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sábado, 1 de marzo de 2014

La Consulta, por Luis Fernando Campos

I Estaba confundido, confundido. Sí señor, confundido; qué pensaba qué recuerdo y la cara y el miedo. Llegar allá no es fácil, yo se lo dije, y yo no quiero llorar y perdón, y es que no me acuerdo de nada. ¿Qué le iba diciendo? Pienso en gente rara y veo oscuro, me acuerdo del color rojo y ya no duermo, doctor, ¿es usted el doctor? Me levanté hace mucho tiempo ¡Meses que no duermo! Vivir así no se puede, señor, no veo, no veo, no sé qué hacer. ¿Qué cosa? No, no, no lo haga, qué miedo… ¿Y si les llego a hacer algo? Y si los cojo y les pego, no, no, no quiero, señor doctor, compréndame. ¿Usted no es el doctor? ¿Quién es usted? [Abre los ojos y levanta los brazos] No veo nada, nada, todo oscuro, señor… Era un cuarto oscuro, y lo recuerdo desde pequeño. Papi, qué es eso; no lo toque, me decía a veces, cuidado, y yo ya casi no dormía, pero me tomaba mi lechecita antes de acostarme. Vaquitas lindas, lindas, pero qué tal si se me va la mano qué tal si [Los ojos inyectados de sangre] y entonces dormía y soñaba con ella y tan bonita y papá por qué no me dices y, [Mira atónito, gira la cabeza, sube y baja los ojos, rezonga] allí estaba, tan bella y para qué sirve y luego la cogí y vi por qué mi papá tan mezquino: de un solo tajo se le abrió la piernita a la vaca. Éramos campesinitos, y hacía mucho sol y puro sol y a mí se me venía la sangre y… tenía cierto olor a quemado, como a estufa y mi papá la guardaba, era alto, arrugado, sí, sí… ¿Que hable? Yo, ¿señor? Y por qué. Qué pasa. Un cofrecito, un cofre, y yo la quería, pero no le quiero pegar, no, no – se levanta agitado- no, y qué tal que le pase algo, por favor, no. ¿Que dónde estoy? Yo con ella me casé hace tiempo, antes de que, de que me pasara eso, un algo, una centella y un camión, pero se fue, sí señor y no habíamos tenido problemas hasta que; y las luces me encandilaron y no recuerdo bien pero; sí, fue ahí. Ya no quiero, ya no quiero, estoy mamado, y yo viendo todo oscuro y pensando la mato, la mato –levanta el tono de voz; el médico no sabe qué responder: sus ojos se abren, levanta los brazos con miedo-, la mato a mi amorcito… No llore, no llore, pero es que con esa cantaleta “no vaya a hacerle nada a nadie” y yo que no llore que la mato y era tan bonito el de mi papá pero luego lo dejé botado y que la mato, porque si no la mato [reflexiona, intenta cogerse la cabeza, se siente indefenso, qué estoy diciendo], por eso yo no quiero, no señor… ¿y si me hacen algo allá? No, no, por favor no [al parecer una nueva idea, un tic inconexo en sus neuronas, quédate callado, una imagen borrosa, qué estoy haciendo]. ¿La fecha, la fecha? No sé la fecha, no sé, no sé [El impulso corre a toda máquina por entre la corteza; se enfrenta contra muchos amigos muertos, el axón, se pierde el impulso, no lo voy a decir, no me voy a defraudar, pero la neuronita sigue despierta no, no, ¿Qué fecha es hoy?] –Se levanta, se coge la cabeza, se pasea pero se mira y no se ha parado, se resigna, se intenta agitar- [hace años no cojo un esfero, quién me mira, quién es ese tipo, ese tipo, el mechudo, quién es; el telencéfalo o el mesencéfalo, el hipocampo, qué es eso, qué fecha; se intenta coger la cabeza, hará tiempos que no…] ¿Hospitalización? –Dónde estaré, qué pasa- Pero si yo estoy bien, yo sólo cogí el machete, yo sólo quería resistencia a la idea, piensa yo soy bueno, yo soy bueno, y quiénes hay allá responde bien, ya vas a descansar, y vas y paseas al perrito y descansas y ya; éste imbécil. Hablas: -Va a estar bien, es una medida hecha para su bien. ¿Mi bien? – Abre los ojos, no lo cree todavía- ¿Mi bien, mi bien? Y si me pasa algo, doctor imbécil, imbécil, debí haberme hecho científico, físico, arqueólogo, que no me toque estar con la gente, con la plebe. Dice: no le va a pasar nada, usted estará bien. Piensa: Maldito dios, me cago en tu reino, desgraciado, infame, cómo me haces esto; ¿Y allá, y allá… ¿Hay gente?? ¿Gente? Y la ducha, la ducha, ¿Agua fría doctor? A mí no me gusta bañarme con agua fría [abre los ojos, se bloquea, olvida los pensamientos] Tranquilo, Ernesto, relájate, dos pacientes más y se acaba. Piensa: dios no existe, no puede; dice: No se preocupe -tantas graduaciones, tanto joderme, esto lo podría hacer otra persona-, se va a bañar como quiera y cuando quiera –la gente inteligente no debería perder en esto el tiempo-. ¿Puede llenar estos datos, por favor? –Maldito, maldito sistema de salud, atender en veinte minutos, como si ser psiquiatra fuera soplar y hacer botellas- Eso, con su nombre, eso… ¿Recuerda la fecha? La fecha, la fecha [tic, toc, neuronas en reacción, sistema nervioso central en actividad extrema, cataplum, se desmoronan los archivos. ¿Neuronas, neuronas, hay alguien? Corren, corren los potenciales de acción, ¿hay alguien? Concéntrate] La fecha, ¡No sé la fecha, no la sé, no la sé! –comienza a llorar-. [Es urgente, urgente, tic, la neuronita, toc, el axón, mi nombre, mi nombre…]. El imbécil tampoco se acuerda del nombre- piensa, recuerda, revuelve el doctor- maldita sea, maldita sea, puta vida. Yo también me debería mandar a arreglar el coco. Dos pacientes, dos pacientes. Maldito Dios, maldito Güevón, cómo se le ocurrió hacer esta cagada tan mal hecha… por lo menos sólo quedan dos pacientes, maldita sea- Se lo puedo ir dictando, ajá, Hernán, H-e-r-n-á-n… póngale la tilde – imbécil. Imprimamos más hojitas, más hojitas… Trabajo de mierda, maldito sistema de salud, veinte minutos, ¡En veinte minutos le hago y le horneo una pizza, le sirvo un perro caliente mientras se toma la gaseosa, hasta lo peluqueo, pero no le hago ‘psicoterapia’! Tranquilo, Ernesto, relájate, dos más y ya, mientras tanto imprimamos, ¿Cristian, puedes ponerme las hojas? El güevón está perdido, ¿Cristian? – Ah, sí, ya va- sonríe- qué pena hermano, digo, digo, Doctor Castro, ya va - Imbécil. H-e-r-n-á-n P-i-e-d-r-a-h-i-t-a, eso, y póngale la tilde en la á – Pregrado, posgrado, especialización, máster, para tener que dictarle a este pendejo con IQ de noventa su nombre, maldita sea Chuchito, maldita sea. Yo ya había estado aquí, me recuerda algo – tic, toc, la neuronita-, uy, ese camión, grandote, y me cogió, grandote como una vaca, y desde ese día – tic, toc, accione -, desde ese día quedé con la cabeza chiquita como la de un pollito, –tic, tic, corteza cerebral, ayuda, ayuda- no te rías, imbécil, no te rías; duerme Piedrahita, el machete, mi papá… II Qué más perro, que más, ¿todo bien? bacano, ¿Y qué más de la vida? ¿Bien, todo bien? Bacano, así toca perro… - Uy, yo andaba re ensimismado, uy, qué pena, con mis pensamientos- Uy, síii, esos temazos que se manda la banda, uuh, buenísimo… Cristian, ponte serio, acuérdate de lo que dijo papá cuando aún te quería, que ibas a ser grande, que ibas a ser muy inteligente, ¿será que le atinó el viejo? ¡Já, pero si ya tengo barba! Tienes barba Cristian, y con dieciséis, ahora si quedé plenito pal levante- Se mira al espejo, la cara joven y el cuerpo fuerte y grande -, ¡y mire estos musculazos, esta piernota!