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lunes, 23 de diciembre de 2013

Discurso del Papa Francisco a la Curia Romana - Navidad 2013

Señores cardenales, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas: Doy las gracias de corazón al cardenal decano por sus palabras. ¡Gracias! El Señor nos ha concedido recorrer, una vez más, el camino del Adviento, y rápidamente hemos llegado a los últimos días que preceden a la Navidad: días preñados de un ambiente espiritual único, hecho de sentimientos, de recuerdos, de signos litúrgicos y no litúrgicos, como el nacimiento… En este ambiente se sitúa también el tradicional encuentro con vosotros, superiores y oficiales de la Curia Romana, que colaboráis a diario en el servicio a la Iglesia. A todos os saludo cordialmente. ¡Y permitidme saludar de especial manera a monseñor Pietro Parolin, que ha iniciado hace poco su servicio de Secretario de Estado y necesita nuestras oraciones! Mientras nuestros corazones se ven completamente penetrados de gratitud hacia Dios, que tanto nos amó, hasta el punto de entregar por nosotros a su Hijo Unigénito, es bonito dar lugar también a la gratitud entre nosotros. Y yo siento la necesidad, en esta mi primera Navidad como Obispo de Roma, de decir un gran «gracias» a vosotros: tanto a todos, como comunidad de trabajo, como a cada uno personalmente. Os doy las gracias por vuestro servicio de cada día: por la atención, la diligencia, la creatividad; por el compromiso –no siempre cómodo– de colaborar en el desempeño del cargo, de escucharse, de confrontarse, de valorizar las diferentes personalidades y cualidades, en el respeto recíproco. De especial manera, deseo expresar mi gratitud a quienes durante este período terminan su servicio y se jubilan. Bien sabemos que como sacerdote y como obispo uno nunca se jubila, pero sí del cargo, y esto es justo, también para poder dedicarse un poco más a la oración y a la cura de almas, ¡empezando por la propia! Por lo tanto, un gran «gracias» especial, de corazón, a vosotros, queridos hermanos que dejáis la Curia, especialmente a quienes habéis trabajado aquí durante tantos años y con tanta dedicación, en el escondimiento. Esto es realmente digno de admiración. Yo admiro mucho a los monseñores que siguen el modelo de los antiguos curiales, personas ejemplares… ¡Pero hoy también los tenemos! Personas que trabajan con competencia, con precisión, con abnegación, cumpliendo con esmero su deber diario. Quisiera nombrar aquí a algunos de estos hermanos nuestros, para expresarles mi admiración y mi agradecimiento, pero es sabido que, en una lista, los primeros a los que se nota son los que faltan, y, si lo hago, corro el peligro de olvidarme de alguno y de cometer, así, una injusticia y una falta de caridad. Pero a estos hermanos quiero decirles que constituyen un testimonio muy importante en el camino de la Iglesia. Y son un modelo, y de ese modelo y de ese testimonio extraigo las características del oficial de Curia –y, con mayor motivo, del superior– que quisiera subrayar: la profesionalidad y el servicio. La profesionalidad, que significa competencia, estudio, puesta al día… Este es un requisito fundamental para trabajar en la Curia. Naturalmente, la profesionalidad se forma, y en parte también se adquiere; pero creo que, precisamente para que se forme y para que se adquiera, se necesita una buena base desde el principio. Una Curia para servir, no aduana burocrática, inspectora e inquisidora Y la segunda característica es el servicio: servicio al Papa y a los obispos, a la Iglesia universal y a las Iglesias particulares. En la Curia Romana se aprende, se «respira» de manera especial esta doble dimensión de la Iglesia, esta compenetración entre universal y particular; y creo que una de las experiencias más hermosas de quien vive y trabaja en Roma es «sentir» la Iglesia de esta manera. Cuando no hay profesionalidad, uno se desliza lentamente hacia la zona de la mediocridad. Los expedientes se convierten en informes «de cliché» y en comunicaciones sin fermento de vida, incapaces de generar horizontes de grandeza. Por otro lado, cuando la actitud no es de servicio a las Iglesias particulares y a sus obispos, entonces la estructura de la Curia crece como una pesada aduana burocrática, inspectora e inquisidora, que no permite la acción del Espíritu Santo y el crecimiento del Pueblo de Dios. A estas dos cualidades, profesionalidad y servicio, quisiera añadir una tercera, que es la santidad de la vida. Bien sabemos que esta es la más importante, en la jerarquía de valores. Efectivamente, también está en la base de la calidad del trabajo, del servicio. Y quisiera decir aquí que en la Curia Romana ha habido y sigue habiendo santos. Lo he dicho públicamente en más de una ocasión, para dar gracias al Señor. Santidad significa vida inmersa en el Espíritu, apertura del corazón a Dios, oración constante, humildad profunda, caridad fraterna en las relaciones con los propios colegas. Significa también apostolado, servicio pastoral discreto, fiel, desempeñado con celo, en contacto directo con el Pueblo de Dios. Esto resulta indispensable para un sacerdote. Objeción de conciencia al chismorreo Santidad, en la Curia, significa también objeción de conciencia. Sí: objeción de conciencia a los chismorreos. Justamente nosotros insistimos mucho en el valor de la objeción de conciencia, pero tal vez debamos ejercerla también para defendernos de una ley no escrita de nuestros ambientes, que es, por desgracia, la de los chismorreos. Entonces, hagamos todos objeción de conciencia; ¡y tened en cuenta que no quiero hacer solo un discurso moral! Y es que los chismorreos perjudican la calidad de las personas, perjudican la calidad del trabajo y del ambiente. Queridos hermanos: Sintámonos todos unidos en este último tramo de camino hacia Belén. Nos puede venir bien meditar sobre el papel de San José, tan silencioso y tan necesario al lado de la Virgen. Pensemos en él, en su desvelo por su Esposa y por el Niño. ¡Esto nos dice tanto sobre nuestro servicio a la Iglesia! Vivamos, pues, esta Navidad espiritualmente cercanos a San José. ¡Todo esto nos vendrá bien a todos! Os agradezco mucho vuestra labor, y sobre todo vuestras oraciones. Me siento realmente «llevado» por las oraciones, y os pido que sigáis apoyándome así. Yo también os recuerdo al Señor y os bendigo, deseando una Navidad de luz y de paz a cada uno de vosotros y a vuestros seres queridos. ¡Feliz Navidad! Jorge Mario Bergoglio (Papa Francisco I) (Argentina, 1936)