medievales. Mortificación es autosacrificio, pequeña penitencia que se ofrece a Dios por los pecadores (empezando por uno mismo, y terminando por la infinidad de sibaritas y cómodos que pululan en este mundo) y que, sobretodo, fortalece la voluntad y el autodominio. En este mundo de narcisismo, sofisticación y culto a la comodidad, algo así es casi inimaginable. Mucha gente desea hacer todo con el mínimo esfuerzo. Hay un montón de flojos, de perezosos, de pusilánimes. Y son tan cómodos que un pequeño sacrificio (como el ayuno en Cuaresma) les parece un “tremendo” sacrificio. ¿Cómo ha de extrañar entonces su falta de voluntad, si no son capaces de ejecutar una actividad que requiera esfuerzo? Ellos, que se fatigan hasta leyendo, bien quisieran que les dieran de comer unos mancebos mientras ellos dormitan acostados, como el más ruin de los emperadores romanos. ¿Cómo ha de extrañar que sean precisamente estos flojos los que pongan el grito en el cielo cuando se les habla de penitencia? ¿Cómo no van a atacar el concepto de autosacrificio aquellos que son incapaces de aplazar su gratificación, en un mundo de impacientes y de “niños mimados”? Ellos, que quieren todo “aquí y ahora” (sobretodo desde la aparición de los yuppies en escena, en la década de 1980) y que creen que todo (hasta la felicidad) se puede comprar, obviamente consideran espantoso el renunciar una que otra vez a un placer inmediato. De hecho, suelen ser personas tan egoístas que ni por asomo ayudan a los demás: permanecen en sus clubes o en sus costosísimas mansiones, ajenos a la miseria que los rodea (y que, por muchas vías, ellos ayudan a perpetuar). Quieren todo para ellos: son voraces y acaparadores. Son individualistas. Están incapacitados para la empatía, pues no pueden ponerse en el lugar del otro jamás. ¿Cómo van a hacer capaces ellos de rechazar un suculento baby beef un Viernes Santo, o de invitar a un menesteroso a su mesa? Pero cuando lleguen al Juicio, ahí se harán en los pantalones. Por lo mismo que han sido unos flojos y unos libertinos, unos autoindulgentes y unos glotones, unos lujuriosos que no pueden contenerse nunca. Caerán de rodillas y sollozarán compungidos por todo el bien que no hicieron. A la hora de su muerte, sólo sentirán espanto, pues ¿cómo van a esperar ayuda los que jamás fueron capaces de ayudar?... ¡Con razón dijo el Divino Maestro a sus discípulos que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja a que un rico llegara al Reino de los Cielos! Para evitarnos esa situación tan incómoda, ese “rechinar de dientes”, la Virgen de Garabandal nos aconseja ser penitentes: dominarnos, contenernos, tener a raya nuestra concupiscencia y nuestra gula. Insisto: hay que ser un masoquista sumamente trastornado para confundir penitencia con hacerse daño. María, como Madre Universal desbordante de amor, no quiere nunca que sus hijos (¡nosotros!) se vayan a lesionar. Ninguna madre buena quiere ver sangrando a sus hijos. Pero sí nos aconseja moderarnos. Morigeración. El punto medio. El equilibrio. Tal como enseñaron esos santos egregios, esos grandes místicos del Cristianismo, el Budismo y el Hinduismo: renunciar a los placeres de la carne o de los sentidos es mucho menos doloroso que perderse la Iluminación, la Conciencia Plena, el Paraíso. O como Zenón de Citio y sus reflexivos seguidores, los estoicos: la moderación lleva a la ataraxia, a la imperturbabilidad. Y la Virgen nos lo recuerda, en esta época de excesos: ¡moderación!, ¡moderación, por favor, antes que sea demasiado tarde! 2. Hay que visitar al Santísimo. ¿Cómo vamos a aprender las dulces y santas maneras de Jesucristo, si no nos acercamos a él? Si uno quiere aprender de alguien lo frecuenta, lo escucha, busca su compañía. “Dime con quién andas y te diré quién eres”, dice el viejo refrán. Es bueno que el lector se pregunte con quién está andando. A quién frecuenta. ¿A Jesús, Bondad de bondades…o a una caterva de degenerados, de impíos, de cacasenos, de corruptos y bribones? Dios, como Padre amoroso, quiere nuestra Salvación (no en vano ha enviado a Su propio Hijo…excelso ser al que la propia maldad humana terminó crucificando…y, aún después de resucitado, desconociendo e ignorando). Por eso encargó a la Virgen que nos hablara a tiempo: hay que visitar el Santísimo. Si nos acercamos a Jesús, siempre saldremos ganando. Alguito bueno se nos pega. ¿Quién puede ser tan obtuso, tan estulto, como para rechazar al mejor de los amigos? El ser humano, por supuesto. Y eso quiere que corrijamos la Virgen aparecida en Garabandal. 3. Tenemos que ser buenos. Ser buenos. Realmente buenos. Hoy en día, la gente cree que para ser bueno basta con no matar a nadie. ¡Da bastante risa, y un poquito de asco esa tremenda autoindulgencia que ha cundido en la Neoposmodernidad! Sin ánimo de ofender, sugiero al lector que abra bien los ojos. Que contemple nuestra época con una visión crítica. Y verá, entre tantas aristocráticas señoras, a algunas tan engreídas que se creen ya “maestras” de la Nueva Era, alejadas de Cristo pero cercanas a los ángeles (y de hecho veneran, sin saberlo, llenas de ingenuidad, a algunos ángeles caídos-demoniacos), tan ignorantes de la Virgen María pero tan bien dispuestas hacia la “Madre Tierra”, muy seguras de sí mismas y convencidas de que son “luz del mundo” con sus ídolos y sus fetiches (porque en su mobiliario abundan incensarios, velones, artilugios brahmánicos y miniaturas tanto de Buda como de arcángeles y de dioses indostánicos, en un sincretismo tan ridículo como baladí). Ellas y ellos (que también los hay muchos, verdaderos fantoches que hasta se cambian el nombre y andan por ahí jugando a ser “gurús” sin siquiera haber leído los ancestrales textos védicos, y apenas balbuceando fragmentos del Bhagavad Gita, y mezclando conceptos tan variopintos que a la postre no pertenecen a religión alguna, sino a un sancocho incoherente) juran que son “ungidos”, y hay giles que les creen. Otros son peores. Ni siquiera se toman la molestia de reconocer que hay un ser superior, una entidad divina y trascendente. Dicen (y lo dicen con desparpajo, convencidísimos) que no hay ningún Dios afuera, sino que Dios mora en ellos. Eso es un error teológico gravísimo. Es cierto que Dios es el inicio, el punto cero de la Historia del Universo, y que el Universo entero deriva de él…pero derivar de Dios no quiere decir ser consubstancial con Dios. El Universo y Dios son dos cosas distintas. Y el ser humano es producto de fuerzas evolutivas y del devenir del Universo. No es Dios, en modo alguno. Esa multitud de cándidos que se autoproclaman divinos son a veces bienhechores. Pero no por ello están en lo cierto. Confunden introspección con oración. Confunden meditación con genuino acercamiento a Dios. Hay que comprenderlos, pero sin dejarse embaucar por ellos. Uno no puede considerarse santo sólo porque invierte tiempo en el autoconocimiento: eso es apenas el inicio, el primer escalón en el camino hacia la santidad. Si de estos “meditadores” hay un grupo que entienda eso con claridad, no queda sino animarlos a que profundicen en su búsqueda espiritual, para que algún día adquieran la humildad suficiente como para reconocer que no son dioses, sino apenas átomos configurando entes biológicas en un pequeño planeta dentro del vasto Universo, y que no serán más que polvo en unos años. Nada comparable a la perfección de Dios. Ser bueno tampoco es presumir de cumplir la ley a cabalidad. He conocido grandes psicópatas que cometen sus crímenes con disimulo, y se las ingenian para hacer todo tipo de males sin violar de frente la normatividad institucional o jurídica. Pero no quiero que el lector juzgue inadecuadamente mis palabras. Claro que la gente mala suele ser incumplidora de la ley. Y es obvio que la gente buena tiende a ser respetuosa de la ley. Pero una cosa no implica necesariamente la otra. Cumplir la ley es algo vacuo si con ello se encubre la acción malévola. Y simplemente cumplir la ley, pero sin hacer nada más es bastante fácil. Contra esto también nos quiere despertar la Virgen en Garabandal. Si ser bueno se tratara solamente de no infringir ningún parágrafo del Código Penal, el Cielo estaría atiborrado...y no lo está. Redondeando: no basta ser docto en religiones, ni “avanzado” en el conocimiento de técnicas de relajación o meditación, ni ser un buen ciudadano a secas. Uno puede iniciar un bello camino de bondad (que quiera Dios que culmine en un camino de santidad) meditando frente a un bonito paisaje…pero creer que con eso es suficiente es tan risible como patético. Punto aparte merecen algunos “meditadores” farsantes y posudos, que dentro del sincretismo religioso de los movimientos Nueva Era han germinado, y que hacen inmenso daño (casi nunca sin proponérselo, pues son personas hasta bienintencionadas) cuando predican que para ser buenos no se tiene que hacer penitencia ni oración, ni ningún tipo de sacrificio, y que se puede incluso vivir en la