- El pelo largo, diez centímetros dorados cayendo sobre su frente y sus ojos, se levanta el pelo con un ademán de la cabeza, se pone la camisa, y qué gusto que le quede bien ceñidita- estás hecho un roquero, como los grandes. Uy loco, ya toca ir saliendo, ya mi hermano está como puto. Cristian de mierda, tengo que ir a trabajar, jajá ya va hermanito, ya va, pero relajado, hombre, usted vive como si tuviera cien años. Bueno, antes que nada quiero presentarme. Mi nombre es Cristian Castro, estudio música en la U. Estaba pasando vacaciones donde mi hermano para no aburrirme, como para cambiar de ambiente. Juego Rugby y me encanta el gym. ¿Qué por qué tengo estos aretes? Pues porque se ven chéveres, me quedan como bacanos-y además a mi novia le encantan, bueno, a las dos-. ¿Un género? El metal. Esas guitarras, y esa gente toda loca, toda soyada, ¡uff! Con el pelo todo largo todo chimba. Yo era re inteligente, re abeja. Muy bueno en el colegio, pero no, luego llegan las viejas, y la cerveza por aquí y por allá con el Negro, con Chileno, y pues yo sí me daba cuenta como que la memoria carajo no daba, y luego ya los problemas de matemáticas, durísima esa mierda, que dizque multiplica a un lado y al otro lado divide, uy no, no, eso es como quien dice yo en Colombia rubio y en Venezuela negrito, no, no, eso no tiene lógica, bro, no tiene lógica. ¿Que me enfoque? Ah bueno, listo, qué pena señor abogado, ya le cuento. Pues mi hermano vivía en Armenia, tres horitas el avión desde Medellín. El tipo es psiquiatra, ¡re nerdo, hermano, re nerdo! Lee que disque libro por semana, tan güevón, como si eso funcionara. Igual ahí va, lástima que no se haya casado todavía el tipo, ni idea, aunque yo creo que se levantará sus morochas allá en Armenia, no crea, el tipo posa que dizque de intelectual pero debe tener el apetito sexual bien al estilo Castro. Yo a él lo quiero, y no crea: aunque me da como envidia verlo tan memorioso, tan pensante, eso se sobrelleva, él con sus loquitos y yo con mi guitarra, ¿No le parece? En fin, yo fui a donde él y me metía dizque a consulta, figúrese. Me pasaba una bata bien puto con la vida, porque yo andaba siempre en las nubes, y me decía, primero de nueve, y salía al frente y decía el nombre y entraba alguien a consulta. Y salía y me decía dos de nueve y yo uy como si fueran vaquitas: a veces eran niños, a veces viejitas locas, a veces unos tipos bien felices, que uno dice como pa’ qué vinieron; será que les sobra la plata. Bipolares, me decía mi hermano, aunque qué, puro cuento: bipolar soy yo señor, y venga le explico por qué. Yo a veces soy comprensivo y a veces no, a veces me quedo callado y a veces hablo mucho, ¿si pilla? Eso sí es ser bipolar, no como esos tipos que van allá a pedir Clonazepam para drogarse nomás. Y que tres de nueve, y cuando faltaba alguien se armaba la fiesta, nos cagábamos de la risa y él decía listo, seguimos con la labor, y yo me ponía contento porque ya no tenía que fingir frente al paciente, ni saludarlo ni despedirlo –ni ver a esas viejitas tan feas y esos gordos tan asquerosos-, y él me decía a publicar hermano, a publicar, como si fuera Gutenberg: cogíamos cincuenta hojitas de la resma y sin que nadie se diera cuenta él se metía a imprimir que Guerra y Paz, que la Fiesta del Chivo, que Conversaciones en la Catedral, y yo como que ajá porque lo mío no son las letras, ni los números, sólo la música; lo que no impedía que me diera como piquiña y me sintiera feliz haciendo pilatunas como cuando chiquito. La clínica se llamaba Clínica el Bosque, y él por mamar gallo iba y empastaba esos libros de medio millar de páginas y le ponía dizque Editorial el Bosque, y yo cágueme y cágueme de la risa. Ernestico, Ernestico, siempre nerdo pero nunca amargado: total, me cae bien el tipo. ¿Qué si yo creo en diosito? Pues claro, cómo no. No es que rece mucho, y tampoco voy a misa (ni que fuera un beatico), aunque, eso sí, nada como la fe de carbonero, uy, eso pa qué pensar y ponerle nombres griegos a las cosas [Teología, filosofía, epistemología] si igual todos dicen que a la postre no se sabe si sí o si no. Yo me lanzo con la técnica del francés, del viejo Pascal: Si creo me salvo o no me pasa nada, porque si no creo por ahí es cierto y ahí si me toca saludar al viejo Sata. Yo antes me devanaba los sesos pensando y si Dios es uno entonces qué pasa con el Hijo, y entonces yo decía está jodido que Jesús tenga cosas raras con el Padre para hacer una palomita, ¿además no que es que Dios es eterno, ¿y viene este Jesús se nos muere?? Mi hermano me echa el cuentito que dizque Agustín de Nipona y Tomás de Aquí No, y luego él me dice que esa mierda en realidad no existe y yo puro por la blasfemia me le río y la pasamos chévere. >Pues sí, ya llevaba una semanita sin tomar nada, figúrese, desde el veinticuatro, y ya la boquita me sabía como amargo, como espumoso, y yo decía una cerveza vale mil pesitos y este tipo no tiene ni una. Es que no sabe cómo gastar la plata, imagínese, el maricón se compró un perrito y no le alcanza para la paca de cervezas, no, no, no, no, no, a mí no me vengan con cuentitos. Un french púder, ¿ah?, así patitieso y con la cabecita y el potito enhiesto. ¡Mariconsísimo! Y lo peor, lo peor de todo, es que a mí me tocaba sacarlo. No, no, yo pensando en los tipos de Megadeth y de Sodom, y con este perrito oliendo toda clase de plantitas y florecitas, ¡Mariconsísimo! (Si de algo sirvió el perrito era como de motivación, porque decíamos este es el octavo paciente, y luego a la casa y a pasear al perro. Yo le decía a mi hermano: Si se va a comprar un perro tan marica, póngale nombres chistosos, por ejemplo Fito, Adi, o Fiódor, o Chéjov, pero no: ahí sí la re cagó. Y le digo que la re cagó porque quiso parecerse a un político chileno, y le puso que dizque Alegría.) Al maricón de Alegría tocaba sacarlo a las ocho, a las once, después de almuerzo, antecitos de las siete y como a las diez, porque si no se cagaba y se meaba en mi cuarto. Y yo al comienzo no lo quería, pero uno con el tiempo le coge cariñito, como aprecio, de verlo tan sano, tan inocente. El perro le daba la vuelta al conjunto, y luego yo lo sacaba a ver si hacía popito, y el primer día que lo saqué del sitio yo vi una tienda y dije, aquí me consigo mis politas. Qué va: una señora más amargada, no me quería vender; hasta con piropos y conversa me pedía cédula. -Entonces como le decía, sin cerveza en la casa, a mí ya me sabía la boca a espumita, al dulzor del metal con la cebada, y ya estábamos a quince días del veinticuatro [cuando nace Chuchito], y yo esto ya es mucho, el 31 abstemio ya no da abasto, yo pensaba: Vamos Cristian, la primera cervecita del año. Porque eso sí, yo al guaro no le jalo, qué cosa pa fea y fastidiosa, y yo digo paradojas de la vida, siendo que el agua es tan rica, tan pura, usted la pone ardiente y se le vuelve dañina y venenosa. [¿Qué no me disperse? Disculpe señor agente, digo, ¿señor abogado es que es usted?] En fin, estábamos a ocho o nueve del año corriente [Jejé, ya estoy hablando como político], y luego de ver al tercer paciente en la Clínica el Bosque Ernestico me dijo: “Hermano –tenía cara como de vaya y haga algo que no sea tan güevón como estar aquí sentado todo el día-, ¿vas a comprar comidita para Alegría?” – y yo pensaba, Alegría, qué marica, qué marica se volvió Ernesto. Ya más complejo el pensamiento, se me ocurrió: Aprovecha y tómate tu cervecita, Cristacho, como si fuera agua y este no se da cuenta y le dije “claro hermano”; entonces fue que entró una hembrita, y yo dije no voy a estar aquí clavado viendo a delirantes con Alzheimer o gordos bipolares, yéndome preciso cuando llega el buen recado y dije [fíjese lo inteligente] Te esperas aquí con la hembra, y cuando acabe, vas y te tomas la cerveza, y calculé ya vamos tres pacientes con el niñito depresivo, el hipomaníaco de la cachucha y la gordis que casi no entraba en la silla, con esta vieja buena cuatro, entonces con que Ernestico atienda al quinto y al sexto cuando yo me vaya queda empatado re sincrónico. Pues entonces salí, y ese poco de locos mirándome; una vez cruzado el último umbral ya me sentí como dueño de mí mismo, y dije: Bueno Cristian, antes que nada la cervecita. Donde Rodrigo, se llamaba la tienda, y le dije una póquer mientras tanto. Me senté y casi me desboco: La chica de la consulta ahí parada, enfrente mío. [Lucrecia tenía menos de veinte años, era alta y esbelta, con una sonrisa hermosa y en primer semestre. Su pelo caía en sus hombros, lacio y dócil, y aunque en general negro, se notaba la obra del peluquero en ciertos destellos azules a los lados. A pesar de mostrarse siempre sonriente y amable, en realidad se sentía deprimida, en especial estando sola. La cara manchada por unos granitos en el mentón embozaba un poco su modesta belleza, y sin embargo en el enredo y la trifulca era la mejor partida que podía encontrar Cristian. Había ido a consulta por consejo de un amigo de la Universidad del Quindío, el cual le parecía muy simpático porque tenía barba y una mochilita del Che, y se la pasaba con pensamientos elevados de política. Lucrecia nunca pudo pasar de las veinte páginas de El Capital: para eso cargaba un librito muy bacano que lo resumía de forma tan clara que para qué eso otro. <>, decía Lucrecia. <> <> <> <> <<¿No pues que la lucha de clases es que hay una clase dominante y otra que no?