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jueves, 14 de noviembre de 2013

La posición oficial de la Iglesia frente a la educación: una mirada analítica y crítica a la Declaración GRAVISSIMA EDUCATIONEM de Pablo VI

DAVID ALBERTO CAMPOS VARGASIntroducción La declaración Gravissima Educationem escrita por Pablo VI al inicio de su papado, constituye una interesante visión sobre la educación cristiana y la labor de la Iglesia en los procesos educativos. Es mi interés abordarla con espíritu crítico, respetuoso pero no sumiso, para hacerla asimilable al lector del siglo XXI que desee acercarse a ella. Desarrollo La declaración (1) inicia aclarando la importancia de la educación tanto para la existencia de cada hombre en concreto como para el progreso social, colectivo. Menciona la importancia de la educación como un acercamiento al patrimonio cultural del pensamiento y del espíritu. Después expone cómo sería la educación conveniente desde el punto de vista cristiano. Luego, y ya anunciando la línea social y de compromiso con los pobres que caracterizaría el pontificado de Pablo VI, y que encontraría su más encumbrada exposición en la que es a mi juicio la mejor de sus encíclicas, la Populorum progressio (2), argumenta sobre la educación como derecho universal, como función no sólo estatal sino también familiar, y como medio por excelencia para armonizar fe y razón. Dicho documento tiene pasajes francamente luminosos. Los mencionaré de manera ordenada, a continuación: a) La idea de la educación como trípode para la plenitud de la existencia humana y el progreso social. Coincido plenamente con Pablo VI. Sin educación no accede el ser humano a su realización existencial, pues la ignorancia mutila, mediocriza, impide el pleno desarrollo de las potencialidades humanas. b) La idea de la educación como posibilidad de acercamiento al patrimonio cultural del pensamiento y del espíritu. También estoy de acuerdo. Las sociedades humanas, en su jerarquización y estratificación, siempre dejan a la deriva a los sectores más desfavorecidos o débiles económicamente. Los pobres del mundo son mantenidos, de esta manera, en un estado ruin de desconocimiento, de falta de ilustración, que les impide alcanzar las alturas y profundidades que sus espíritus, si no tuvieran de por medio esa injusticia, sí podrían obtener. Como he dicho en otros ensayos, el negarle a la gente el acercamiento completo a la educación, y a la educación de calidad, es una de las atrocidades imperdonables cometidas a lo largo de la Historia: es como dejarlos aparte, discriminados y sentenciados a proseguir oprimidos y explotados, pues quien tiene el saber tiene el poder y quien no lo tiene es aplastado por dicho poder. c) La idea de la educación encaminada a la formación de personas humanas, con sentido de responsabilidad social; educación entendida como preparación para la participación en la vida social. Creo que esto es irrefutable y plantea un desafío: todos los educadores (incluidos los no católicos, los no cristianos y aún los no creyentes) deben formar buenos ciudadanos (juiciosos, respetuosos de los derechos de los demás, honestos, comprometidos con la búsqueda del bien común). Como maestro doy fe de la necesidad de concretar esta visión. d) La idea de la educación como derecho universal, inviolable, innegable. Este punto va de la mano con el planteado en a). Todos los seres humanos merecen acceder a la educación, y además lo necesitan. El ser humano se humaniza, se hace de plenamente humano, si accede a la educación. Uno lo constata hasta en términos de políticas públicas: cuando en un sector violento de una ciudad uno erige y consolida una institución educativa, y sobretodo si hace que la comunidad sienta como suya dicha institución y se integre a ella, enseguida bajan la criminalidad, las muertes violentas, la agresión tanto física como simbólica. e) Los padres son los primeros y los principales educadores, tienen el deber de la educación familiar. Esto es completamente cierto. Es una pena que los padres se hayan olvidado del asunto, y crean que pueden delegar dicha función fundamental en el Estado, o en los profesores. Al respecto, puedo decir que concuerdo con Pablo VI plenamente. La educación de los niños (que son nada menos que el futuro de un país) dejada en manos del Estado está siempre sujeta a los vaivenes de la política. Y la política, como ha constatado en innumerables ocasiones la Historia, está llena de podredumbre. De intrigas, de falsedad, de maquinaciones, de conspiraciones y traiciones, de sangre y guerra. Y por eso la educación estatalizada es tan espantosa, porque está sujeta a los caprichos de quien dirige el Estado: baste ver los horrores de las Juventudes Hitlerianas o del currículo en los colegios de la Alemania nazi, o los esperpentos de la educación china, norcoreana o soviética, en la que los