más pura animalidad (satisfaciendo pulsiones, comiendo y durmiendo) y llegar derecho a la Salvación. A estos hippies contemporáneos ni siquiera hay que desenmascararlos. Ellos mismos se delatan, cuando se las dan de “espirituales” pero resultan tan incoherentes –tan irascibles, tan violentos, tan estrechos de corazón, tan llenos de taras y prejuicios- que no son sino un remedo de los verdaderos hombres de espíritu. Ellos también distan de ser plenamente buenos. Puede que hasta sean bonachones (mientras no se les contradiga o haga enojar haciéndoles ver lo superficial de su compromiso o lo incoherente o inestable de sus vidas). Pero ser bonachón no es ser bueno. ¿Cómo definir a alguien bueno? Alguien bueno es alguien que expresa bondad en su carácter, en su pensamiento y en su conducta. El mejor ejemplo es Jesucristo: amor a toda costa (un amor tan desbordante que lo llevó a perdonar en reiteradas ocasiones hasta a los que lo agreden), servicio, entrega (¡llegó a dar Su vida por salvar la Humanidad!), tolerancia, pacifismo, conciliación, veracidad, honestidad, compasión, responsabilidad, compromiso, actitud amable y amistosa hasta con los canallas que no veían cómo tenderle trampas. No existe, en toda la Historia, un ejemplo de mayor coherencia y consistencia: en todos y cada uno de sus actos, Jesús fue la bondad personificada. Es decir, la bondad no está en nada mutable (las posesiones materiales en general) y sólo llega a estar presente en lo inmutable cuando genuinamente se pone al servicio de Dios y del prójimo. Por eso es que muchas inteligencias se desperdician: porque no dan frutos. Porque se encogen en sí mismas, en sus peculiares rumiaciones, y son incapaces de ejecutar acciones de servicio desinteresado. He conocido un montón de pensadores y escritores egoístas, que se creen más que los demás y se dedican a vanagloriarse de su talento literario (o de la originalidad de sus ideas, o de su capacidad argumentativa, o de su conocimiento del mundo, etcétera) pero no dan fruto alguno. Esos petulantes no son buenos. Son unos escribidores con ínfulas de gran cosa, pero el Tiempo (el mejor de los críticos literarios) termina mostrando que no son nada. Así que el llamado de la Virgen a ser buenos debe ser asumido por todos. Desde ya, antes que sea demasiado tarde. Sólo en el servicio desinteresado, sólo en la actitud amorosa y pacífica, sólo en la pureza del corazón que vuelca hacia la ternura, sólo en la labor intelectual y artística fecunda (que llama al mejoramiento personal y comunitario, y que contribuye a la plenitud existencial de los espectadores), sólo imitando a Jesucristo podremos ser verdadera y plenamente buenos. El segundo mensaje de María en Garabandal fue: “…Como no se ha cumplido y no se ha dado mucho a conocer mi mensaje, os diré que este es el último. Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando. Los Sacerdotes, Obispos y Cardenales van muchos por el camino de la perdición y con ellos llevan a muchas mas almas. La Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debéis evitar la ira del Buen Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos. Si le pedís perdón con alma sincera El os perdonará. Yo, vuestra Madre, por intercesión del Angel San Miguel, os quiero decir que os enmendéis. Ya estáis en los últimos avisos. Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación. Pedidnos sinceramente y nosotros os lo daremos. Debéis sacrificaros mas, pensad en la Pasión de Jesús…” De dicho mensaje, se puede extraer lo siguiente: a) La Virgen María advierte a la Humanidad que está sumamente confiada, muy segura de sí misma, y que debe correr a enmendarse antes que sea demasiado tarde. La copa que “está rebosando”…puede interpretarse a la luz de los signos de los tiempos. Las apariciones de Garabandal ocurren en la década de 1960, década central del convulsionado siglo XX, tanto para la Iglesia como para la Humanidad. Dos guerras mundiales en las que la maldad y la barbarie campearon (especialmente en la Segunda, en la que puedo afirmar sin temor a equivocarme que el propio Satán estuvo divirtiéndose); asesinatos políticos de toda índole (incluso de quienes luchaban a favor de la paz mundial, la igualdad de oportunidades y la integración de minorías tradicionalmente relegadas y/o discriminadas); conflictos de toda índole (hasta detonados por los motivos más triviales, como unas eliminatorias a una copa mundial de fútbol…con lo cual se confirma que, en materia de estupidez, la especie humana se lleva el primer lugar en este planeta); adicciones, promiscuidad y ateísmo como nunca antes se había visto; excesos y depravaciones de todo tipo. Y, de otro lado, un Concilio Vaticano II necesario para la renovación del Catolicismo (y para la probable y futura reunificación del Cristianismo, y acaso de todas las religiones), pero cuya efervescencia desató peligrosas pasiones y trajo funestas consecuencias, como la hibridación de marxismo y guevarismo con Teología de la Liberación, que dio lugar a la aparición de grupos terroristas y al derramamiento de mucha más sangre. Sí, todos esos escándalos seguro que entristecían a la Virgen. Y que contribuían a que rebosara la copa. b) Muchos prelados estaban optando, efectivamente, por el camino de la perdición. Y arrastrando a muchos. Y lo siguen haciendo. No han cambiado. No se han enmendado. En su calidad de intermediarios entre Dios y la Humanidad, su castigo será atroz (pues en alguien llamado a dar ejemplo la mala conducta es más aborrecible). Y esto sucede por una doble vía: una directa, cuando directamente la religiosa o el religioso cometen un abuso (hoy en día los más sonados son los sexuales, pero se perpetran todo tipo de abusos) y la fe del feligrés se extingue…y una indirecta, cuando los indignados familiares, amigos o testigos de la injusticia, asqueados, optan por darle la espalda a Dios (pues es frecuente confundir Dios y religión, y más frecuente aún confundir religión con clero). Esta advertencia está plenamente vigente. Todavía hay muchos religiosos abusando de su autoridad para estafar, estuprar o lucrarse. Todavía hay ex hombres de Dios que ahora son agentes encubiertos, y están ahí jugando a ser delatores y reclutadores de jóvenes para el asesinato de otros seres humanos. Todavía hay religiosos malvados, que sonríen o se hacen los de la vista gorda ante los crímenes perpetrados por el terrorismo. Todavía el Vaticano y los centros de poder de las diversas sectas del Cristianismo están llenos de intrigas, juegos de poder y alianzas nada santas. Todavía sacerdotes y pastores que dicen seguir a Cristo se involucran sexualmente con feligreses. Y lo que es más abominable: ¡con niños! Su llamado es un llamado a los religiosos, para que vivan de manera coherente con su fe, y no se dejen nublar por el engreimiento (siempre un mal consejero) de optar por caminos que no son agradables a Dios sólo porque su razón humana (siempre inferior a la sabiduría divina) les sugiere que los tomen. La Virgen les advierte, con claridad, sobre las nefastas consecuencias de sus desviaciones. Y es también una invitación a los laicos, para que no se queden en una posición de espectadores (pasiva, sumisa y nociva para la Iglesia) y le metan el hombro a las labores de apostolado y trabajo comunitario. c) La gente no está valorando la Eucaristía. He escuchado, a lo largo de mi vida, un sinnúmero de expresiones y comentarios blasfemos, horrorosos, sobre la hostia consagrada (¡que no es nada menos que el Cuerpo de Cristo!)…hasta algunos ilustres teólogos están subestimado últimamente el valor de la comunión. Sólo puedo decir una cosa al respecto: si la hostia consagrada es el mismo Cristo, en presencia real y actual… ¿cómo se puede decir que se ama a Cristo sin valorar la comunión? d) La Humanidad debe esforzarse, y transformarse, de una vez por todas. No se puede seguir abusando del tan manido argumento paulino de la gracia. Eso es mucha…idiotez, con el perdón de San Pablo, a quien tanto admiro. Es cierto que por la gracia superamos incluso lo que ganamos por las buenas obras, y que Jesús, el Enviado de Dios, llegó para salvarnos. Pero cada vez más estoy convencido que la mera gracia no basta. Si a la gracia no la acompaña la acción correcta, es fuego fatuo. No existe ninguna garantía de salvación para quien obra mal. ¿Y qué es obrar mal? Negar a Dios. Es decir, negar al Amor. Esto es, causar daño o sufrimiento innecesario. La gracia salva, pero sólo si va acompañada de buenas obras. La “gracia” sin buenas obras, es una ilusión de porfiados. Dios es compasivo, pero también es perfecto. Y la justicia perfecta no da lugar a la indulgencia frente a las conductas dañinas u odiosas. La justicia perfecta no es perdón irrevocable para los malvados (los que obran negando a Dios, es decir, negando al Amor). He escuchado, a lo largo de mi vida, a algunos sociópatas decir con frescura y atrevimiento: “Dios me ama y me perdona”, sin sentir