>> <> << ¿Pero entonces qué es la lucha de clases, si no eso?>> […] << Imagínate que tengo un libro –terminaba por decir-: buenísimo, de Engels. Buenísimo. Todavía no lo he leído, pero me han dicho que es muy bueno. ¿Sabes qué no he podido conseguir? En alemán. Uff, debe ser buenísimo en alemán, porque en español no es igual…>> Lucrecia, desde que había entrado a la Universidad el año pasado, en junio, se había vuelto muy culta, gracias a este amigo de la mochila, y se afilió a todos esos ismos que tan bien sonaban: Anarquismo, Socialismo, Comunismo, Ultraísmo, Antifascismo. No obstante, se venía deprimiendo tiempo acá porque no conseguía pareja, y el barbudito le decía que no porque era típico del pequeñoburgués tener novia, y eso iba en contra de sus ideales. Y venía ella, en las nubes, pensando en esto al salir de la Clínica el Bosque, cuando se sentó en la primera tienducha que encontró y pidió unos doritos, y Cristian no dejaba de mirarla y de calcularla, y decía que tan linda que era su novia para montarle cuernos con esta otra, pero luego se decía quizá es lo único que encuentres en estas vacaciones, y decía yo cómo hago para hablarle, qué me invento, cuando se le ocurrió.] Pasó el tercer bocado de la póquer y dijo: Esta va por la Juli. Rodrigo y la señora que atendía lo miraron extrañados, como diciendo la primera y ya se soltó, y todos menos Lucrecia hicieron el mismo gesto. Ya no me sirve llevar esto, rezongó, es un amor maldito y pensaba, bien Cristian, bien, qué inteligente, como ella está deprimida por falta de amor tú vas y le haces el cuadro y la atraes. >>Entonces la niña ahora sí me miró y yo aproveché el silencio para darle otra zarpada al manjar de dioses, y luego la confronté y la saludé como un hombre. Ella estaba distraída, como haciéndose la loca [haciéndose la loca, ya ve cómo me salen de bien estos retruécanos], con lo que al fin terminó por preguntarme lo evidente y yo le respondí lo evidente, y aclaré: “No le vayas a decir a tus amiguitos que yo soy hermano del doctor Castro, porque yo en la consulta me hago pasar de asistente”. Ella me sonrió como diciendo te comprendo y yo como el poeta pensé ¿me esperas? Te espero pero luego me dije, no, no, eso es de un duelo de amor, no de amor, Cristian, qué pendejo. En fin, me contó que estudiaba psicología aunque que entendiera la mitad de lo que leía, y yo le dije pues por lo menos entiendes algo, y qué cagada de risa que nos pegamos y yo le dije, desocupando la cerveza: tengo que ir a comprar la comida de Alegría. Y ahí sí se me re cagó de la risa y me dijo quién es Alegría y yo le conté y casi nos reventamos, y ya con la cerveza y unos chistes encima ya parecía hasta más bonita que fea y me dijo si quieres te acompaño. Total fuimos a comprarle la purina a Alegría [Dogourmet para el French Púder, mariconsísimo el Ernesto, mariconsísimo] y en el camino de ida le prometí amores y en el de vuelta la besé. Nada rico, le cuento, feísimo, unos bráquets que no le cabían en la boquita pero yo decía mejor esto que nada, con olor a doritos igual el beso es beso. La despaché en la entrada de la Clínica y le di un número falso y que me llamaba Fernando Rojas y vivía en Bogotá. Luego vi la hora y dije: me rindió, entramos apenitas para el séptimo paciente [me comí a una paciente de mi hermano, pensé, severísimo] y antes de entrar dije: Bueno, ya serio, Cristian; entras, le pasas la comida del perro marica a Ernesto y sigues como si nada. En eso entró un tipo chistosísimo, gordo, gordo, bien gordo, con los ojos descomunalmente abiertos, y yo vi la lista y tenía por nombre dizque “Piedrahita”, y yo no hacía sino pensar se parece a un huevo duro, a Humpty Dumpty. Me tendió la mano, y a mí me pareció rarísimo, porque rara vez me saludaban los pacientes del Doctor Castro [lo digo con profesionalismo y todo], y la mayoría ni me creía que estuviera en segundo semestre de medicina. Entre pasmado y anonadado (¿No era lo mismo?) le estreché esa mano fuerte y algo sudorosa al tal Piedrahita, y yo no dejaba de decirme: calvo, gordo y redondito, un huevo tibio en persona, ¡Hasta camisa blanca tenía! Y bueno, ahora sí comienza lo serio, porque uno puede ponerle guachafita a las cosas banales pero no a la gente sufrida, y eso lo dice muy bien Jesusito en su Evangelio. Sin más preámbulos me aventuro con el meollo de la historia, pues. La verdad yo estaba medio desconcentrado, pensando en éxitos musicales llenos de complejidad y ritmos sincopados y a contratiempo, cuando el paciente, a una pregunta de mi hermano Ernesto respondió con sencillez que se sentía bien y conforme, pero antes de que yo me hiciera a la idea de que era otro de esos que venían puro por histeria de algún pariente o problemas con el jefe, la señora esposa de Piedrahita le espetó a Ernesto: -La verdad sí hay un problema, y fue que me amenazó con un machete.- Entonces mi corazón comenzó a irrigar sangre a este brillante cerebro para que desplegara al máximo sus más nobles capacidades; y hasta me sentí como en una película o una novelita policiaca. Entonces el señor Huevo Tibio [no lo digo por burlarme de Pepo, señora escribidora, no se ría] dijo que tenía razón pero que le era inevitable. Intentaba concentrarse, y me miraba aterrado, como preguntándose qué hace este mechudo con bata aquí dentro, y yo lo veía a él tan culposo (¿estará así bien dicho?) que hasta me daba compasión. La señora era como vieja y hasta gordita, y tenía cara de tragedia como Fernando de Szyszlo; tez morena y gimiendo y llorando sobre su brazo izquierdo. La recuerdo alta porque le sacaba unos diez centímetros a mi hermano, y pocas veces hablaba mirando a los ojos, como con miedo o pena. “Yo, señor doctor, antes que nada quiero decirle que no tengo problemas, que estoy en plena facultad de mis pensamientos y lleno de lucidez. Lo que ella dice no es más que un hecho que, aunque cierto, resulta falaz, por cuanto yo no quería herirla, menos matarla. Sólo que, de vez en cuando, cierta rabia se me sube hasta la cabeza, me llega al cuerpo, siento la sangre hirviendo y un instinto de supervivencia me llena por completo, me quema por dentro- Mientras decía esto se movía, se agitaba, abría los ojos como queriendo comer al consultorio de un solo vistazo barroco, y levantaba las manos constantemente, con angustia; y aunque tenía un gran deseo de callar, iba pronunciado frases sin querer. Cuando no le quedaba más que decir, miraba de un lado a otro, a mí, a la esposa, al doctor, y a veces hasta sin fijarse en nada- Y cuando esto me pasa, doctor, entonces me nublo. No veo nada y, y… se me van las palabras, como ahorita, como ya, y me pierdo, y todo oscuro y luces y cosas, y me acuerdo siempre de mi papá y cómo me regañaba y qué dolor, pero también me acuerdo de lo más preciado que me dejó, y yo sé que estoy hablando rápido, fuerte, sé que… que me callo inesperadamente, perdón, perdón… yo no quería hacer nada malo, pero él me dejó ese machete, y siento voces, llamados celestiales, divinos, que me piden y me mandan cosas horribles, y aunque yo sé que estoy maldito por no haberle hecho caso a Miguel a veces intento remediarle. Salgo a la calle y hay alguien, y me siento maldito, podrido, y le grito, pero no puedo, no puedo, y Miguel me dice que no dude y que lo mate, y cuando me atrevo, cuando me atrevo mi esposa me encierra, y llora y me dice no eras así antes del accidente y yo me pongo a llorar y me quiero morir, me quiero morir.” Ahí fue cuando me asusté, cuando mi hermano dijo que muy a su pesar tenían que hospitalizarlo. “¿Yo? A mí no, no es necesario” iba asimilando, “no quiero, no me gusta, ¿eso allá cómo es?”, quizá se daría cuenta de que la decisión era