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lunes, 31 de marzo de 2014

Que lluevan fractales de nieves y rosas... por Luis Fernando Campos

QUE LLUEVAN FRACTALES DE NIEVES Y ROSAS… Arrojar la cara importa, Que el espejo no hay por qué. Quevedo Que lluevan fractales de nieves y rosas. El mundo, lo lamento, es corrosivos alhelíes. ¿Para qué arrojar el espejo, si esta cara no me abandona? Del magma terrestre voy arrancando pedazos y cenizas Y ellas me queman, como sales lavadas en amargura. Vive en mí la indecisión que hace salpicar mares de ácidos recuerdos. Estos tristes entierros me queman también como la nieve, Que se vuelve fría cuando se desnivelan las manecillas del reloj: Así es como los recuerdos se van congelando, así es como las arenas se van descomponiendo. Mi retrato oscuro en la ventana saborea el agria miel de la derrota. En tu mirada se extinguen los sonidos pálidos del amor. La colmena va creciendo, hexágonos impuros, con sabores ánodos y a muerte, Y un volcán aguarda, ansioso de bellas esmeraldas, a pesar de que haya tanto vacío entre los átomos. ¿Es que acaso tantas ilusiones, que bullen en el fuego y el antimonio Sólo nacieron para morir, como nuestras almas, como nuestros pensamientos? QUE LLUEVAN FRACTALES DE NIEVES Y ROSAS… Arrojar la cara importa, Que el espejo no hay por qué. Quevedo Que lluevan fractales de nieves y rosas. El mundo, lo lamento, es corrosivos alhelíes. ¿Para qué arrojar el espejo, si esta cara no me abandona? Del magma terrestre voy arrancando pedazos y cenizas Y ellas me queman, como sales lavadas en amargura. Vive en mí la indecisión que hace salpicar mares de ácidos recuerdos. Estos tristes entierros me queman también como la nieve, Que se vuelve fría cuando se desnivelan las manecillas del reloj: Así es como los recuerdos se van congelando, así es como las arenas se van descomponiendo. Mi retrato oscuro en la ventana saborea el agria miel de la derrota. En tu mirada se extinguen los sonidos pálidos del amor. La colmena va creciendo, hexágonos impuros, con sabores ánodos y a muerte, Y un volcán aguarda, ansioso de bellas esmeraldas, a pesar de que haya tanto vacío entre los átomos. ¿Es que acaso tantas ilusiones, que bullen en el fuego y el antimonio Sólo nacieron para morir, como nuestras almas, como nuestros pensamientos? Te lo juro, amada mía: aunque más de una vez he querido arrancar el espejo, Deshacerme de mi cara no he podido. Luis Fernando Campos (1998)