el menor remordimiento tras haber cometido actos atroces (como violar, asesinar y reducir a pedazos el cadáver de su víctima). Estoy seguro que se equivocan. Puede que logren engañar (o comprar) a un juez aquí en la Tierra, pero no a Dios, el más perfecto de los jueces. “…Debéis evitar la ira del Buen Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos…” es una frase tan clara como el agua. La propia Humanidad, en su atolondramiento, acumula desatinos y pecados de todas las formas imaginables. Dios, aunque siempre dispuesto a Perdonar, también tiene que proteger el equilibrio del Universo. Si el ser humano sigue en su desfachatez, transgrediendo límites que no debe y poniendo en peligro a otras especies (y poniéndose ella misma en peligro), Dios tendrá que intervenir. Los esfuerzos (el sacrificio, la oración, la penitencia, la conducta siempre – no a conveniencia, como muchos obran- amable y amorosa, auténticamente cristiana) deben multiplicarse. Queda muy poco tiempo (“la copa está rebosando”), pero aún se puede hacer algo. Hay que pasar a la acción. Multiplicar los actos de bondad en todo el mundo. Luchar con decisión y arrojo en la dura batalla que libra el Bien contra el Mal, en vez de optar por la actitud cobarde de esperar y ver qué sucede, o peor, de actuar del lado de las fuerzas malignas. “…Si le pedís perdón con alma sincera, Él os perdonará...” complementa lo anterior. Dios y los suyos saben que el ser humano es débil, falible y tendiente al fracaso, porque le cuesta perseverar del lado del Bien. Por eso está abierto al arrepentimiento humano. A la súplica sincera de un perdón que no merece, pero que está dispuesto a darle. Pero se requiere que sea una petición legítima. Es decir, que el hombre deje un momento su soberbia y reconozca con humildad que ha pecado, y que necesita del perdón de Dios. e) La Virgen nos da una clave para enmendarnos. Una vía infalible. Hay muchas, y el buen creyente puede optar por la que más vaya con su estilo cognitivo, los dones que haya recibido del Espíritu Santo, o su personalidad. Pero la vía por excelencia es la contemplación de la vida de Jesús. Y, de manera especial, su pasión -la forma en que encaró su sacrificio. La oración, el estudio concienzudo, la fuerte vida espiritual y la disciplina permitirán, a quien siga esta vía, llegar rápido a la santidad. Es un camino expedito. La pasión de Jesucristo, el gran acto de Salvación. Un gran acto en el que las fuerzas del Mal creyeron salir airosas en un comienzo (pues habían hecho matar, por intermedio de la estupidez humana, nada menos que al Hijo de Dios), sólo para terminar (pues mal termina el que mal empieza) siendo derrotadas, burladas y humilladas tras su gloriosa Resurrección. Meditando, aprendiendo y basando su apostolado en la pasión de Cristo (es decir, en la entrega total y sincera, en al donación amorosa de sí mismos) se han hecho santos muchos de los mejores seres humanos: Pío de Pietrelcina, Francisco de Asís, Teresa de Lisieux, Alfonso María Ligorio, Luis Beltrán, Máximo de Turín, José María Escrivá, Buenaventura, Angela de Foligno, Pedro de Alcántara,Tomás de Kempis, Juan de Ávila, Francisco de Sales… Insisto: puede haber otros caminos. Tomás de Aquino y Agustín de Hipona llegaron a conocerle (¡a Él!... ¿cabe mayor dicha?) a través de la Filosofía. Otros, como Juan de la Cruz o Luis de León, a través de la Poesía. Otros por intermedio del arrebato místico (Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola). Otros a través del servicio, de la preocupación social (Juan Bosco, Teresa de Calcuta, Alberto Hurtado). Otros a través de la vida sencilla (como Juan Diego, o los pastorcillos de Fátima). Y así…la lista de formas de llegar a Dios es interminable. A Dios se acercan inclusive los santos de otras religiones, siempre y cuando hagan de su vida una plena vivencia del Amor (en otras palabras, de Dios). Sí. Porque ellos también son hijos suyos. En el segundo mensaje de Garabandal, la Virgen insiste en cuánto nos quieren (Dios y todas las fuerzas de Luz). Nos habla como Madre amorosa. Ojalá el lector piense sobre estas palabras del segundo mensaje, que no hacen sino reforzar lo ya dicho: “…Yo, vuestra Madre, por intercesión del Angel San Miguel, os quiero decir que os enmendéis. Ya estáis en los últimos avisos. Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación. Pedidnos sinceramente y nosotros os lo daremos...” II Sólo Dios, el Logos, la Verdad más verdadera, es el que sabe cuánto de verdad hay en cualquier fenómeno paranormal, incluyendo el de las apariciones. Como seres humanos, limitadísimos en nuestro entendimiento y en nuestra percepción de las cosas, sólo podemos elucubrar y más o menos razonar, como uniendo piezas de rompecabezas. Pero jamás podremos abarcar la totalidad de saber. Aún así, es correcto pensar. Es un bello ejercicio. Recordando la parábola de los talentos, mal hacemos en no ocupar la inteligencia, la prudencia y la capacidad de raciocinio que nos ha donado el Señor con generosidad. Los sencillos de corazón, más propensos a la fe, son los favoritos de Dios. De eso cada vez me caben menos dudas, sobretodo a la hora de constatar la tremenda arrogancia de muchos “doctos” e “intelectuales”. Pero no por ello podemos caer en la defensa de la irracionalidad o de la Fe que no tiene el auxilio de la Razón. Si el lector es de los que concuerda con esto, puede proseguir. Escribo para un público que no se conforme con la “fe del carbonero” o con la aceptación sumisa de un dogma. Para un público pensante. Para la enorme cantidad de profesionales y universitarios que a diario corren el enorme peligro de prestar atención a los apologistas del Mal, justamente porque creen que las cosas de Dios son irracionales o indemostrables (falsedad que muchos enemigos de Dios viven gritando a los cuatro vientos). Intento razonar cuando la ciencia y la filosofía me lo permiten. Pero reconozco (y lo hago sin miedo, libre de la presunción que obnubila a muchos estudiosos) que tengo un conocimiento escasísimo, pese a mis títulos académicos. Porque sólo Dios tiene el conocimiento perfecto, el conocimiento completo. Uno, ayudado con las herramientas de la lógica, puede llegar hasta donde humanamente es posible. Y luego, a rastras y abrumado por la visión de la enorme ignorancia humana, intentar escribir al menos de manera coherente sobre lo que se desconoce. Y es evidente que, en cuanto a temas teológicos, como ser humano me encuentro siempre a gatas. O no sé o sé muy poco. Por eso le agradezco a Dios el haber podido terminar este ensayo (sobre el que llevo pensando más de dos meses), reconociendo que en mi ignorancia fui auxiliado por El: lo que pude escribir intuyo que fue gracias a la oración y a la predisposición piadosa y prudente que permite obrar al Espíritu Santo (acaso la más desconocida de las facetas de Dios). Eso es lo que no entienden muchos hoy en día, henchidos de arrogancia. La soberbia intelectual es peligrosa, y también puede provocar la ruina del espíritu. Por eso, sólo puedo afirmar que el siguiente ensayo es un acercamiento sumamente torpe y limitado. Pero que, espero, sirva para ganar almas al Cielo: mientras, a esta misma hora, se imprimen miles de panfletos, revistas y folletos que llaman al ateísmo, o a la depravación, o al narcisismo, espero que este brevísimo escrito pueda ser un llamado a la reconversión, o, al menos, un llamado a la consideración del inmenso amor que Dios ofrece como padre. Sólo podremos saber la verdad de todo el caso de las apariciones de Garabandal el día en que esto suceda. Sólo Dios sabe qué nos espera. Aunque, a juzgar por los preocupantes signos de los tiempos (el estado de confusión ética y de depravación al que se ha llegado en la neoposmodernidad), puede que no sea nada lindo… En todo caso, la actitud de cruzarse de brazos y esperar qué sucede puede ser excesivamente porfiada. Si en efecto la Humanidad sigue por su camino de perdición, de odio y violencia, de degeneración moral, y sobreviene un castigo… ¿será prudente quedarnos de espectadores? Yo creo que no. Tenemos que trabajar, desde ya, en el mejoramiento de nuestros espíritus, guiados por la luz y la claridad incontestable del Señor. Creo que, en este punto, pueden estar de acuerdo todas las grandes religiones del mundo: si mejoramos nuestro obrar, si nos transformamos y trocamos maldad por bondad y propagamos en este mundo la paz, el entendimiento y el reencuentro con Dios (con toda la armonía y el equilibrio y la justicia que ello conlleva), puede que el Señor, al final, se apiade de nosotros. Si el Señor se apiada y nos socorre, puede corregirse el torcido curso de la Historia humana, y aún el de la Historia del Universo. Y, tal vez, seamos salvos. III Para entender a cabalidad lo que sigue en este breve ensayo, que es también una invitación a la acción, sugiero que el lector tenga en cuenta estos detalles de mi forma de ver el mundo: 1. Considero que no debe descartarse la existencia del Bien. Existe un Sumo Bien, tal como lo aprehendieron Platón, Orígenes, Plotino y Agustín de Hipona. Dicho Bien Supremo, o Idea Perfecta, es Dios. Asimismo, otros seres participan en mayor o menor medida de dicho ideal de bondad y perfección: por eso se trata de seres buenos, ligados con Dios: los soldados de Dios. 2. Aunque en otros textos lo hubiera puesto en duda, a la luz de lo que he visto, escuchado y leído en estos últimos años estoy cada vez más convencido de que sería una imprudencia descartar la existencia del Mal. El mal existe, haciendo estragos, desbaratando el Plan Divino (la salvación), y pugnando a su vez por concretar el Plan Maligno – la perdición de todas las almas. 