prácticamente irrevocable. Se quedó callado, como intentando dar pie con bola, como queriendo decir una excusa racional, profiriendo un penoso: ¿Allá si hay duchas? Porque a mí me gusta bañarme, harto… Yo miraba con atención, y me sentía tan mal, por la señora, por el Huevito y me decía aunque es de cuidado es un tipo bueno, se arrepiente de lo que ha hecho. Decía: “Yo no quiero ir allá, qué tal que, qué tal que me ponga bravo, y los mate, y, y…” Volvía a levantar los brazos; yo aterrado. Entonces mi hermano dijo, por favor, firme acá; él y ella se pusieron a llorar. Cuando cogió el esfero ya no se acordaba ni del nombre; decía, el cuerpo consumido en miedo: ¿Mi nombre, mi nombre, cuál es mi nombre? Eso debe ser muy doloroso, no recordar ni el nombre de uno, ni la fecha, porque también se la preguntaron, y él acorralado. Al final para poner su nombre tuvieron que dictárselo letrita por letrita y yo miraba a la señora con un gesto de conmiseración y ella mirando la palma de su mano oscura pensando quién sabe qué cosas. Esto es cuanto yo sé, señores, y disculpen mis demoras y mi falta de atención [No se burle, señora, dedíquese a copiar, haga el favor]. III Buenas tardes, señores, señoras del juzgado. Señor juez, y fiscal, y todos los aquí presentes. Esta es la trágica historia que vivimos el señor Piedrahita y yo, su fiel servidora y esposa. Ante nada, quiero recordar que me es muy difícil mantener siempre plena conciencia asertiva acerca del tema que estoy tratando, porque evidentemente contagio de mis pérfidos y tan despreciables sentimientos a esta singular historia, patética, lo admito, señores, pero para nada desechable en esta vida de muertes y dolores que represento, como única mujer en un teatro vacío, como una loca; y bien, puede que lo sea: pero escúchenme, lo pido encarecidamente. Hará de años que nos conocimos lo que cabe en los dedos de una mano, y para el matrimonio los mismos sin el meñique, y aunque Piedrahita nunca fue muy estudioso, luego del fatídico accidente, que no puedo recordar sin sentir una punzada en el corazón, quedó más abobado y apendejado de cuando lo era en la luna de miel. Sin embargo, antes de continuar quiero describir la historia del cruce de caminos en nuestras vidas. He sabido por él y por rumores de la gente que vivía en la finca con su padre, que guardaba singular amistad con las vaquitas, en especial una, llamada Manchitas, a la que quería mucho por tener el ojo derecho encapotado en un negro profundo y que hacía honor al nombre sólo en esta parte de la cabeza y en la parte más dorsal de la patita trasera izquierda. Pues bien, su rutina consistía en despertar con el gallo, desayunar lechecita, salir a pastear al ganado, y luego ir a hacer los trabajos necesarios en la finca, darle de comer a los caballos, mirar a la marrana si va a parir; recogerle los huevos a las gallinas. En el entremés del almuerzo y la arriada del ganado, se quedaba sin mucho que hacer; hasta los ocho años no hizo sino botarse al pie de Manchitas y balar las palabras que iba aprendiendo. El desarrollo de su inteligencia sería tardío, comenzando a leer y nunca terminando un librito de Unamuno. (La biblioteca de su padre consistía en Niebla, unos dibujos del señor Piedrahita, y un diccionario.) Así pues, cuando había tiempo, Hernán le daba vueltas a la finquita con el diccionario en una mano; acariciando a la vaquita con la otra, entendiendo casi nada pero recordando las palabras que le parecían raras. Cuando cumplió los dieciséis, abrieron una escuelita a media hora de la finca; él se iba en su yegua luego de saludar a Manchitas y volvía para hacer el almuerzo y contarle a su papaíto lo que le enseñaron. El pobre viejo se fue demenciando, y cuando Hernán comenzó bachillerato en el pueblo a los veinte, el señor Piedrahita ya era menos que señor y sí un manojo de recuerdos deshilachados por el paso del tiempo. Pero, ¡diosito lo perdone!, toda la vida siempre tuvo una obsesión: debajo del estante donde estaban ya no solo los dos libros y los dibujos de su padre sino también los suyos –mal coloreados y nunca muy buenos, de retratos a Manchitas-, había un acero oblongo que lo cautivaba. Hernán me contaba, en las noches de desvelo, que a veces sólo cogía el diccionario puro por ver de reojo a ese machete, tan bruñido, tan hermoso, pues su padre le tenía prohibido siquiera verlo detenidamente. Me decía que no supo para qué servía sino hasta cuarto de primaria, cuando, desobedeciendo a la norma, lo cogió y lo blandió, primero contra la pared, luego contra un árbol, y al final contra Manchitas. Nunca lloró tanto, me decía; tampoco nunca se perdonó el haberle abierto la patita de esa forma a su animal favorito: me decía chilló feísimo, Patricia, feísimo, y yo no pienses más en eso, con las lágrimas queriendo salir. Imitaba a la vaquita; decía: peor que cuando la marcamos. Esa misma tarde su padre lo reprendió y lo azotó, y él contaba que no durmió y que luego no volvió a ser el mismo. A los veintidós, en mitad del bachillerato, terminó de leer Niebla, y le impactó tanto que fue y pidió prestada a la biblioteca “más cosas así de lindas”, y conoció, a duras tardes de repetir frases una y otra vez sin coger el significado, a Bernard Shaw, y luego, ya con más destreza, a José Eustasio Rivera. Le gustaba ir a leerle a Manchitas, recitarle pedazos de Juan Ramón Jiménez diciendo: “Manchitas y yo, Manchitas y yo”. Cuando se graduó de bachiller dio por terminados sus estudios, y ahí fue cuando lo conocí. Fue en la plaza del pueblo; él vendía café, y me daba gusto verlo tan responsable, tan amable, y sobretodo tan bien cuidadito, porque en las malas bocas no había historias de pleitos suyos con el guarapo ni el alcohol. Yo iba y le compraba lo poquito que podía con mi sueldo de costurera, e intentaba demorar la conversación lo que más se podía: le preguntaba por cómo había estado el café, y alguna vez hasta cometí el atrevimiento de indagar sobre la vereda en que vivía. Un día de ésos, él me dijo que fuera a la veredita de él, que él recogía las cosas en el sol de los venados y que ahí nos íbamos loma arriba y hasta de pronto pasábamos buena noche y me hacía pericada. Llena de alegría acepté, cómo no, y nos fuimos y me contó de su vida y del “loquito querido”, que resultó ser el señor Piedrahita, y aunque me dio pesar esa noche nos burlamos del viejo lo que quisimos. Pero comencé a ver que tenía sus cosas raras, el Hernán: rezaba mucho y me decía que veía ángeles y que veía cuándo la gente era buena y cuándo mala, y se asustaba viéndose al espejo porque me decía que se veía cada día peor. Pocas veces dormía bien; no era raro que se quedara mirando las nubes, todo el día, toda la noche. Cuando yo me arrechaba (que era casi siempre) él no me ponía cuidado, sino que a veces “por inspiración divina” hacía lo que los toros con Manchitas, pero en vez del toro él y en vez de Manchitas era yo, ¡virgen santísima! Se ponía rojísimo y acababa en par patadas; me dejaba botada y se ponía otra vez a pensar en quién sabe qué cosas. Me hablaba y me hablaba del machete de su padre, y cuando nos casamos cogió el vicio de irse los viernes al pueblo a chupar “lo que no había chupado cuando chiquito”. Todas las noches volvía con mucha rabia, y alguna vez me pegaba: yo me ponía triste pero chitón porque si uno alega, ¡Dios no lo quiera!, hasta ahí le llega el casamiento. Él ya tenía sus cosas de raro, sus alucinaciones, sus loqueras y sus abstracciones extrañas. Luego dejó de leer por rezar, y dejó de dormir en la noche para hacerlo de día, por lo que a mí me tocó hacer de costurera y de dueña y señora de la finca. Rebosaba de inspiraciones eróticas cada vez más seguido, tanto que después de las dos veces por día yo me le rebelaba, me iba a ver las vaquitas. Lloraba mucho, y cada vez yo lo veía más pendejo, más ido, y a veces no le atinaba ni a mi nombre. Diosito, pero eso no importa, decía yo: lo que sí me da como escozor es eso de que acaricie tanto esa arma que tiene colgada en la sala, porque en sueños decía: Voy a matar a mi padre, lo