profesores hacen el triste papel de agentes y promotores de una ideología totalitarista y los colegios en vez de producir personas críticas y pensantes se esmeran en sacar dóciles sirvientes de un Estado omnívoro. Ahora, no hablemos de la educación estatalizada (que, como todo lo estatalizado, ya tiene hedor a totalitarismo), sino de la educación estatal. No es tan terrible, pero también es deficiente, en la medida en que no se separa de lo que los gobernantes quieren hacer. El mejor ejemplo es lo que sucede en Colombia desde inicios de la década de 1990: cuando el Estado se vio a gatas con una apertura económica para la que no estaba preparado, y cuando las grandes potencias económicas (que más que “socios comerciales” son verdaderos abusadores, de tácticas leoninas) hicieron determinadas exigencias, miró hacia el Ministerio de Educación y le dio unas políticas claras: favorecer la educación técnica, producir empleados sumisos y dispuestos a trabajar muchas horas por pocos ingresos, volcarse hacia las tecnologías y las “ciencias duras” y olvidar (y sí que lo hemos pagado caro, como nación) las Humanidades. Por eso hoy en día hay tanto tonto que come cuento, que obedece de manera servil a las multinacionales (y hasta les agradece que lo exploten, qué ironía), que ni sabe hablar o escribir español correctamente pero se siente “erudito” por conocer las miniseries estadounidenses que transiten por TV, que cree que la inversión extranjera es por “confianza inversionista” en el país y no porque a muchas empresas les resulta mucho más barato tener sus plantas y fábricas en un país en el que por salarios paupérrimos logran que un solo empleado trabaje lo que harían tres en Europa, etcétera. Y delegar la educación de los hijos en una institución privada, así sea de alta calidad académica, también es un peligro. Partiendo del mismo hecho biológico: un profesor jamás va a amar tanto a un estudiante como un padre a su hijo (o, si se viera el caso, sería la excepción y no la regla); pasando por otros hechos innegables (los fundamentos éticos y morales se adquieren en el seno de la familia, y justamente en los seis primeros años de la vida, en los que se forja buena parte del carácter…la influencia que pueda tener un profesor de Ética o de Filosofía en este terreno, así sea un maestro formidable, es apenas tangencial) y llegando a un punto clave en la Gravissima Educationem: la educación configura la cosmovisión de la persona. Así, es bastante irresponsable dejar que a un hijo de uno otro sujeto sea el que lo moldee y lo modele, y que sea otro el que termine implantándole su cosmovisión, sobretodo si no se tiene certeza de que ese otro sujeto (el profesor) sea el idóneo para hacerlo. Ahora bien, la declaración también tiene puntos flojos: Me preocupa la suposición ingenua (y peligrosa) de Pablo VI: que sólo en su versión cristiana es deseable que la juventud conozca a Dios. Me parece que este es uno de los rasgos del Cristianismo que más desagrada a las otras tradiciones religiones: su proselitismo (en ocasiones respetuoso, pero en otras rampante y causante de hastío), y sus ínfulas de verdad absoluta. Lo digo con conocimiento de causa, porque yo mismo he tenido que lidiar con la intromisión, a veces grosera y estúpida, de algunos cristianos reformados (sobretodo los de facciones provenientes de los Estados Unidos…a veces me pregunto si no será precisamente su contexto social y cultural originario, tan sumido en el monetarismo, el materialismo individualista y la propaganda, el causante de ese “furor evangelizador” tan espantoso, que cree que hablar de Cristo es lo mismo que posicionar en el mercado a un producto). Efectivamente, si me vienen a hablar de lo más sublime, hermoso y necesario para la vida del hombre (Dios), prefiero que lo hagan con respeto, atendiendo a razones, de manera filosófica y paulatina. No me gusta que intenten vender la idea. Eso es lo que corrompe. No se está vendiendo nada. No es un auto, no es un apartamento, no es un utensilio de cocina. Me parece hasta blasfemo ese modelo de misionero-propagandista-negociante. Creo que la respuesta a la intención de Pablo VI de dar a conocer a Cristo es la inteligente y práctica forma de activismo, sensibilidad y compasión encarnada por Teresa de Calcuta. Justamente, las iniciales reticencias de hinduistas y jainistas a la labor de la Madre Teresa se comprenden por las nefastas experiencias de “evangelizadores” que habían llegado a la India a tratar a la población con ciertas ínfulas de superioridad europea, como si fueran desgraciados nativos poseedores de un conocimiento y una cultura precarios (actitud eurocentrista y estúpida que escondía otros males y prejuicios en su seno: el racismo, el colonialismo, el expansionismo económico, etcétera) y no unas naciones con una historia y una identidad cultural ancestrales. Pero la Madre Teresa calló