3. Tengo cada vez más claro que Dios sí existe. Dios es el punto cero, el origen y el principio en la Historia del Universo. Antecediendo al big bang, y posibilitándolo, aunque no de manera activa sino como un inicio que permitió el devenir, que hizo posibles el big bang, la Historia del Universo y la evolución tanto a nivel cosmológico como a nivel darwiniano. No concuerdo con Agustín, ni con la visión hebrea tradicional, en cuanto a creer que Dios hubiera creado al mundo por amor (como si la creación del mundo fuese necesaria – idea no exenta de antropocentrismo y narcisismo); creo, más bien, en un mundo como emanación de Dios: el Origen del que todo surge. Ahora, señalo enfáticamente que el Universo como emanación en mis ideas no incluye para nada una visión panteísta. Puede que el mundo sea una emanación de Dios, pero una cosa es Dios y otra cosa es el mundo. Lo anterior es fundamental, y es algo que se está olvidando en la actualidad. El discurso neoposmoderno tiene preocupantes visos de panteísmo. En ese amasijo de esoterismo, narcisismo (“Dios está en mí”, “La divinidad habita en mí”, “Yo soy mi propio Dios”, “Yo hablo con Dios cuando me concentro en mí mismo”) y desconocimiento de la singularidad, del ser-en-sí de Dios que se ve en esta época, la gente atolondrada ya está creyendo que con un ratito de introspección (el lector podrá llamarlo también autorreflexión, o meditación) está contactándose con Dios. Por eso muchos incautos ya están creyendo que con autoinducirse estados de conciencia particulares están ya “dialogando” con El. No. Dichas prácticas son provechosísimas para el espíritu, y la introspección es buena para la salud mental y el equilibrio biológico y psíquico, pero no reemplaza a la oración. Asimismo la Naturaleza, en tanto que materia que hace parte del Universo surgido de Dios por emanación, tiene con El la relación que tiene la corteza desgajada de un árbol. Pero entiéndase bien la metáfora: la corteza, claramente, no es el árbol. Es bastante flojo darle la espalda al árbol y creer que la corteza es el árbol. Es bastante tonto decir que Dios está en la Naturaleza, porque Dios no es la Naturaleza, ni el Universo. Justamente esa incapacidad para diferenciar lo material de lo inmaterial es lo que preocupa a tantos santos de nuestra época. Santos de todas las confesiones. De hecho, aunque soy católico, siempre admiraré en los hinduistas esa claridad con la que distinguen a Dios del Universo. Con la que diferencian con claridad a Dios del pantano que es el mundo material. Me adhiero a ellos. 4. Otro punto importante es el de la intervención de Dios en el Universo. Dios, el origen, el punto cero de la Historia del Universo, no interviene tanto en él como quisiéramos. He ahí otro rasgo de su madurez como Padre: no se impone a sus hijos de manera tiránica, sino que confía en ellos, en su madurez, en su capacidad para hacer el bien. He ahí la base, en mi opinión, del libre albedrío. En ese orden de ideas, Dios no se entromete en los asuntos del cosmos casi nunca. Por eso es tan tonto achacarle a El las desgracias que suceden en la Tierra, o en nuestro sistema solar, o en el Universo. Dios no tiene la culpa de las injusticias de este mundo material e imperfecto. No se le pueden endosar las canalladas que hacen los seres humanos en su gran ignorancia y su pobre dominio de sus pulsiones. Tampoco las ruindades que las fuerzas del Mal (Satán y sus secuaces) hagan en el mundo para minar la fe y la moral de los hombres. Insisto: es un Padre que, lejos de ser un neurótico sobreprotector, deja que sus criaturas se empoderen. Ahora bien, hay ocasiones en las que Dios sí interviene. De manera clara, determinante. Cuando ve que sus hijos (los seres humanos) se están portando muy mal. Cuando se están desviando del camino correcto. Cuando percibe que se están descarriando, colocando en peligro su propia supervivencia. Como es un Padre infinitamente Bueno, lejos de dejar abandonados a sus hijos (pues los seres humanos son hijos de El al fin y al cabo, por lo que ya he enunciado: son producto de la evolución macro y microcósmica, del devenir permitido por Dios) corre en pos de ellos cuando nota que requieren urgentemente su ayuda. Allí es cuando interviene. Permite la iluminación de videntes y profetas (los verdaderos, no los charlatanes manipulados por las oscuras fuerzas del Mal), da fuerza y otros dones a los hombres justos (que ayudan a las fuerzas de la luz en su lucha), despierta y aviva vocaciones religiosas, motiva a los seres humanos bondadosos. Y, cuando lo estima conveniente (trances históricos de excesiva depravación y maldad), envía a sus dilectos Jesús (nuestro Salvador y Redentor) y María (madre simbólica y Corredentora). 5. Como ya el lector habrá venido intuyendo, no tiene sentido el considerar que Satán, malo entre los malos, sea una simple idea o abstracción. Satanás, como antagonista y corrupta antípoda de Dios que es, es un ente personal. Es el degenerado y arrogante Luzbel, cuyo narcisismo fue el causante de su caída y desgracia. Es un ente con singularidad propia. Lucifer, el Sumo Mal, el resentido que aunque es mucho más débil que Dios trata de malbaratar su Plan de Salvación. Así es. Satán y sus fuerzas de oscuridad son inferiores a las huestes de Dios en poder, por lo que intentan compensar haciéndose numéricamente superiores. Por eso están a la cacería de los incautos, los arrogantes (que no reconocen a Dios o se creen superiores a El, como el propio Luzbel) y los severamente confundidos o perturbados. Porque saben que, en la lucha del Bien contra el Mal escenificada en el Universo (y, en lo particular, en la lucha por la salvación versus la perdición de las almas escenificada en el planeta Tierra) se benefician con toda la “carne de cañón” que puedan conseguir. Así se responde, de paso, a una pregunta frecuente: ¿por qué le pasan cosas malas a la gente buena? Porque las fuerzas malignas se gozan con el sufrimiento o la aniquilación de los buenos. En este campo de batalla que es el mundo terreno, las fuerzas de la oscuridad intentar inflingir a las huestes del Señor tantas bajas como les sea posible. Gozan procurando la caída, la desgracia, la ruina o la enfermedad de los buenos. Recuérdese: en la lucha entre el Bien y el Mal, el Mal sólo puede compensar su inferioridad cualitativa con superioridad cuantitativa. De otro lado, el provocar bajas entre los soldados de Dios le conviene a Satán por el efecto desmoralizador que esto provoca: más de un espíritu tonto o ingenuo se rinde de antemano, diciéndose sandeces como: “Para qué ser bueno como fulano de tal, si no obtengo premio alguno?”, o “¿Para qué ser bueno si igual los buenos vamos a sufrir?”, o “¿Si te das cuenta de manganito, que se porta mal y sin embargo le va bien en la vida (“irle bien en la vida” a alguien, para estos sandios, es hacer dinero o acumular poder o influencias)…y en cambio zutanejo, que es tan bueno, está siempre de malas?”. Es lo que en la estrategia deportiva y en la guerra se llama “guerra psicológica”. Ablandar al enemigo, impresionarlo, desmotivarlo, distorsionarle su percepción y su raciocinio. Por eso le pasan cosas malas a la gente buena. No porque “Dios quiera”, como dicen algunos desinformados. Dios es infinitamente Bueno. Dios no quiere que les pasen cosas malas a sus amados hijos. Dios es perfecto, y su justicia es perfecta. El no permitiría jamás una injusticia. Y, ¿es justo que alguien bondadoso sufra? ¡En modo alguno! Pero Satán si quiere que les pasen cosas malas a los buenos. Quiere minarles su moral. Quiere destrozarlos. Quiere acabar con ellos, pues se sabe inferior a Dios y se desquita causando estragos entre sus filas. Tampoco es “porque se lo merecía”, en ninguna de las versiones que se le puede dar a este discurso. La reencarnación no existe, así que no es posible que el sufrimiento de un bueno se deba a una especie de expiación. Es, simple y llanamente, un ataque hecho por las fuerzas de oscuridad y caos. Un ataque artero, infame, innecesario y a la postre inútil, porque de todas maneras Dios y los buenos terminarán venciendo. Pero tácticamente, un ataque que le da “un breve respiro” a las huestes del Diablo. 