voy a matar, y yo ¡Virgencita! Y él: ese viejo malparido. Menos mal que le llegó la parca primero por problemas del corazón que por problemas con la espada, y entonces vendimos la finca, el ganado (hasta a Mechitas, ¡dios la bendiga!) y todo lo que ya no sirviera para venirnos a la cuidad. Nos metieron en un cuartico del quinto piso en un edificio sucio, tocaba vivir en apreturas económicas porque la herencia del viejo no fue más que la finca y con eso planeábamos mantenernos por el resto de los días. Yo buscaba mi extra en las telas, pero la verdad trabajaba a pérdida, y eso lo ponía a él rojo como la grana. Se fue volviendo calvo por el estrés y gordo por la falta de ejercicio, y las alucinaciones empeoraron y aumentaron. Cogió la mirada de metralla que ahora mantiene siempre, y no se sosegó luego nunca fue ya con lo del accidente. Para poner la cerecita en el pastel, señor fiscal, la cerecita, porque él iba manejando un carrito—iba a llevarle papas a la señora Aristizábal- cuando cataplum, se estrelló Hernancito. Yo ya le había dicho no se ponga a manejar si no sabe, pero total quedó bruto brutico, y aunque no se le olvidaron las palabras raras que había aprendido leyendo, perdió toda claridad mental e impulso sexual (¡Dios me perdone!). Los días eran durmiendo y delirando; a veces me cogía las mamas como para ordeñármelas. Yo, ¡Santo paráclito!, yo me calentaba mucho, muchisísimo, y él no paraba de pronunciar palabras sin sentido, de hacer gestos, y aunque yo sabía que no lo hacía a propósito, fueron los días- Virgen mía- en que más me complació. Era media hora diaria, y los días en los que estaba más loco y rabietas a veces hasta repetíamos. Pero igual todo no era placer, señores, no: de hecho esa era mi única escapadita al dolor, al sufrimiento que yo llevaba dentro, porque también en esos días Hernán salía a la calle, diciendo que San Miguel le ordenaba pagar sus culpas quitándole la vida a fulano de tal que iba pasando o al señor que trabajara en este sitio o en otro. Y yo lo retenía y le decía Piedrahita, mi amor, no te me pongas loco, y él furioso como un animal. Al final se contenía y le daba la culpa: se sentía mal, lloraba- qué dolor, qué dolor, qué sacrificio. Sí señores, cogía el machete, y yo pensaba esto no es inspiración divina sino locura, ¡Un día de estos me mata es a mí! Y pues casi pasa, figúrense, y miren el instinto que yo tengo para la premonición y la oniromancia, porque yo, pobre de mí, lo soñé. Fue hace una semana exacta, que él había estado dando muchas vueltas en la cama y maldiciendo a todo el mundo y armándome pelea por todo. Pues fue entonces cuando me quedé en “trance”; yo no sabía al despertar si era que estaba soñando o si el sueño ya había pasado, si estaba viva o si no. Como todos los sueños, comenzaba muy oscuro, pero luego me veía yo como en la salita de mi casa, y me entraba un miedo y un palpitar, rapidísimos, y yo sentía ganas de correr y de irme: Patricia, salte de allí; pero yo soy terca hasta en sueños, señor Juez, entonces me quedé allí sin hacerle caso a la naturaleza (o sobrenaturaleza) que me advertía mientras estaba durmiendo. Fue entonces que el miedo del sueño se hizo racional, porque apareció mi marido, calvo y gordo, asustado, con el machete de su padre, y comenzó a recordarme a voz en cuello cómo éste le pegaba y le decía que fuera juicioso, que no fuera tan pelotas, que recogiera tal cosa, que ordenara tal otra y él gritaba y decía Jesusito y yo pensaba: Muévete Patricia, te va a matar; entonces yo veía a un angelito allá arriba, como brillante pero opaco, opaco porque daba miedo verlo y brillante porque no me sé palabras más efusivas, o si no las diría, pues suena mediocre recordar esos haces dorados alrededor de la figurilla, del santo ese que flotaba, que levitaba en medio de la sala, y quedarse sólo con la palabra brillante. Entonces Hernán se descontrolaba, comenzaba a insultarme como nunca, y mientras me recriminaba a mí misma el no haberle hecho caso a la intuición, él me iba tajando como una jamoneta, y yo qué dolor, qué sufrimiento, Virgencita del Perpetuo Socorro. Me levanté llorando, señor juez, señor fiscal, pero no le dije nada a Piedrahita por respeto y hasta de pronto por miedo: me dije esto me va a pasar un día de estos, Patricia. Pero fui terca, y para que vean que casi pasa. De tres días para acá del sueño y otros tres antes del día de hoy, le dio la locura de ver al San Miguelito ordenándole canalladas, y sin dudarlo mucho y con gritos asquerosos se me estaba viniendo encima a matarme. Yo tuve que cerrar la puerta, ponerme detrás del colchón y llorar y rezar el Padre Nuestro. Luego él como que recapacitó, y con el machete todavía en mano dijo- escúchenme bien-: “Soy un gusano: una víbora… lo mejor que puedo hacer yo, un arrastrado, es terminar lo que mal se comenzó”. Lo dijo gritando, y, señores jueces, señores testigos, estuvo a punto de quitarse la vidita esta que Dios le dio para que la gozara, y yo le decía “no lo hagas Hernán, entre lágrimas, eso es blasfemia, insulto contra el Padre, sollozando, te vas al infierno derechito, y yo me voy contigo por haber dejado que todo esto pasara”, y de rodillas fui a pegarle al suelo con las palmas de las manos, durísimo, y luego me boté todavía más y comencé a pegarme en los codos, en las rodillas, donde más me doliera, y le dije no lo hagas porque sigo, no lo hagas maldito, por favor. Esa misma noche le conté al curita Balaguer, y él me felicitó por mi sacrificio y mi humillación ante Dios, pero me dijo y me repitió que fuera a la Clínica el Bosque, porque eso se le salía de las manos y de eso no hablaba el Padre Eliécer Sálesman en sus libros [Cómo alejar la depresión y Cómo vencer las preocupaciones]. Entonces no fue sino que amaneciera para que yo reservara cita, y allá son tan buenos y me la dieron para la tarde, con el doctor Ernesto Castro, creo que fue. ¡Pero, ay, me olvido de mi historia! Pues sí, les cuento, a todos los presentes, yo nací de familia humilde, y sin embargo me crie y leí lo que tenía que leer en la vida mucho antes que mi marido, porque yo tuve la fortuna de nacer en familia de pueblito y no de vereda, además que tuve mamá y papito, no como a Hernán que le faltó la primera por ser ésta una desvergonzada. Pero me disperso, señores: yo aprendí a coser a los nueve o diez años, y eso fue lo último que aprendí, porque ya había leído a Mark Twain y a Stevenson, y más era mucha erudición y (mi mamá decía) por ahí se me reventaban los sesos o se me corría una teja. Me volví beatica de tanto ir a misa con todas mis tías, todas igual de arrugadas y llenas de prejuicios, llegué a comulgar tres veces al día y a hacer vida social con los diaconitos y los que aspiraban a curas (todos se salieron cuando cumplieron los trece, los catorce, arguyendo falta de castidad o de fe. ¡Pobrecito Dios, cada día más solito, más apartadito de la sociedad!). Luego me fui volviendo coqueta, y tuve novios jóvenes, pero todos feos, gordos y tomadores. Hernán por lo menos sólo era feo, pero, ¡Chuchito me perdone!, luego también se volvió gordo, tomador, y para rematar calvo y loco. Luego a los veintiuno (porque yo resulté un año mayor que mi esposo) mi vida ya se fusionó con la de él, para que yo fuera su sirvienta y su esclava, y él mi amado señor. Y así tiene que ser. Hoy todas las niñas quieren ser libres y andan con muchos problemas y no ven el Camino de Yahvé, de Diosito resucitado, Jesucristo lindo; no: ellas quieren ser independientes, y ojalá, manipular al borreguito que se consigan. En mi tiempo no era así, y funcionaba todo mejor: uno de mujer se entregaba en cuerpo y alma al marido a lo que él dispusiese, y así se hacía, ¡Esclava del Señor de los cielos y esclava de mi señor cónyuge: cuanto más mejor! Pero disculpe señor, ya dejo la filosofía, que por lo demás a mí tanto que me gusta, pensar cosas complejas y todo eso… pero sí, sí, ya va, ya le cuento lo que importa… Pues bien, sacamos la cita, y yo no paré de llorar sobre mi manito izquierda la media hora que estuve allá sentada, y había