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sábado, 21 de diciembre de 2013

La escuela de los tenores, por Günter Grass

Coge el trapo, borra la luna, escribe el sol, la otra moneda del cielo, pizarra escolar. Siéntate luego. Tus notas serán buenas, pasarás al curso siguiente, llevarás una gorra nueva y más flamante. Porque la tiza tiene razón y la tiene el tenor que la canta. Deshojará el terciopelo, ahuyentará la hiedra, medida de la noche, el musgo, su murmullo, todos los mirlos. Al que toca el bajo, emparédalo en su bóveda. ¿Quién cree aún en barricas en que el nivel del vino disminuye? Sea pájaro o metralla o sólo un zumbido hasta que cruje, porque el éter está repleto de fines de semana y veraneos. Tijeras que, en la sastrería, gorjean la canción de la primavera y la costura..., no sigas su ejemplo. Sacando el pecho, hasta que el viento dé un rodeo. Una y otra vez trompetas, cucuruchos de papel llenos de cebollas de plata. Luego paciencia. Espera hasta que los ojos de la señora se aparten, dos criadas descontentas. Sólo entonces esa nota que las copas temen y el polvo que persigue a las molduras hasta que cojean. Raspas de pescado, ¿quién cantará esos intersticios al mediodía ensartado en un junco? ¡Qué bien cantaba Else Fenske cuando, en sus vacaciones de verano, tropezó a gran altura cayendo por una silenciosa grieta del glaciar y dejándonos únicamente su sombrilla y su do de pecho! El do de pecho, los muchos afluentes del Mississippi, su espléndido aliento que inventó las cúpulas y el aplauso. Telón, telón, telón. Deprisa, antes de que el candelabro se niegue a seguir tintineando, antes de que las galerías se inclinen y la seda se abarate. Telón, antes de que entiendas ese aplauso. Günter Grass (Alemania, 1927)