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sábado, 1 de febrero de 2014

Las fuerzas del Mal y las fuerzas del Bien

Considero que no debe descartarse la existencia del Bien. Existe un Sumo Bien, tal como lo aprehendieron Platón, Orígenes, Plotino y Agustín de Hipona. Dicho Bien Supremo, o Idea Perfecta, es Dios. Asimismo, otros seres participan en mayor o menor medida de dicho ideal de bondad y perfección: por eso se trata de seres buenos, ligados con Dios: los soldados de Dios. Aunque en otros textos lo hubiera puesto en duda, a la luz de lo que he visto, escuchado y leído en estos últimos años estoy cada vez más convencido de que sería una imprudencia descartar la existencia del Mal. El mal existe, haciendo estragos, desbaratando el Plan Divino (la salvación), y pugnando a su vez por concretar el Plan Maligno – la perdición de todas las almas. Como ya el lector habrá venido intuyendo, no tiene sentido el considerar que Satán, malo entre los malos, sea una simple idea o abstracción. Satanás, como antagonista y corrupta antípoda de Dios que es, es un ente personal. Es el degenerado y arrogante Luzbel, cuyo narcisismo fue el causante de su caída y desgracia. Es un ente con singularidad propia. Lucifer, el Sumo Mal, el resentido que aunque es mucho más débil que Dios trata de malbaratar su Plan de Salvación. Así es. Satán y sus fuerzas de oscuridad son inferiores a las huestes de Dios en poder, por lo que intentan compensar haciéndose numéricamente superiores. Por eso están a la cacería de los incautos, los arrogantes (que no reconocen a Dios o se creen superiores a El, como el propio Luzbel) y los severamente confundidos o perturbados. Porque saben que, en la lucha del Bien contra el Mal escenificada en el Universo (y, en lo particular, en la lucha por la salvación versus la perdición de las almas escenificada en el planeta Tierra) se benefician con toda la “carne de cañón” que puedan conseguir. Así se responde, de paso, a una pregunta frecuente: ¿por qué le pasan cosas malas a la gente buena? Porque las fuerzas malignas se gozan con el sufrimiento o la aniquilación de los buenos. En este campo de batalla que es el mundo terreno, las fuerzas de la oscuridad intentar inflingir a las huestes del Señor tantas bajas como les sea posible. Gozan procurando la caída, la desgracia, la ruina o la enfermedad de los buenos. Recuérdese: en la lucha entre el Bien y el Mal, el Mal sólo puede compensar su inferioridad cualitativa con superioridad cuantitativa. De otro lado, el provocar bajas entre los soldados de Dios le conviene a Satán por el efecto desmoralizador que esto provoca: más de un espíritu tonto o ingenuo se rinde de antemano, diciéndose sandeces como: “Para qué ser bueno como fulano de tal, si no obtengo premio alguno?”, o “¿Para qué ser bueno si igual los buenos vamos a sufrir?”, o “¿Si te das cuenta de manganito, que se porta mal y sin embargo le va bien en la vida (“irle bien en la vida” a alguien, para estos cretinos y sandios, es hacer dinero o acumular poder o influencias)…y en cambio zutanejo, que es tan bueno, está siempre de malas?”. Es lo que en la estrategia deportiva y en la guerra se llama “guerra psicológica”. Ablandar al enemigo, impresionarlo, desmotivarlo, distorsionarle su percepción y su raciocinio. Por eso le pasan cosas malas a la gente buena. No porque “Dios quiera”, como dicen algunos desinformados. Dios es infinitamente Bueno. Dios no quiere que les pasen cosas malas a sus amados hijos. Dios es perfecto, y su justicia es perfecta. El no permitiría jamás una injusticia. Y, ¿es justo que alguien bondadoso sufra? ¡En modo alguno! Pero Satán si quiere que les pasen cosas malas a los buenos. Quiere minarles su moral. Quiere destrozarlos. Quiere acabar con ellos, pues se sabe inferior a Dios y se desquita causando estragos entre sus filas. Tampoco es “porque se lo merecía”, en ninguna de las versiones que se le puede dar a este discurso. La reencarnación no existe, así que no es posible que el sufrimiento de un bueno se deba a una especie de expiación. Es, simple y llanamente, un ataque hecho por las fuerzas de oscuridad y caos. Un ataque artero, infame, innecesario y a la postre inútil, porque de todas maneras Dios y los buenos terminarán venciendo. Pero tácticamente, un ataque que le da “un breve respiro” a las huestes del Diablo. El lector sagaz habrá llegado a nuevas conclusiones: ¿por qué Satán logra infligir esos daños a los buenos, a los virtuosos soldados del Señor? Porque Dios es inmensamente poderoso, pero Satán también cuenta con cierto poder. Es una lucha que terminará inclinándose a favor de Dios y el Bien, pero no es una lucha fácil. De hecho, en ocasiones parece ser un combate muy parejo. Sobretodo cuando la maldad o la ignorancia humanas alimentan el poder de Satanás. Cada aborto, cada violación, cada homicidio, cada mentira, cada traición, cada vileza (pequeña o grande) que cometa un ser humano contribuye a aumentar el poder de las huestes del Mal. No es casualidad que Dios envíe a Jesús o a la Virgen María en esos momentos de caos y mayor peligro en la Historia del Hombre. Dios, en su sabiduría infinita, nota cuando Satán incrementa su poder y su fuerza con los males y pecados que hacemos los seres humanos en este mundo, o con las ayudas “involuntarias” de más de un ingenuo (como esos fanáticos de cerebro tostado por la ira, completamente ideologizados e idiotizados –que es lo mismo-, que de entrada odian a Dios y a todo lo que tenga que ver con religión o trascendencia). David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)