un Doctor muy decente y bien puesto, y un Doctorcito, mechudo y rubio, que me pareció muy galán pero también muy churre para tener batita. ¡Pero yo qué me iba a poner a pensar esto, Jesucristo de mi alma, yo estaba preocupadísima por Hernán! Primero él no quería decir nada, pero luego yo le dije sin remilgos cuál era la verdad al Doctor Castro y él fue soltando la verdad de a cucharaditas primero y al final de sopetón. Le conté al Doctor lo del machete, y le dije y le lloré, y luego Hernán expresó sus <>, lo cual provocó un terrible cambio en el semblante del Doctor Castro. A mí me dio fue pena, señores, lo confieso, y él dijo que había que hospitalizarlo. Qué vergüenza, qué dolor, Piedrahita no se acordaba ni de cómo escribir su nombre, ni de la fecha y menos del año. Estaba como cuando le dan las alucinaciones, abriendo los ojos y moviendo las manos hacia arriba sin sentido, demostrando impotencia. Me daba un pesar verlo contradecirse, primero recordando cuando quería matar a la gente que Miguelito le decía; luego arrepintiéndose, sintiéndose culpable y apenado. (Siguiendo con la verborrea, la señora terminó por presentar un ataque de histeria y se desmayó en los juzgados. Todo fue detalladamente copiado, porque, a diferencia del de Cristian y del mismo Hernán Piedrahita, su testimonio era claro y revelador.) IV ¿Pues qué carajos quieren que les diga? ¿Ah? De mi vida, o como de qué. Señor juez, antes de nada, quiero decirle que estoy mamado, y por mamado quiero decir mamado (mamadísimo) de toda esta mierda: la que usted, señor fiscal y todos los aquí presentes producen, también de la vida y –sobretodo- de la mierda que me ha tocado comer. ¿Un autor? Fernando Vallejo, ea, qué tipazo para mejorarle el día a uno: el único que me comprende. No vaya a pensar que soy pedófilo u homosexual, por favor, tampoco soy tan corrompido como ese tipo… pero en general, el imbécil dice lo que tiene que decir (como cuando dice que lo único bueno de Polonia fue Chopin y no Juan Pablo II) y hace lo que tiene que hacer (como cuando renunció a la nacionalidad colombiana). Lo único que me gusta en la vida, fuera de insultar y amargarles el día a las personas, es la lectura. Pero no cualquiera, subráyelo, sino de esos ensayos, historias del mundo, libros y novelas que hablan de la miseria que es el pasaje sobre este valle de lágrimas; por eso mi ensayo favorito es La puta de babilonia. De historias del mundo no hay mucho que decir, total todas las que dicen la verdad dejan muy clarito con qué clase de bazofias estamos conviviendo. Y de novelas prefiero a Dostoievski: por más que lo nieguen esos críticos rusos baratos, memorias del subsuelo es la mejor obra que jamás escribió. Pero estoy siendo muy trágico: también me gusta jugar fútbol (sobretodo salir al parque de la esquina y jugar con niños, para pegarles taponazos y que se pongan a llorar), estar con mi hermano y, si tengo que decir toda la verdad, escaparme a algún bulín de medio pelo para complacer a la fiera. Nací en una familia de estrato cuatro, con padres obsesivos y regañones, que nunca me cayeron bien y que siempre odié. Eran viejos y amargados, exigentes en el trato y fuertes para hablarme, para quererme. Aunque no sé si quererme esté bien dicho; más bien me despreciaban, esperaban de mí alguien mejor, más triunfante, querían que como Gauss ya hubiera descubierto fórmulas a los doce años y además a los güevones yo les parecía feo, nunca me lo ocultaron. Tampoco me ocultaron que les caía mucho mejor Cristian, mi hermano tarado, que aunque nada brillante mentalmente por lo menos tenía destrezas humorísticas y no ciclotimias y depresiones como yo. Fue cuando yo estaba por graduarme cuando nació mi hermano. Lo quise mucho, lo acompañé siempre que pude, en mi soledad, en mi desidia. Antes de dormir me llenaba de tormentos espantosos, pensaba en la miseria humana y lo vacuo de la existencia; sólo él me sacaba de mis neurosis, con su risita irreflexiva y sus actos de breve racionalización aparentemente lógicos, propios de un niño que está conociendo el mundo. Aprendí a estimarlo mucho, a amarlo, y luego me enseñó más cosas, como la importancia del humor insostenible desde el punto de vista nihilista, la práctica hakunamatesca de olvidarse de los problemas sin más razón que la biológica. Por lo general fui el número uno, tuve pocos amigos pero nunca estimé a alguno: vivía desconfiado y atento al engaño, a la traición, a la mentira. Gritaba a proporción inversa a mis risas; la rabia fluía en mí con tal facilidad que parecía más que una alteración extraña, un comportamiento normal y permanente en mí. Fui ateo desde tan chiquito que ni hice la primera comunión. Una vez un hijueputa clérigo me quería tocar: yo andaba de vacaciones en un pueblito, donde nos recibieron en el seminario, a mí y a mis papás. Habíamos ido supuestamente a un retiro espiritual, pero en realidad era que querían hacerme de nuevo católico. Llegamos en la noche; nos dieron mucho de comer y luego me tuvieron rezando tres horas en una capillita misérrima. El sueño, de forma extraña, porque nunca tengo esa fortuna, me sobrevino de manera rápida y placentera, y en el cuartucho que tenía asignado leí al pelotas del Tomás de Kempis. A las seis de la mañana desperté, según mi costumbre; y buscando algo con qué evitar la gastritis, me encontré de repente con un Hermano pervertido que fue más sucinto que los periodistas: “¿Puedes bajarte la bragueta?” Le grité que no, que no fuera tan malparido, que por gente como él era que la Iglesia estaba tan acabada y vuelta mierda, que más bien fuera al baño y se la corriera y se quitara esa sotana que tan mal le quedaba, siendo no un tipo en vía de santo sino un reprimido maricón. El caso se conoció en todo el sitio, y yo creo que hasta en las veredas se enteraron del niñito del diablo que se rehusó a ser violado por ese corrompido. No suelo sonreír, sino sólo con Cristian, y aunque intenté hacer de él una máquina de odio y resentimiento parecida o igual a mí, no resultó, pues salió más bien bruto y, maldición de Flaubert, nunca habitó en “lo más alto de su torre de marfil”. Era muy sociable y mal lector, el sopas: así creció como un borreguito. Sin embargo le cogí mucho cariño, porque era el que siempre me acompañaba y me alegraba; sería al único de toda la escoria humana que he conocido hasta hoy que salvaría de la muerte. Por ese entonces yo estaba en segundo de bachillerato. Era, aunque ya medio amargado, un joven lleno de esperanzas, soñador. Creía en el humanismo y en Rousseau, y a pesar cada vez de que ya no estimaba en lo absoluto al ser humano en particular, me consolaba pensando que cuando muriera, una especie fuente insondable vital continuaría, retribuyendo y contribuyendo a la inmortalidad- teoría ridícula que ahora rechazo fuertemente. Yo era alto y flaco, pues detestaba la comida: me daba asco, como leer malos libros, ver gente fea o recordar cosas que no me fueran agradables. El pelo se me encrespaba rápidamente, por lo que acostumbraba cortármelo bajo. Me gustaba verme al espejo, ver cómo iba cambiado con el tiempo, escribir la fecha en que leía los libros, para luego de un tiempo de haberlos leído, recogerlos del estante, abriendo una página al azar, en aras de sincronicidad inexistente. Me hubiera encantado ser sonriente, amoroso. Lloré incontadas veces con Edmundo de Amicis, pero, poco a poco, fui descubriendo la cruda realidad, en la que un romántico que espere ser tratado con igualdad y admiración en medio de gente ignorante y plebeya no es más que un iluso. Hay amenazas por todas partes, primates cretinos y soberbios que practican a Darwin y a Maquiavelo sin siquiera conocerlos. Así fue como la vida se volvió para mí un caparazón, una escapatoria, y comencé a gustar de la soledad en su máxima pureza para aborrecer a los contaminados por el mundo. Pero yo, dioses del Olimpo desgraciados, también me fui contaminando por el mundo: ahora no recuerdo ni uno de mis sueños; y mis atracciones, aunque heterosexuales, no son realmente correctas. Tuve siempre algo