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viernes, 7 de febrero de 2014

El mal escritor, por Luis Fernando Campos

Se debaten entre letras erráticas pasiones desconocidas o inconscientes. Se concibe un mundo de desastres y de eternos errores y malas correcciones. Intuye una mala pronunciación, un mal énfasis, un párrafo mal estructurado. Hay cierta desilusión que no es frustrante por no hacer un pleonasmo, hay cierto deseo de fuego y de anonimato. En el escritorio no se termina de borrar ni de pensar qué horrible, en la historia se ven flaquezas y se desespera. Crecen las ganas de aniquilar una creación tan espantosa. No es fácil sobrellevar la presión de sentirse otra sombra de los grandes, de sentirse un puro soñador, un imitador. Son las mismas letras, y las mismas palabras, pero qué lejano de los grandes, qué vacuo texto, y ¿valdrá la pena renovar algo tan deforme, tan deleznable? El escritor prefiere borrar antes que publicar, prefiere taparse los ojos, comenzar otra obra. Las palabras vanas pesan en la hoja y recuerdan lo lejano que estás de Neruda, de Dante. Las distracciones llegan y las ideas se acaban, y uno se siente tan mediocre, tan mal preparado. Esas palabras muy seguramente se verían mejor prendiendo una fogata, que insultando el idioma. ¡Qué tristeza, qué dolor! Es aniquilar una parte nuestra que creíamos valiosa. Pero ya no lo es. Ser mal escritor es una contradictio in adjectio, así como jurar y perjurar que se hace arte con exhibiciones penosas o intentos mediocres de satisfacer una necesidad esnob de placer estético completamente artificial e histérico. Ser mal escritor es publicar sin revisar, es no atreverse a borrar ni a releer, es un afán, un ansia por la inmortalidad, que recuerda el verso Borgiano: Miro a los ambiciosos, y quisiera entenderlos. Porque los que más quieren un éxito efímero y de bestseller en Estados Unidos, más rápido pasan al olvido, y en cambio al que corrige, al que busca le mot juste, al Borges avergonzando de su falta de inspiración y su “injusta fama”, difícilmente se le olvida: porque parece petulante y ridículo el escribidor que busca infaustas historias, inverosímiles, narrando la estereotipada aventura de un héroe; da desconfianza un título demasiado pretencioso o una contraportada que se ufana de destilar mucho. ¡Si supieran que el dulce está en el cómo se cuenta, qué se dice y qué no, y con qué acento, qué musicalidad! Se esmeran en llenar cuadernos, en lanzar verborrea mediocre con frases malas y prefabricadas, y pretenden durar en la memoria de alguien más que ellos mismos. Los hay quienes publican por montones, y nada les sale bien y su edición no les da ni lo justo para el arroz. Los hay quienes destrozan párrafos y párrafos, y repiten el mismo cuento de manera enfermiza. Buscan el adjetivo, y tremendas horas de reflexión tardan decidiendo entre el tachón o el riesgo a la vergüenza, a la ignominia. Pero me compadezco de ellos, y me compadezco de ellos porque ahí veo a Fiódor Dostoievski, ahí veo a Gustave Flaubert y a Virgilio, ahí veo a Vargas Llosa. Y luego pienso, el error gramatical no está en la relación del adjetivo con el tan respetado nombre, el mal con el escritor, sino en el puro adjetivo, en el mal. Porque quien se da cuenta del valor de cada palabra, quien valora el tiempo del lector, quien se exige, es en verdad el comienzo de un buen escritor. ¡Dios, danos la paciencia para ser estos malos escritores, para borrar, para tachar, para cambiar una historia y para demolerla, para mandarla a las llamas y reconstruirla, sin temor, con valentía! Quiero ser de esta clase de “malos” escritores. No quiero publicar mil páginas con dos o tres frases buenas, no quiero buscar historias increíbles que resulten penosas y patéticas, no quiero un novelón de sobremesa ni un cuentito de amor huachafo. Quiero sentirme orgulloso por haber gastado horas, por saberme oraciones de mis cuentos, de mis poemas de memoria. ¡Cuánto placer nos da el leer un poema que se hizo con esmero, en una tarde larga, y que sin embargo no se le nota tedioso, ni excesivamente largo, sino que se le ve claro y sublime! Borrar, reescribir, (frustrarse, quizá,) leer y quemar, repetir, buscar ideas, sentirse contento con el resultado: ese es el camino a la inmortalidad. Luis Fernando Campos Vargas