6. El lector sagaz habrá llegado a nuevas conclusiones: ¿por qué Satán logra infligir esos daños a los buenos, a los virtuosos soldados del Señor? Porque Dios es inmensamente poderoso, pero Satán también cuenta con cierto poder. Es una lucha que terminará inclinándose a favor de Dios y el Bien, pero no es una lucha fácil. De hecho, en ocasiones parece ser un combate muy parejo. Sobretodo cuando la maldad o la ignorancia humanas alimentan el poder de Satanás. Cada aborto, cada violación, cada homicidio, cada mentira, cada traición, cada vileza (pequeña o grande) que cometa un ser humano contribuye a aumentar el poder de las huestes del Mal. No es casualidad que Dios envíe a Jesús o a la Virgen María en esos momentos de caos y mayor peligro en la Historia del Hombre. Dios, en su sabiduría infinita, nota cuando Satán incrementa su poder y su fuerza con los males y pecados que hacemos los seres humanos en este mundo, o con las ayudas “involuntarias” de más de un ingenuo (como esos fanáticos de cerebro tostado por la ira, completamente ideologizados e idiotizados –que es lo mismo-, que de entrada odian a Dios y a todo lo que tenga que ver con religión o trascendencia). 7. Las apariciones son misiones que Dios encomienda a sus mejores soldados. Así como el Mal cuenta con sus propios seguidores (los soldados de Satán, espíritus perturbadísimos que disfrutan trastornando y sembrando desesperación, tristeza y sufrimiento) y simpatizantes (los ingenuos y fanáticos de los que acabo de hablar, más uno que otro resentido o desilusionado), Dios tiene sus “comandos” y “fuerzas élite”. De este modo, cada aparición es un aliciente, es un alimento para la fe y la moral del ejército del Bien. Con cada aparición Dios se hace presente y le confirma al hombre que, como buen Padre, está ahí para socorrerlo cuando es necesario. Con cada aparición Dios confirma que interviene cuando toca, que busca al Hombre y busca que la Historia del Hombre sea una Historia de Salvación (es decir, la realización de su Plan). Mejor dicho, que por infinito amor y compasión por los seres humanos, cuando empieza a notar que la Historia Humana va tomando cariz de Historia de Perdición, interviene de manera enérgica para reestructurar las cosas y hacer que la Historia Humana se parezca más y más a la Historia de Salvación concebida por El. 8. Hablando de resentidos y desilusionados, puedo decir que buena parte de los ateos y agnósticos llegaron a serlo justamente por esa vía...por culpa de la ineptitud de algunos reverendos, religiosos o líderes espirituales, que flaquean en su misión de hacer el bien y se dejan seducir por el Mal. Satán y sus facinerosos se enseñorean de ellos, y los hacen cometer atrocidades. Eso fascina a las fuerzas del Mal, porque crea confusión al interior de las huestes de Dios, siembra dudas y desmoraliza a más de uno. A lo largo de mi carrera, he comprobado cómo muchos pacientes se hacen furiosos enemigos de Dios tras haber vivido en carne propia (o en la de un ser querido) un abuso sexual, una humillación o una vejación. Ante el daño sufrido, su dolor psíquico los lleva a apartarse de todo lo que representa quien los agredió. Esta es una respuesta natural, muy humana. No es la más madura de las respuestas (pues la madurez psicológica implica el poder diferenciar el todo de la parte: es inmaduro, por ejemplo, odiar a todas las mujeres por una sola desilusión amorosa que un muchacho hubiese tenido con una de ellas), pero es sumamente frecuente. Y esto lo sabe el Diablo, que conoce bastante a los humanos. Por eso es feliz haciendo resbalar a los líderes religiosos en los que no encuentra madera suficiente, o en los que percibe cierta debilidad. Satanás y el Mal disfrutan con ello, porque así arrastran no sólo a dicha persona, sino a otras muchas (la víctima, familiares y amigos de la víctima, miembros incautos y sugestionables de la opinión pública). Este es justamente uno de los mensajes que dio la Santísima Virgen a Conchita, una de las jovencitas de Garabandal. Muchos miembros del clero han ido, y van (y quiera Dios que no sigan yendo) por el camino del pecado, deleitando con ello al Maligno. Y no quiero que el lector se centre en esos maquiavélicos obispos y cardenales del Renacimiento y la Edad Moderna, de los que ya se han hecho todo tipo de investigaciones a nivel histórico. Quiero que se centre en los prelados (y pastores, y reverendos, y líderes de todas las denominaciones religiosas) soberbios, codiciosos, fanáticos, glotones, avaros, lujuriosos o calculadores que uno a veces se encuentra. Esos que no se notan, que no aparecen en los textos, pero que sí son conocidos en sus comunidades, y que le hacen un enorme daño a la causa de Dios por el desprestigio y el escándalo que provocan. Ahora bien, estos líderes religiosos tienen ya su castigo cocinado de antemano. Provocan tan enorme daño que Satanás ni siquiera tiene que molestarse en terminar de seducirlos. Simplemente los incorpora a sus fuerzas de oscuridad, pues sabe que capitanearán sus huestes tan bien como los espíritus más impuros y malvados que lo acompañan desde tiempo inmemorial (los otros ángeles caídos). Pero uno no puede malinterpretar el mensaje de Garabandal. Ahí se habla de muchos clérigos…pero no de todos. Abundan también, para gloria de Dios, sacerdotes y religiosos santos, castos, puros, nobles de corazón y eficientes en su apostolado, bienhechores y lúcidos guías. Es más, como el lector habrá comprobado a lo largo de su vida, los buenos líderes religiosos aún son mayoría. Esto lo saben Satán y sus secuaces, y por eso, en las últimas décadas, han dirigido sus esfuerzos a hacerlos caer. Ellos conocen el arte de la guerra, y saben que se trata de una táctica eficaz, porque con la caída de uno de ellos caen varios más de los soldados de Dios, y otros quedan confundidos. Los clérigos que más frecuentemente caen, ya lo he señalado arriba, son los que no tienen suficiente madera para serlo. ¿Qué puede esperar uno de un profesor desordenado o lascivo?, ¿qué valor puede encontrar en un general flojo, amante de la comodidad y la “buena mesa”? Cuando les falta preparación espiritual, cuando no tienen suficientes lecturas y experiencias a cuestas, cuando les falla la voluntad, cuando tienen multitud de “pequeños defectos” (¡cuidado con esos pequeños defectos!...un hueco pequeñito se puede convertir, si no se tapa a tiempo, en una tronera) o cuando en hechos hay desequilibrio (algún defecto grande, algún rasgo negativo demasiado notorio o constante en el carácter, carencias y sufrimientos en la historia personal, trastorno mental, fatiga, etcétera) se hacen sumamente vulnerables. Se hacen presas fáciles. IV Es un hecho que los que tienen fe no necesitan milagros. Y que ni los milagros satisfacen a los faltos de fe. Por eso, pese a tan múltiples y documentadas apariciones de la Virgen María, no se ha convertido aún la Humanidad. Es más, en su conjunto, la Humanidad avanza (¿o retrocede?) hacia un franco ateísmo, una negación de lo divino y lo sacro en todos los aspectos del ser y el existir. No obstante, intuyo que Dios y sus bondadosos colaboradores (entre quienes ocupan un destacadísimo lugar Jesucristo, el Redentor del Mundo, y su beatífica madre, María, a la cabeza de las huestes de profetas, santos y bendecidos) no cesarán en su intento de manifestarse a los hombres. Porque es cierto que Dios busca al hombre, porque quiere salvarle. ¿Salvarle? Sí, porque el ser humano es tan…animal, que muy pocas veces encauza sus pulsiones como debiera, y se aparta sistemáticamente de lo bueno y lo prudente, en aras de satisfacerse y gratificarse instintivamente. Por eso seguirán apareciendo. Ángeles, arcángeles, santos. A veces el mismísimo Señor Jesucristo, nuestro Salvador. En otras, su Santa Madre. Aparecen y aparecen, de manera constante, como constante es su amor (que refleja el amor de Dios, que es Amor de amores, que es el Amor mismo) y grande su compasión, a ver si algún día aprende esta Humanidad tan ciega a sus prodigios y tan sorda a sus palabras. Aparecen (como han aparecido, y seguirán apareciendo) y con ello buscan tender un puente entre los humanos, bestias racionales (muchas veces más bestias que racionales), y Dios. Un puente. Una conexión. Un recuerdo, quizás. Porque alguna vez la Humanidad fue menos arrogante. Sí. Hubo épocas en las que, al menos, tenía la prudencia de hincarse ante la majestad de Dios. Claro que ya había un sinnúmero de pecados y canalladas, porque el hombre es hombre: alejadísimo de la perfección de Dios. Pero en esta Neoposmodernidad sí que se ha hecho patente no sólo la desconexión del hombre con lo divino, sino una actitud hostil que va desde un activo deseo de olvidar (tradiciones religiosas, oraciones, rituales, etcétera) o paganizar los momentos que antaño ligaban al hombre con Dios. Actitud hostil que, cada vez con más frecuencia, se torna en odio y/o desprecio hacia todo lo que tenga un cariz religioso. V Tal como se deja ver en