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sábado, 8 de febrero de 2014

Explosión en la Catedral, por Luis Fernando Campos

El sonido de campanas adornaba el lóbrego ambiente de la Iglesia gótica. Murmullos de voces se reconocían, y el gentío caminaba, como una horda de chimpancés, absorto en problemas inútiles, en rumores y pensamientos pasajeros. Todo se veía fácil, claro. Gabriel miraba al cielo, queriendo comprender la eternidad desde un balcón redondo, y contemplaba con pesar el tumulto de hombres. Bajo los torreones insondables y el Olimpo mítico, eterno, habitaba algo parecido a un hálito entre el alto techo, el cual, por su singular construcción, expelía en medio de las losas del baluarte divino un soplido fuerte y constante, de tal forma que sobre las escaleras que cada vez conducían a un piso más elevado, en cierto piso de estos y a la derecha, se podía contemplar en el centro un hoyo que dejaba comunicar y saborear este soplido, que era diáfano e imperceptible como los Dioses. Voces irreflexivas curtían y dañaban el sagrado ambiente; piedras calizas llenas de historia se incrustaban en el muro; ellas impávidas, cínicas, contemplaban el cuadro, desmemoriadas, inertes, carentes de sufrimiento. La cálida luz lunar no aplacaba el fuerte deseo de suicidio en Gabriel, quien temblaba de miedo más que de frío, temiendo de Dios un castigo más recio y vívido que el dulzor o el placer de abandonar su cuerpo. La cárcel del alma invadíalo, cortábalo, limitábalo. El alma: otra pregunta, pero Gabriel negaba que importara que fuera o que no fuera. Seguro de Dios y de su muerte –porque no de su vida-, contemplaba en las lejanías a la cruel luna, que se posaba suavemente sobre su campo foveal, mirándolo. Las palabras encierran y asesinan al pensamiento. Es mejor dejarlas ir, dolorosas, contaminantes. A veces el silencio otorga cierto placer masoquista al sufriente. ¿Dejarlo? No lo sé, pero si le preguntasen a Gabriel, sin embargo, lo diría sin dudar, porque allá… respondería sin la más mínima vacilación, sin duda: Déjenme. Quiero sufrir. El silencio que se clava entre mi pecho y renace como fuego de ira, llama en soberbia, es el único alimento verdadero, el único suspiro, la única verdad. El sufrimiento y la penuria humana no se miden por cantidad. ¿Sería posible decir que sufren más mil hombres muertos que uno que está muerto en su alma? El alma de Gabriel se resistía a estar atada un segundo más; quería volar, quería probar las llamas del infierno. Versos y recuerdos cantaban en su mente, y él, sin querer apagarlos, sino con más decisión aún, buscó en su bolsillo la billetera. Había subido en silencio, fingiendo palabras amables y felicidad inexistente. ¿Para qué aplazar el dolor? La alta Iglesia recordaba lo imposible, lo inefable del mundo, del universo, de Dios. Gabriel sentía el viento inundar su cara y sus oídos, su chaqueta y camisa se agitaban con el paso del viento. Palomas volaban frente a sus ojos, hasta desaparecer en el Oriente; palomas que hace poco tiempo se habían posado, silenciosas, sobre las tejas mohosas del sagrado. Gabriel quería probar las llamas del infierno, quería conocer O desconocer. Hurgó en su billetera, de forma suave y lenta, y encontró cinco monedas de plata. Se aseguró de que no hubiera nadie. Estaba en lo más alto de la catedral, y un grupo iba con él (no él con el grupo). La histeria se ridiculizó y patetizó en sus pensamientos. Deleznó al narcisismo, aborreció –y con esto a muchos- a la Vida. Se hubiera reído de sí mismo, si no estuviera ardiendo en el zarzal del limbo terrestre. Hubiera despreciado al ser humano, pero algo en su carne se lo impedía; y recordaba: No lo has hecho. Tienes miedo. Y aunque intentaba negar esto con su alma rebelde, ¿en aras de qué mentir en el dehors de la existencia? ¿Para qué prolongar el dolor? Este último corredor, redondo y estrecho, representaba la cúspide del ancho y luengo santuario de Dios. En Dios. El vacío de la existencia se condensaba en su mente, gris y nublada como la noche. El soberbio volcán estaba oculto por las tinieblas de sus pensamientos. Se unió con la tierra, pero se separó de ella. Sin que Gabriel se diera cuenta, ego sum nihil, ahora no había nadie arriba: ellos, en sus mentes pasajeras, banales, se habían alejado ya completamente de él, pues uno de ellos se había encargado de cerrar el candado del otro lado de la puerta. Ahora sólo su alma, contradictoria, podía salvarlo del fatal destino. Arrojó la primera moneda. Tenía miedo, no quería hacerlo. El momento parecía ser inapropiado; y sin embargo, sin justificación alguna, su cuerpo obedeció, y la mano, estirándose, dejó caer la argéntea pieza. Describió una pequeña parábola, como atraída por una fuerza magnética, cayendo no muy lejos de sí, sobre el tejado rúnico. Dispuso de la segunda moneda. Esta era resplandeciente, y Gabriel la contempló, como con pesar, durante unos segundos. Al caer golpeó de nuevo, en frente, el tejado, pero un poco más lejana que la anterior. Escuchó el sonido único, y lo consideró fuertemente. Quizá Moloch lo perdonara. Buscó una salida al corredor, a su vida. Las personas en la plaza seguían comprando baratijas, sin la más mínima sospecha de lo que estaba sucediendo. Saltó sobre la baranda que lo cuidaba de la caída. Agachado, para mantener equilibrio, su corazón redobló su ritmo. De nuevo vaciló. Doblado como en dos piezas, sin embargo, tuvo la valentía de buscar en su bolsillo la tercera pieza de metal. Temió un desliz, un movimiento en falso, pero allí estaba, en su mano. Algo oxidada, la lanzó, con tal fuerza e ímpetu que logró escapar del viento concéntrico que había hecho devolver las monedas al sitio de donde fueron lanzadas. La luna miraba, y no decía nada: parecía burlarse de ese hombre y sus monedas. La muerte no estaba lejana. Un tercer sonido le advirtió que la moneda había finalizado su trayecto. Su corazón parecía una bomba, y temió al Olimpo, a la eternidad. Se preguntó si tenía sentido llevar a cabo su cometido, consciente de lo corta que era cualquier vida comparada con la muerte, incesable, inmarcesible. Dejó las monedas, y miró a su alrededor. Nada de esto tenía sentido. Irguiéndose para atrás, bajó de la baranda al corredor, queriendo acabar el jueguito rídiculo del suicida gargolario. Un puñal fue clavado en su espalda, y su mirada se volvió roja, temblorosa. Quiso darse la vuelta para ver al asesino, y se maldijo por haber querido quitarse la vida hace unos minutos y ahora odiar al que le había hecho el favor. No logró ver más que materia inerte, y sin embargo otro corte desgarró su garganta. Profirió gritos encharcados de sangre, agonizantes, impotentes. Estaba seguro de que nadie lo escucharía, porque el río que salía bajo su mentón impedía al sonido de la angustia final conglomerarse y hacerse fuerte, audible. Cayó sobre sus rodillas. La autopsia no arrojó nada convincente. Luis Fernando Campos Vargas