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sábado, 1 de febrero de 2014

De la Intervención de Dios en el Universo

Otro punto importante es el de la intervención de Dios en el Universo. Dios, el origen, el punto cero de la Historia del Universo, no interviene tanto en él como quisiéramos. He ahí otro rasgo de su madurez como Padre: no se impone a sus hijos de manera tiránica, sino que confía en ellos, en su madurez, en su capacidad para hacer el bien. He ahí la base, en mi opinión, del libre albedrío. En ese orden de ideas, Dios no se entromete en los asuntos del cosmos casi nunca. Por eso es tan tonto achacarle a El las desgracias que suceden en la Tierra, o en nuestro sistema solar, o en el Universo. Dios no tiene la culpa de las injusticias de este mundo material e imperfecto. No se le pueden endosar las canalladas que hacen los seres humanos en su gran ignorancia y su pobre dominio de sus pulsiones. Tampoco las ruindades que las fuerzas del Mal (Satán y sus secuaces) hagan en el mundo para minar la fe y la moral de los hombres. Insisto: es un Padre que, lejos de ser un neurótico sobreprotector, deja que sus criaturas se empoderen. Ahora bien, hay ocasiones en las que Dios sí interviene. De manera clara, determinante. Cuando ve que sus hijos (los seres humanos) se están portando muy mal. Cuando se están desviando del camino correcto. Cuando percibe que se están descarriando, colocando en peligro su propia supervivencia. Como es un Padre infinitamente Bueno, lejos de dejar abandonados a sus hijos (pues los seres humanos son hijos de El al fin y al cabo, por lo que ya he enunciado: son producto de la evolución macro y microcósmica, del devenir permitido por Dios) corre en pos de ellos cuando nota que requieren urgentemente su ayuda. Allí es cuando interviene. Permite la iluminación de videntes y profetas (los verdaderos, no los charlatanes manipulados por las oscuras fuerzas del Mal), da fuerza y otros dones a los hombres justos (que ayudan a las fuerzas de la luz en su lucha), despierta y aviva vocaciones religiosas, motiva a los seres humanos bondadosos. Y, cuando lo estima conveniente (trances históricos de excesiva depravación y maldad), envía a sus dilectos Jesús (nuestro Salvador y Redentor) y María (madre simbólica y Corredentora). David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)