el mensaje de Fátima (del que San Sebastián de Garabandal es una secuela y un complemento… valga recordar lo que la Virgen dijo a Lucía, en Fátima: “nos vemos en San Sebastián”), dicha actitud hostil de un mundo cada vez más ateo, más narcisista y más materialista se habrá de volcar, si no se detiene a tiempo, en un odio homicida que puede poner en peligro la integridad de numerosos creyentes. Ya se dejan ver algunos avisos. En las redes sociales, muchos jóvenes profesionales atacan con ferocidad las religiones (y con especial saña a las tres grandes religiones monoteístas) y promueven un ateísmo light con fuertes dosis de individualismo (¡cómo no, en estos tiempos!), panteísmo y mixturas de budismo zen y esoterismo. Algunos lo hacen de manera ingenua, tal vez cansados de las religiones institucionalizadas o desilusionados de ellas (porque, como ya se deja ver en Garabandal, los líderes religiosos llamados a dar ejemplo muchas veces no han sabido estar a la altura, y con su perdición han provocado la perdición de muchos feligreses). Otros, por el esnobismo de “estar a la moda”. Los más preocupantes son los que ya están reclutados por las fuerzas del mal y la oscuridad, y con desparpajo y arrogancia difunden calumnias, ignoran las virtudes y agigantan los defectos de todas las formas de devoción y de vida religiosa. El desafío está ahí. O proseguimos en una actitud pasiva y negacionista ante ese odio y nos exponemos a que en un futuro no muy lejano terminen por lincharnos y sepultarnos por el simple hecho de ser creyentes (tal vez con el mismo placer con que los comunistas fusilaron sacerdotes en China, Rusia y Polonia, o con el que los nazis, en su afán de acabar con el Cristianismo e imponer la Orden Negra de las SS, martirizaron a religiosos y pastores luteranos, católicos y testigos de Jehová), o buscamos detener esa espiral de resentimiento y vendetta que anima a los ateos y entablamos de manera urgente un diálogo con ellos. Un diálogo que permita una mayor tolerancia, y que evite asesinatos masivos a clérigos y laicos. Asesinatos que sólo darían gusto a las fuerzas del mal, a Satán para decirlo sin rodeos, pues no sólo acabarían con muchos seres de luz sino que corromperían aún más, ensangrentando sus manos, a los ateos furibundos. VI Lo anterior muestra una interesante paradoja: a los ateos les fastidia el mismo Satán. Creen que se trata de un simple concepto, de un invento. Ese es uno de los triunfos del Maligno, triunfo obtenido desde finales del siglo XVIII en la filosofía occidental: el de ocultarse, el de agazaparse y mimetizarse de tal forma que hasta pasa desapercibido para los que no saben observar. Y muchos de los que no saben observar ni discernir de estos asuntos teológicos, la creciente masa de agnósticos y ateos que se baten con furia buscando imponer sus posturas, terminan (sin saberlo) haciéndole el juego al rey del Mal en el que no creen. Y Satán, que es claramente un ente singular, bien definido, personal, se las ha ingeniado para ser promovido por todos. Tanto por algunos socialistas utópicos como por muchos socialistas de “línea dura”. Tanto por biólogos como por poetas. Tanto por humanistas como por misántropos. Los regímenes democráticos han caído bajo su influjo, promoviendo leyes que hacen pensar en una persecución inmisericorde hacia todo lo que sea sacro. Y también los regímenes totalitarios. Tanto los de izquierda como los de derecha: basten de ejemplo las tenebrosas prácticas de paganismo, magia negra, espiritismo mal encaminado y satanismo que practicaban con desenfado altos jerarcas del III Reich (Hitler, Himmler, Rosenberg, Hess, Sievers, Darré, Göring) y las oscuras costumbres de Stalin y Beria (pese a que ambos genocidas alardeaban de ser “materialistas” y “socialistas científicos”, eran tremendamente supersticiosos y contrataban los servicios de excéntricos personajes como George Gurdjieff y Wolf Messing).Y tanto en el III Reich como en la Rusia comunista sus desequilibrados líderes se dieron a la tarea (de manera ladina e hipócrita en el caso de los nazis, muchos de los cuales manejaban una doble moral y se hacían pasar por cristianos) de acabar con el Cristianismo en general. Las fuerzas del Mal acechan. Están por todas partes. Sólo hay que abrir bien los ojos, para detectarlas. Sólo hay que dejar la mofa y los airecillos de arrogancia científica y sabihondez para captar cómo se mueven, cómo actúan con desparpajo en este mundo adormecido. En este mundo idiotizado por el culto al cuerpo y a la imagen, por el espectáculo, por el sentir a toda costa y sin frenos, por la irracionalidad y el narcisismo, por la negligente y muelle actitud de buscar la satisfacción personal sin interesarse por lo que sucede afuera (el desmoronamiento de la especie…imperceptible pero implacable). Hay que estar atentos. El Mal confunde y desinforma, inventa calumnias contra el Bien y nubla las mentes y corrompe los corazones. El Diablo, ese maldito ángel caído, y todos sus diablillos y espíritus perturbados andan por ahí haciendo proselitismo. En la TV, en la radio, en la prensa, en internet. Sembrando dudas, propagando mentiras. Y, sobretodo, destilando odio. Tanto odio que la cosa se puede poner fea: puede que llegue el día en que muchos profesionales, supuestamente racionales, con título universitario y todo, se lancen a sacrificar a los creyentes que tanto les fastidian. Sí. Los profesionales. Ahí también hace de las suyas Satanás. No sólo los aparta del camino y les hace repudiar sus creencias: también siembra en ellos una actitud guerrerista, hostil y desafiante para con todo lo que suene a espiritualidad o piedad. Ya estamos viviendo una época de persecución. Si el lector es creyente, seguramente ha padecido en carne propia el haber sido relegado o el haber perdido una cátedra por el simple hecho de no ser masón ni ateo. Cátedras que habrán ido a parar a las manos de colegas mucho menos brillantes en lo académico y mucho menos íntegros en lo personal, pero que sí hacen gala de su descreimiento. Mi preocupación es que la persecución empeore y se llegue a los actos vandálicos y/o sangrientos que el Mal provoca ya desde finales del siglo XIX, y que se pueden agrandar en cuanto a escala e intensidad. Por eso creo urgente tender puentes con los universitarios. Hablar con los estudiantes, con los profesores. Dialogar con el mundo académico. Salir de las trincheras del pietismo extremo o de la fe irracional que se niega a ser razonada. Si no se hace ese cambio a tiempo, la brecha entre creyentes y no creyentes aumentará. Y el odio también, porque detrás de esa división (impensable hace unos siglos) obra siempre el Maligno. VII Como ya señalé arriba, los mensajes de Garabandal complementan los de Fátima (en los que se dejan ver los martirios que el Cristianismo habría de soportar en un siglo de comunismo, ateísmo e individualismo), y hacen hincapié en la necesidad de oración, de arrepentimiento, de cambio. Una de las frases escuchada de labios de la Virgen por Conchita y sus amigas, “la copa se está rebosando”, es una metáfora perfecta: a Dios se le estaba colmando la paciencia. Pero el mundo avanza (mejor dicho retrocede) por una senda de negación, de desconocimiento de Dios. Lejos de mejorar, los seres humanos se obstinan en seguir haciendo daños. Y no falta el bobo que le achaque esos daños a Dios mismo, cosa tan absurda como ilógica. La frase pone los nervios de punta: “Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando”. Salta a la vista que es una advertencia de la Santísima Madre a la Humanidad: la cantidad de atrocidades y pecados es tan grande, que realmente es un milagro que no haya sobrevenido ya un castigo mayúsculo. Tal vez haya sido gracias a la infinita paciencia de Dios, al esforzado trabajo de algunos hombres sumamente buenos y santos, y a las oraciones de otros que no son tan bienhechores pero al menos tienen algo de piedad. Pero lejos de hacerles caso a esas cuatro niñas de corazón puro, muchos se mofaron de ellas o las examinaron con un no siempre disimulado escepticismo. Lejos de corregir sus costumbres y hacer oración y penitencia, la gente se fue haciendo cada vez más “liberada” (¡qué mal entendido, qué distorsionado concepto de Libertad, de Liberación y de Liberalismo esa desenfrenada carrera hacia la drogadicción y la promiscuidad que significaron los años 60!, ¡qué aspavientos hubieran hecho liberales como John Locke ante la perversión de su más preciada idea!). Abundaron las orgías y los encuentros en los que no quedó parafilia sin ser ejecutada. Se hicieron tantas y tan degradadas cosas, que la sexualidad humana se vio con creces superada por las más bestiales cópulas del reino animal. Incluso se hizo del rock, un género hermoso en sí mismo, una excusa para promover estas degeneradas bacanales. Se atacó frontalmente a religiosos y laicos. En muchos Estados se persiguió no solamente al Cristianismo, sino a todas las religiones (verbigracia China, cuyo gobierno comunista exterminó sin pestañear a millares de monjes budistas, y creyentes budistas, confucianistas y taoístas). Todas las manifestaciones de piedad fueron proscritas (o severamente limitadas) en varios países. Y se lanzaron todo tipo de dardos a la familia y al matrimonio, con lo que se sembró la podredumbre que en la actualidad constato como médico: un montón de niños y jóvenes huérfanos con padres vivos, vulnerables y abandonados por sus progenitores, dejados a la deriva y a merced de jíbaros y maleantes. Además de los regímenes totalitaristas ateos y neopaganos que pulularon en el siglo XX (siglo convulsionado a más no poder…lo cual explicaría el porqué se habrían hecho tan frecuentes las apariciones de la Virgen, que ha estado intentando por todos los medios llamarnos a la cordura), y de la nefasta influencia del materialismo histórico (cuyos errores han sido masificados por todos los medios de comunicación, especialmente gracias a las dictaduras comunistas y los fondos de particulares interesados en minar la fe de las personas) y del narcisismo (cosa que les permite, como ya se está viendo, tener millares de seres humanos dormidos, embobados, tan desconectados de Dios y de todo fenómeno religioso que simplemente pueden calmar de manera muy parcial sus ansias de trascendencia y sacralidad aumentando de manera dramática su consumo, y que viven en una especie de moria, aletargados por la cultura del espectáculo), se han ido sumando al descalabro intelectual del mundo comentaristas de Nietzsche, Marx y Freud que ven lo que quieren ver en la obra de estos pensadores, y a veces llegan a distorsionarlos tanto que ocultan a los verdaderos Nietzsche, Marx y Freud y se ceban en la propagación del individualismo, de la satisfacción egoísta de las propias necesidades y el culto al yo y a la violencia. Nietzsche vislumbró la tragedia de un hombre sometido, que aceptaba de manera pasiva la injusticia. E hizo un valiente llamado: debemos escapar a la sumisión (algo verdaderamente revolucionario, en un siglo como el suyo, en el que aristócratas y monarcas monopolizaban el poder político).Freud evidenció, en su práctica clínica, la tragedia de un hombre reprimido, neurótico y enfermo por culpa del excesivo pudor y la mojigatería. Su llamado fue una interesante liberación de un sinnúmero de prejuicios que habían sido férreamente inculcados durante siglos. Ahora bien, un montón de malintencionados lo utilizan para decir que es “infantil” creer en un Ser Superior (los infantiles son ellos: niñitos engreídos, carentes de humildad). Y lo que es peor: a un economista concienzudo como lo fue Marx (repito: buen economista, así haya sido flojo como filósofo, y definitivamente torpe como historiador) sus comentaristas, admiradores y paladines (Lenin, Plejanov, Mártov, Axelrod, Gramsci, Kirov, Bujarin,Trotski, Kamenev, Zinoviev, etcétera), y en especial los tiranos que osaron acomodar sus tesis a conveniencia, deformándolo y distorsionándolo para “justificar” sus excesos (Stalin, Mao, Andropov, Castro, Kim Jong Il, etcétera) lo interpretaron de manera a veces tan sesgada (tanto, que incluso entre sus “estudiosos” no tardaron en formarse facciones y bandos con tesis antagónicas) que hoy en día carga con una pésima imagen. Y en ese gran desastre llamado siglo XX, Marx fue el escudo con el que muchos rufianes se cobijaron para justificar atrocidades, actos terroristas y vandalismo de todo tipo. No está de más recordar cómo, al interior de la propia Iglesia, muchos cayeron seducidos por la retórica mamerta. Sólo en Colombia hubo un buen número de sacerdotes que se involucraron activamente en la formación de grupos terroristas (sí, terroristas, y lo digo sin miedo: porque secuestraron, extorsionaron, violaron, saquearon, asesinaron e intimidaron, sembrando el terror en las comunidades), a los que no quiero mencionar. Resulta triste cómo llegaron incluso a contaminar algo tan interesante como lo fue la Teología de la Liberación. La Teología de la Liberación era otra cosa, mucho más bella, mucho más justa y justiciera: una propuesta de eminentes teólogos para el desarrollo de las Américas. A ellos sí deseo mencionarlos, porque merecen ser recordados: Gonzalo Gutiérrez, Martín Baró, Jon Sobrino, Leonardo Boff, Ignacio Ellacuría, Enrique Dussel, Alberto Múnera, Alberto Parra, Helder Camara, Clodovis Boff, Leonidas Proaño, Carlos Bonilla. VIII Insisto. Podemos constatar a diario cómo las fuerzas del mal pugnan por desacralizar, o terminar de corromper, lo poco que hay de luz en este mundo. No contentas con el decaimiento de la fe y el ablandamiento de los corazones (cada vez más proclives a la satisfacción sensual egoísta y más perezosos a la hora de orar y hacer el bien), que se han acentuado de manera dramática desde hace dos siglos, estas fuerzas malignas se proponen sepultar en total oscuridad a la Humanidad. Humanidad débil y pecadora, pero tan arrogante que cree que sólo existe ella. Pero también cómo las fuerzas del Bien pelean bien su batalla. Apoyan, animan, fortalecen y consuelan a los suyos. ¡Cuántas veces, en medio de la aflicción, descubre el soldado de Dios que tiene a su lado la mejor compañía! Porque Dios es, ante todo, la mejor de las amistades. Cultivar el trato con El es hacerse el regalo más bello y fecundo. El no necesita de nadie, mucho menos de algo tan defectuoso y voluble como el ser humano. Pero es tan amoroso que corre a su encuentro y acepta su amistad con una nobleza y una dulzura infinitas, inimaginables. Y, no contento con ello, le envía al hombre a sus amigos más íntimos. Por ello es que la Santísima Virgen, Madre universal, se aparece con cierta frecuencia. Dios la envía para consolar a sus soldados. Para aliviarles sus pesadas cargas. Para hacerles más soportable vivir en un mundo imperfecto y muchas veces injusto. Y para mostrarles el camino a seguir, al cabo del cual se le encuentra a El, en el verdadero Paraíso. Por eso hay que interpretar las apariciones en clave de Salvación. El Señor quiere lo mejor para sus hijos, y también los conoce bien a ellos (y sabe que son perezosos, inconstantes, veleidosos). Por eso les recuerda, a través de variados modos, cómo deben vivir. Es decir, da sutiles direccionamientos, para encarrilar a sus casi siempre díscolos muchachos. La Virgen se apareció en Garabandal con un objetivo claro. Es evidente el para qué de su aparición: quería prevenirnos, alertarnos. Su llamado y su amonestación son cariñosos (como los haría una madre tierna y compasiva), pero tienen una clara intencionalidad: hacer despertar a una Humanidad aletargada por tanto materialismo, por tanto ateísmo, por tanto egoísmo, por tanta soberbia intelectual. Una Humanidad ciega pero tan arrogante que se jura “iluminada”, sobretodo desde que a finales del siglo XVIII empezó a creer que con su razón y con su ciencia podía entenderlo, manejarlo y hacerlo todo (nada más falso, pues el resultado de todo el racionalismo, el positivismo y el materialismo de la Modernidad no pudo ser peor: un siglo atormentado con dos guerras mundiales, cientos de guerras nacionales y todo tipo de desdichas) y empezó a despreciar lo religioso. Lo que les dijo a esas castas y honestas campesinas no fue nada del otro mundo. Se expresó de manera sencilla, llana, diáfana. Porque deseaba que todos los seres humanos entendieran. Y se les apareció a esas tiernas jovencitas porque precisamente ellas encarnaban el ideal de sencillez. El lector debe estar atento a este detalle. La Virgen María no se le apareció a un sofisticado intelectual, ni a una flamante estrella del cine, ni a un eminente doctor, ni a un encumbrado estadista, ni a una cantante famosa, ni a un poderoso empresario (de hecho, no se le suele aparecer a ese tipo de gente). Detengámonos un instante en esta cuestión, antes de pasar a una nueva reflexión. Pensemos: ¿qué tienen en común las jovencitas de Garabandal? Su pobreza (pero digna pobreza, en buenas condiciones de higiene y cuidados básicos), su castidad, su corazón puro, su fe (eran, y han seguido siendo hasta hoy, unas laicas excelentes), su propia condición socioeconómica. ¿Y qué tienen en común ellas con las de los otros seres humanos que han tenido el bendito privilegio de haber visto a la Virgen? En que todos han sido de origen humilde, de oficio humilde, de vida humilde: el apóstol Santiago en Zaragoza (entregado servidor del Señor, que murió en tierras muy lejanas a su lugar de nacimiento), san Simón Stock en Cambridge (un religioso carmelita, veraz y devoto), dos pastores guanches en las Canarias (hombres pobrísimos y rústicos), a san Juan Diego en Guadalupe (un nativo, representación de todo un pueblo oprimido salvajemente por el conquistador europeo), a Melanie Calvat y Maximin Giraud en La Salette (dos pastorcitos), a santa María Bernarda Soubirous en Lourdes (una muchacha paupérrima, pero de una fe enorme y una vida sin tacha…cuyo cuerpo aún se