de tendencia pasivo dependiente, un masoquismo aberrante que siempre he querido quitarme de encima. Me fui quedando solo de repente, después de ir rompiendo relaciones insanas; leo el Príncipe como a la Biblia y no soportaría creer en Dios. Me encantan las teorías que lo niegan y lo refutan, porque alguien que se imponga sobre mí, representaría una carga muy fuerte para el self, que a duras penas se entiende con esa alma punitiva que no la deja descansar. Es imposible convivir con una deidad exigente, fuerte e imperturbable como lo fue mi padre, que además me recuerda los pecados que cometo y las cosas que hago mal. Siempre me gustó la belleza platónica, la perfección, y por eso así busqué mis parejas. Craso error, pues todas resultaron rechazándome, maltratándome, y yo, maldita sea, lleno de ambivalencias y de taras, seguí siempre detrás de esas mujeres dañinas, manipuladoras, que me tomaban por menos al verme más inteligente que el común y más “aburrido”. El momento más importante de mi vida, en el que se condensó todo, se ubica en una larga tarde de marzo, en la que, decidido, cansado y aburrido de la monotonía, del abuso, del histrionismo, descubrí que la soledad era mi camino. Tengo que aclarar algo: después de tantas decepciones, ya no creo en nada bonito. Ya no sueño con universos utópicos ni tengo grandes esperanzas. Ahora me limito a ver pinturas de Salvador Dalí y escuchar a Boccherini, y aunque por un placer malsano contra mí mismo no abandono el estudio del hombre en los libros, he intentado volverme lo más alejado de un ser creador de eros y fuerzas destructivas, que me resulta tan deleznable. Obviamente se me escapa de las manos; Freud severo, infalible, ya lo sabía: no puedo dejar de ruborizarme o de sentir comezón viendo o imaginando a una gorda desproporcional, boteresca; y tampoco puedo dejar de sentir ganas de que me coja; de que, en cierto sentido, me fuerce al acto carnal. Después de años de miseria y de comer mierda, de joderme diciendo: ¡La última vez que te joden, Castro!, todavía, inconsciente burlón, desgraciado, se me premia con una crudeza asquerosa, que me hace sentir pútrido y, desgracias hereditarias: culpable. Me castigo en los segundos de ocio mental, con recuerdos obsesivos, irracionalmente perversos, y por eso pretendo siempre buscar algo qué hacer, algo que no me recuerde lo mal que vivo. Me hace bien descargar todo esto. Que alguien tenga tiempo para mí. Aunque lo cuente todo de corrido, la vergüenza no es tan grande como el descanso: es horrible ir a bulines, verse en un antro lleno de desgracias, corrérsela entre pensamientos caótico, entender tan carnalmente a Chopin… No me soporto a mí mismo, menos a este mundo. Sí, sí, estaba en segundo de bachillerato. Ya había tenido varias citas malas, varios intentos fallidos, y sin embargo yo, inconmovible, estoico, continuaba la búsqueda. No me pasaba como a muchos: en seguida sabía de qué hablar, comprendía a la muchacha y su nivel intelectual, la engañaba. La metía -¿O me metía?- en mi juego. Pero, azares malditos del destino, al final la situación se confabulaba para no salir bien. No sé cuántos rechazos tenía encima, lo seguro es que no era una buena racha, y, rarísimo: a las mujeres que encantaba, a las que yo de verdad les gustaba, las olvidaba fácilmente, con desprecio, y me sentía mal, incómodo junto a ellas. Estaba saliendo después de cenar, queriendo ser como Borges, y la luna llena contaminaba mi alma dulcemente. Entre vueltas de pensamientos y caminares erráticos, vi a una muchacha que no parecía mucho mayor que yo jugando, alegre, extasiada, con su perrito, quien saltaba de un lado para otro buscando un frisbee. Le hablé, y aunque sudando en las manos y el corazón un poco más rápido de lo normal, creo no haberme mostrado inseguro. Hablamos un rato, y a pesar de no gustarme mucho ella, me pareció entrever algo bueno: se le notaba linda y, maldición garciamarquina, me prestaba tan poca atención que aumentaba en mí cierto deseo de exploración simiesco. Nos prometimos encontrarnos al otro viernes para ir a cine. Me aseguré, creyendo así evitar malos desenlaces, de llamarla la víspera y esperar un sí, con el que me mintió. Salí del colegio, feliz y orgulloso, llamándola. No contestó, y sin embargo, ilusionado, saqué un pequeño libro para esperar. Yo veía pasar las páginas y las personas: no había llamados suyos ni algún indicio de que no estaba haciendo el pelotudo. Comencé a sentir pena. ¿Alguien de allí me reconocería? Qué triste era pensar que me habían engañado, pero me quedé, esperando un milagro que nunca pasó. Di vueltas por todo el centro comercial, y caminaba cada vez más rápido conforme me daba cuenta de que los de las tiendas y los de seguridad veían cómo me quedaba plantado como un pendejo. La maleta del colegio pesaba sobre mi espalda casi tanto como mi humillación, y me odié tan fuertemente como al resto del mundo. Fueron largas horas en que el retrato de Dorian Gray apenas si pudo hacerme feliz. Queriendo conservar la dignidad esperé a que fuera de noche y se acabara la película: por lo menos no hacer payaso con mi familia. Entonces, lleno de cólera y desilusión, afectado por las circunstancias y adolorido por el golpe, hice un manifiesto mental de mi odio hacia lo humano, lo terrenal, lo traicionero. Me negué toda clase de amor, y, ese día, decisivo, imborrable, me acompaña hasta hoy. No espero encontrar esposa, ni a Dios, ni hallar las verdades universales. Ahora sólo quiero conocer; y alejarme. Por eso cuando tengo que enfrentarme con el terreno hostil del ajetreo cotidiano, de la esclavitud evolucionista, me transformo en alguien renegado, mala leche, hijueputa. Sólo a los hijueputas no los joden tanto. Vivo en Armenia hará unos tres meses, y mi hermano no lleva conmigo más de dos semanas. Trabajo en la Clínica El Bosque, pues me gradué de psiquiatra para estudiar a la mente humana, pero me salió el tiro por la culata: si yo lo que quería era entenderme y arreglarme, no he hecho sino decepcionarme cada vez más de la caterva de bípedos que habitan la Tierra. >Piedrahita era el cuarto paciente, muy gordo, llevaba camisa blanca y tenía los ojos desproporcionalmente abiertos. Lo acompañaba una mujer, más bien negrita, alta y como aburrida de la vida. El tipo estaba francamente loco, y Patricia, su esposa, me contaba que deliraba y que sentía ganas de matar a gente que no conocía por “inspiración divina”. También dijo que hace no mucho la había amenazado a ella misma, pero que después, arrepentido, quería atravesarse el pecho para dejar de hacer maldades. Le mandé hospitalización, y no se acordaba ni de la fecha ni de su nombre, y casi ni de escribir. Hernán era oligofrénico desde que tuvo un accidente automovilístico; al final no se quedó en la Clínica sino que se fue, aduciendo a un examen del corazón que tenía más tarde. Yo sabía que algo malo podía pasar, que se podía descontrolar antes de que volviera o que acaso no volvería, pero estaba tan estresado que decidí arriesgarme, aunque todo el peso de la ley pudiera caer sobre mí. [¿Qué le pasará a mi esposito?, Dios lo bendiga- decía Patricia. Se movía por toda la sala fuera del consultorio, y el Doctor Castro, sin prestarle mucha atención había seguido con su rutina diaria, ansiando llegar a su casa y acabar ese duro día. El señor Piedrahita paseaba dando vueltas, llamando la atención de todos los presentes. Terminó por irse, la cabeza roja quién sabe si de la ira o de la pena. V Él va, camina por la calle, mira hacia el piso, como siguiendo un rastro invisible, con la mente difusa. Las patitas se mueven armónicamente y parece sano, pues se le ve rápido y como ávido de vida. Campanas en la Iglesia marcan la media; el sol arrecia sobre el cielo, nublando la vista, y el perrito, olfateando a izquierda y derecha, corre ansioso entre las casas. Patricia contempla la vida vana y fútil. Seguir así, tan llena de problemas, obstruida y limitada en su felicidad, no valía la pena, viendo cómo pasaban los años en ella, y su corazón, aunque negándolo, siempre había