a sus enemigos y convenció a todos cuando empezó a ofrecer sus servicios sin arrogancia, sin pretensiones proselitistas, abierta y gratuitamente. Desinteresadamente. Pronto, con su ejemplo captó muchos más simpatizantes (algunos de los cuales se convirtieron al Cristianismo, pero como resultado de una elección personal, libre y voluntaria, y sin ninguna coacción de parte de la Madre Teresa) que con catecismo o propaganda. Una acción vale más que mil palabras. El ejemplo es elocuente, porque brilla con luz propia. Los católicos, y cristianos en general, debemos ante todo preocuparnos por la altura moral de nuestros adherentes, por su cercanía a Dios, porque lleven una vida coherente con el Evangelio: pacífica y promotora de la paz y la concordia, respetuosa, tolerante, amable, virtuosa. En segundo lugar, debemos preocuparnos por la calidad institucional y la fortaleza del plan de estudios de nuestras instituciones: la excelencia académica no riñe con ninguna religión; he conocido familias de otras religiones que matriculan a sus hijos en universidades y colegios católicos, sin reservas ni temores, por la tremenda calidad que en ellos se brinda. Y en tercer lugar, debemos recordar el ejemplo de la Madre Teresa y servir, servir, servir. Desinteresadamente y sin discriminaciones. Hacer el bien, en todas partes y a todos, sin fijarse en el credo (o en el agnosticismo, o en el ateísmo) de cada quien. Eso es dar ejemplo. Y el ejemplo, como ya lo he dicho, es elocuente. Si los demás se dan cuenta de las maravillosas acciones que hacemos los cristianos, querrán ser cristianos. Pero la conversión opera en ese orden. Es tonto exigirles antes que se conviertan, o que crean, para luego ofrecerles una educación de calidad. Esos elitismos, esos exclusivismos, los he visto en otras religiones…que hoy en día (y no es una casualidad) son minoritarias y pierden adherentes a granel. Uno no puede creerse el “pueblo elegido” así nomás. Si se revisa exhaustivamente la historia de las religiones, cada comunidad se ha autoproclamado “pueblo elegido” cada cierto tiempo: desde los hebreos en Palestina hasta los machiguengas en la Amazonía (3), desde los taironas en la Sierra Nevada hasta los musulmanes en la península arábiga. Caer en esas dialécticas es hacerse proclive al fanatismo, al dogmatismo y a la violencia. Tenemos que estar vacunados contra esos nacionalismos de cariz religioso. La Humanidad es una sola. Las nacionalidades son accidentes temporales. No es adecuado hablar de educación “para subnormales”, barbarismo en el que incurre Pablo VI en su redacción. Hay que entender esas palabras en su contexto. El mundo aún miraba con recelo a la psicología y a la psiquiatría, y prevalecían en el lenguaje los conceptos nosográficos de los neurólogos del siglo XIX (4,5), en los que el término “subnormal” no se veía como ofensivo. Hoy en día, casi que sobra decirlo, es un adefesio y un insulto. Conclusión El afán de Pablo VI con respecto a darle una praxis a la doctrina social de la Iglesia Católica, que va de la mano con otros escritos suyos (como la excelente encíclica Populorum progressio), toma forma coherente en su Declaración Gravissima Educationem (6). En dicha declaración hay mucho que rescatar, en especial su énfasis en que son los padres los primeros y fundamentales educadores (algo que se empezó a olvidar en la década de 1960, en la que la irresponsabilidad y la actitud contestataria gratuita –que no crítica ni constructiva, sino asfixiada en la rebeldía sin argumentos- llegaron a nublar la razón de buena parte del mundo, y que empeoró en la década de 1970, con la desmembración de la familia, y que definitivamente se olvidó en las décadas de 1980 y 1990, en las que los padres definitivamente claudicaron y delegaron toda su función educativa en la enseñanza institucional). Los defectos y vicios ideológicos de dicha declaración pueden explicarse (aunque no justificarse, por supuesto) por la propia función de Pablo VI (que en su condición de Pontífice tuvo siempre que apelar a soluciones de compromiso), en una época muy tensa dentro del Vaticano (en la que el ala progresista de la Iglesia quería avanzar a grandes zancadas y el ala más retrógrada y anticuada se resistía ferozmente al cambio) y ante un público también ambivalente, que no se decidía totalmente a apoyar las políticas progresistas del propio Pablo VI y de su antecesor, el querido e inolvidable San Juan XXIII (7). REFERENCIAS 1. Pablo VI, Declaración Gravissima Educationem, Roma, 1965 2. Pablo VI, Populorum Progressio, Roma, 1968 3. Vargas Llosa, M. El hablador, Barcelona, 2010 4. Campos Vargas, D.A. Tratado de Psicopatología, Bogotá, 2011 5. Roselli, H. Historia de la psiquiatría en Colombia, Bogotá, 1980 6. Campos Vargas, D.A., Pablo VI, entre luces y sombras, Bogotá, 2012 7. Campos Vargas, D.A. Pablo VI, el Papa de la Renovación, Bogotá, 2012