conserva incorrupto), a Lucía dos Santos, Francisco Marto y Jacinta Marto en Fátima (tres bondadosos pastorcitos). Es decir, altivez y arrogancia desagradan profundamente a Dios. El envía a la Madre de Jesucristo a los bondadosos, a los humildes de corazón. Si se les apareciera a sujetos codiciosos o arrogantes, éstos buscarían hacer dinero y corromperían su mensaje. Si se les apareciera a “ilustrados” (ojo, una cosa es ser ilustrado, y otra es ser luminoso…el mundo académico está lleno de ilustrados oscurísimos), recibirían con incredulidad y sorna sus mensajes. IX Mal hacen los que han intentado reducir Garabandal a simple profecía. Me atrevo a decir, inclusive, que el aspecto profético es el menos interesante en esta historia. ¿Que si el Aviso se dará por la colisión de un cometa o un asteroide? Eso no importa. Puede tratarse de eso, o de una serie de explosiones nucleares sincrónicas, o de un fenómeno atmosférico, etcétera. Lo que importa es que habrá un Aviso. ¿Que si el cuerpo del padre Andreu se encontrará intacto después del Milagro, tal como era en su vida aquí en la Tierra? Eso pierde importancia en la medida en que se entienda que él ya contempló dicho Milagro (poco antes de morir, igual que el santo Pío de Pietrelcina) y ya está intacto y resucitado al lado de nuestro Señor. ¿Que si Joey Lomangino recuperará la vista? Eso no tiene la menor relevancia, pues lo importante es que desde su encuentro con el Padre Pío y su primera visita a Garabandal pudo verse mejor a sí mismo y pudo ver el camino correcto, el que debía tomar para salvarse. La aparición de la Santísima Virgen en Garabandal no tenía como objetivo principal el lanzar al mundo profecías dramáticas (de esas que le achacan al pobre Nostradamus, cuya obra ha sido distorsionada y manipulada como pocas, y acomodada a piacere) ni asustar a la gente ingenua con imágenes apocalípticas. Tampoco el de erigirse como una historia “paranormal” para deleite de curiosos y desocupados. Claro que por la excepcionalidad de los fenómenos que ahí ocurrieron es lógico esperar el surgimiento de numerosas elucubraciones al respecto (como en efecto ocurrió), pero el error teológico y filosófico está en quedarse en la curiosidad morbosa, en la mera “extrañeza” de los fenómenos, en lo puramente mediático (que, lejos de satisfacer al espíritu, sólo hace algarabía y siembra desconcierto). Sus mensajes no van contra la doctrina cristiana. No tienen que ver con satanismo o herejía, como algunos han visto de manera errónea. El hecho de que en ellos se alerte sobre el mal camino que han tomado ciertos líderes religiosos, lejos de hacer un ataque a dichos guías, es el de separar la paja del trigo y establecer con claridad que hay unos guías verdaderos, cabales, honrados, bienhechores (soldados de Dios) y otros guías que no son sino los falsos profetas sobre los que ya nos advierten los evangelistas (soldados de Satán, agentes de oscuridad, ruina y caos). Una cosa es tener cariño a los buenos prelados, a los religiosos veraces, y otra es ser tan pánfilo como para dejarse engañar por los poco éticos pastores que prostituyen el mensaje de Cristo y lo usan sólo para lucrarse, o para asumir unos puestos de poder que les permiten saciar sus fantasías más inmundas. La Virgen es enfática en esto No habla de todos, sino de muchos. Y sí, hay muchos sacerdotes y monjes (y de distintas religiones) haciendo atrocidades. Y ellos arrastran a muchos feligreses a la perdición, sin duda alguna. Como ya he mencionado antes, muchos creyentes dejan de serlo cuando son víctimas o testigos de conductas indecorosas o incongruentes con la santidad del Señor. El mensaje de Garabandal nos abre los ojos y nos llama a la oración, a la penitencia, a la conversión, al encuentro eucarístico con Jesucristo en la Sagrada Eucaristía. Y se deja entrever que una vigorosa vida espiritual, en medio de la oración y el sacrificio ofrecido a Dios, permite al creyente recibir del Espíritu Santo el tan necesario don de prudencia, de sabiduría para poder discernir entre los verdaderos y los falsos guías espirituales. Muchos caen, y seguirán cayendo, porque están sumidos en la ignorancia. No leen las Sagradas Escrituras ni por accidente. Mucho menos un libro de Teología. Son felices en la mediocridad, en el vacío intelectual. Esos caen facilito. Los embaucan, los manipulan, los suben y los bajan, los estafan, les dan tres vueltas. Por eso es tan necesario que todos los seres humanos encuentren su camino (siempre personal, siempre íntimo, siempre fascinante) de descubrir (y/o redescubrir) a Dios y al Evangelio (la buena nueva en el más puro sentido de la palabra). Vale la pena insistir en que el centro de los mensajes de Garabandal no es ninguna “escalofriante” visión apocalíptica (de esas que tanto aman algunos cineastas), sino un llamado desesperado que nos hace Dios a través de la Virgen María, invitándonos a dejar de una vez por todas las cosas que nos sumergen al pantano del mundo material. X Otro asunto del que vale la pena hablar es el de la validez de unas apariciones en el contexto dogmático y doctrinario. ¿Qué se puede decir, entonces, de las apariciones de Garabandal? Lo primero, es que el dogma y la doctrina quedaron listos por Jesús, sus discípulos, sus apóstoles y los padres de la Iglesia. Y hay que reconocer también los aportes conceptuales de los demás doctores de la Iglesia, en especial de los maestros del pensamiento escolástico. Pero hasta ahí. Las revelaciones particulares tienen su validez particular, pero hay que entenderlas en su contexto, en su singularidad. Fenómenos como Garabandal nos llevan a reconocer que la gracia divina llega a algunos seres humanos en forma de realidades concretas, sensibles, tangibles. Las apariciones son visibles, y en ocasiones audibles. Permiten el trato con ellas. Es decir, configuran un encuentro íntimo entre el afortunado testigo o receptor y la entidad venerable que se aparece. Así hay que entenderlas. Las apariciones son encuentros íntimos, sublimes y cargados de emoción, a través de los cuales Dios se abre al hombre, se comunica, tiende puentes. A veces lo hace directamente (como cuando se le apareció a Moisés), y otras a través de sus colaboradores queridos y cercanos (como en el caso de Garabandal, que envió al arcángel Miguel y a la Virgen María). Dios nos habla. Dios interviene en nuestra historia. Lo hace a menudo. Porque nos ama (así nos comportemos, en ocasiones, como hijos rebeldes y malcriados). Por eso nos envió a su propio Hijo, nuestro Salvador. Por eso nos envía a la Virgen, la madre más tierna y amorosa que podamos imaginar. La sencillez de la Virgen en Garabandal es congruente con la sencillez de la Virgen en todas sus apariciones (anteriores y posteriores, como en Medjugorje) y su mensaje, como siempre, es llanísimo, clarísimo. Tan diáfano que se hace comprensible a todos (y, tal vez por ello, le molesta a algunos sabihondos). El carácter benigno de dichas apariciones se evidencia tanto por la bondad de las campesinas (que, a lo largo de su vida, han sido unas creyentes sumamente coherentes con el Evangelio), como por los frutos que produjeron (multitudes de conversos y penitentes…y, aún hoy, en pleno siglo XXI, el gran número de laicos y religiosos que escuchan el llamado de Garabandal y se sienten movidos a hacer más por el mundo), y por las personas (de reconocida altura moral) que las confirmaron como verdaderamente procedentes de Dios. Reflexiones Finales Estas y otras revelaciones constituyen una llamada de Dios a la conversión. Los seres humanos tienen dos opciones: o atienden, o no atienden el llamado. Si lo atienden, pueden evitarse un final trágico. Atender el mensaje de Garabandal es redescubrir las delicias de la fe (tan atacada por el positivismo, el neopositivismo, el comunismo, el nazismo, el individualismo y algunos marxismos…y aún así fuerte, invencible en tanto que está respaldada por la Verdad misma), re-acercarse a Dios en una época en la que llega a ser mal visto hablar de Él en muchos círculos (especialmente los académicos). Buscar con gusto la Eucaristía, visitar al Santísimo, rezar y sobretodo vivir con coherencia lo que es ser unos buenos cristianos, es lo que nos sugiere la Virgen en Garabandal. Garabandal es ante todo esperanza, confianza en que en el futuro la Humanidad será otra y escapará a su autoaniquilación. *David Alberto Campos (Colombia, 1982) es escritor, médico psiquiatra, psicólogo, catedrático y psicoterapeuta, con estudios en filosofía, teología, neuropsiquiatría y neuropsicología. Su obra (Palacio de Cristal, Cuentos para no dormir, Duelo y Espejismos, El caso Lieberman y otros cuentos, Arritmia, Ensayos 1996-2010, Ópera Cromática, Nuevo Orden, Plenitud, Umbra et Imago, Liberación de la Palabra, Tratado de Psicopatología, Breve Historia de la Filosofía, Conversaciones con Tommy), abarca todos los géneros literarios. Para contactar al autor, escriba a: dalbcampos@hotmail.com