estado vacío, hueco, sin esperanzas hacia el futuro. Ella mira al techo de su casa y se pregunta por el alma en el más allá, recuerda sermones lejanos, las revoluciones y confusiones pasajeras que se acaban en el retumbar de los sueños bajo la cripta. Sus pensamientos se nublan con recuerdos de los días recientes; se maldice, piensa: soy una fracasada. El arma parece tentadora, y ella sabe exactamente dónde la deja Piedrahita. Encima del clóset, a la izquierda, el filo sobresale entre cosas inútiles que eran de la finca. Ella revuelve, contempla, se desconcentra. El can continúa su trayecto, moviéndose, mirando a las personas, a la vida. Su madre: sueños difusos de hermanos que vagamente se distinguen de lo que pudo ser la realidad; sollozo: el menos amamantado, el último. Siempre fue humilde, reservado. Dormía poco, atento a lo que sucedía; gente a su alrededor; sus ojos llorosos e inteligentes; muy racional, muy humano. Se posaba sobre su colita y pensaba en el dolor verdadero y la alegría pasajera; trataba de abstraerse en el horizonte: quería ver, ir más allá. Pero toda la vida habías sido un necio, Piedrahita, y lo sabías bien. Nunca quisiste a tu padre, te excusabas en una estupidez falsa, una fachada patética, porque comprendías rápidamente lo que pasaba a tu alrededor. Poco a poco la máscara de idiota se te fue quedando pegada a la cara, y cuando te diste cuenta de esto ya era demasiado tarde. Era mentira eso de que a tu padre le había dado un infarto, lo sabías bien. Fuiste cruel, y esperaste a que llegara el día en que, ya demenciado, nadie lo recordara ni pensara en él. El entierro fue patético, porque tus sueños, tus anhelos hasta entonces, no habían sido sino los de exterminarlo a él, un odio heredado, un resentimiento por tantos golpes y humillaciones. El destino cobrando la deuda, y eso te hacía sufrir: ahora tus sueños eran pesadillas, los recuerdos trágicos. No era que estuvieses loco ni que alucinases. Actuabas: como siempre. Avanzaba agazapado, escarbando en su mente, intentaba recordar el lejano sabor de la tetita de su madre. El perrito no chillaba, no quería que nadie lo escuchara: había aprendido a ladrar mucho más tarde que todos los de su camada; el menor, el menor, y le parecía que su madre no lo quería tanto como a ellos, y se mantenía calladito, se regañaba, se reprochaba. Veía su estupidez, su ingenuidad en todas partes. ¡Qué triste sería haberles dicho que nunca los quisiste! El odio que a veces renacía en su pequeño corazón era reprimido con llantos sordos en los atardeceres oscuros, en los que las nubes anticipan lo que el sol no logra. Corre, y corre, y las avenidas pasan y él sigue: recuerda, recuerda. Salieron de la Clínica. Un taxi iba pasando, y abriendo la puerta saludaron al conductor y dieron la indicación para ir a la casa. Cristian miraba en las lejanías. Ernesto no quería hablar, se sentía cansado, agotado. Bajaban y subían largas calles, la luz de la luna resplandecía, contemplando, sin dejarlos abandonados ni un segundo, recordándolos. Las afueras de la cuidad; una luz oscura encapotaba la atmósfera: silencio. Fue entonces cuando Rodrigo apagó el radio, el taxi. Frenó en seco. Rodrigo comenzó a gritar, imparable; saltaba, abriendo su puerta y cerrándola. Apagaba y prendía las luces para hacer el espectáculo aún mejor. “¿Creían, imbéciles, que iban a escapar? ¿Sí, sí? ¡Qué estúpidos, Dios, qué estúpidos! ¡Imbéciles! ¡Locos! Dejen de mirar así, sin entender, abran los ojos, sí señor, abran los ojos. A la gente hoy en día no le gusta abrir los ojos, abrir los ojos. –Se recostó sobre su silla, y aunque Cristian quería salir del coche, algo en la atmósfera se lo impedía. Rodrigo sacó lentamente un cuchillo corto y sangrante. “Y aunque me haya cortado, señores, esto no quiere decir nada. Soy feliz, soy feliz. ¿Saben por qué? Por la muerte… el perdón de los pecados, el poder olvidarse de esta vida. Hermoso. Miren, hombres, miren, antes de que vomite, antes de que estalle en sangre”- Su risa nerviosa nublaba la mente del roquero. La puerta, qué pasaba con la puerta. “Recuerdo, recuerdo, mi infancia, ¡Dios mío, mi infancia!” Sus gritos eran tan sonoros que parecía mentira que nadie pudiera escucharlos. Mueve un pie, un brazo, algo, Cristian. “Malditos, malditos-le pegaba a la silla suya, a la del copiloto-malditos todos ustedes. ¡Todos somos unos arrastrados! Nacimos como unos monstruos, con unas cabezas horribles y cuatro patas deformes e inútiles. Somos una perversidad, una ofensa al Dios de los cielos- Algo en su garganta se movía, tres arcadas se asomaron en medio de su discurso expansivo-. ¡Maldito sea mi padre!”, miró, buscó algo. Cristian miraba a su alrededor, los objetos desaparecían en la noche. Las luces se volvían más brillantes, más amenazadoras, no sabía dónde estaba exactamente. “Quiero sangre, buenos hombres: quiero sangre”; pero se doblaba sobre sí mismo y caía al lado del timón. La figura de Ernesto era para el joven un recuerdo nulo. Maldito mi padre, gritaba, y el otro no podía moverse, el terror impedía el más mínimo gesto. Continuó el bizarro espectáculo, y, vomitando sobre su cuerpo, jorobado, asqueroso, iba golpeando las puertas, las ventanas del automóvil. Cogió violentamente el retrovisor y lo exprimió entre sus manos. Saltaba, hacía mover la superficie. El cuchillo brillaba con la sangre nueva, y, cortándose poco a poco los dedos de su mano izquierda, chillaba de placer y angustia. Se deshizo del meñique y parte del anular, pero viendo su ineficiencia botó al puñal por la ventana. Abrió la puerta como un demonio, y haciendo muecas infernales, golpeando las llantas, lamía estrambóticamente el suelo de la carretera. El perrito dejó de correr tan rápido. Su vida llena de sufrimientos intentaba sublimarse con razonamientos existenciales, pero no podía seguir bajo ese engaño. La tranquilidad metafísica era una excusa disociativa para su desidia anímica. Fue entonces cuando una tosecilla molesta se apoderó de su garganta, y subiendo por los andenes buscaba un consuelo a su derrota. No, por favor, la sangre no. Una vez había visto a un perrito sangrar. Fue tan doloroso para él, tan vívido. Sus movimientos se volvieron azarosos. El dolor y la culpa llegaban en iguales dosis que la hemorragia creciente. Patricia se levantó, dudosa, temblando, y buscó entre el clóset. Piedrahita sentía que su cuerpo iba a estallar por la sangre que se acumulaba en su cuerpo, un bombardeo en la parte posterior de su cabeza iba marcando los compases de la cuenta regresiva. Los dedos bermellones y mutilados eran lamidos por Rodrigo con sevicia, y el charco de color escarlata que iba dejando el perro daba tanto asco como pensar en los ángeles o en el infierno. Un rayo, una tormenta, relojes grandes y lluvia. Piedrahita lo confesaría, no dudaría un segundo más. Había sido un cobarde al intentar ocultar el homicidio, era ridículo. ¿Cuánta gente no sabría que había sido él el asesino? Todos aparentaban no saber nada, pero era falso, mentira, no podía ser así: ellos se habían puesto de acuerdo para torturarlo, para hacerlo sufrir, y eso no pasaría más. Se burlaría de ellos y les diría: sí, sí fui capaz, mírenme, gritaría, lo maté, con esta mano y esta arma, y lo confieso, señores, júzguenme si quieren. Formaría un teatro, orgulloso, victorioso sobre el cadáver de su padre. Las esperanzas, el orgullo, las tripas desdeñables, convirtiendo la comida en vida, en penuria, por fin se extinguían. Rodrigo sacó de alguna parte de su saco una escopeta, grande, vieja. Clarificó su deseo de humillación: explicó, entre horribles gestos y palabras, la alegría que le producía el escándalo. Entonces un tiro atravesó la poderosa vena de su cuello, y con la cabeza colgante, un chillido inconmensurable. El machetazo fatídico sobre su cabeza fue el último de una operación quirúrgica bárbara. Una abertura en medio del vientre para ver cómo sería hacer salchichas con su cuerpo. El perro jadeante, extenuado. La sangre saliendo a dolorosos pedacitos por su hocico. Luis Fernando Campos (Colombia, 1998)