Follow by Email

domingo, 10 de noviembre de 2013

EN EL OSARIO DE SEDLEY, POR LUIS FERNANDO CAMPOS VARGAS

Ludwig Wegener era un joven apuesto, nacido el dos de noviembre de 1914, después de haber sido engendrado por Fabrizia, mujer de un soldado alemán, Rudolf Wegener el desgraciado, quien le pegaba sin remordimiento, aun sabiendo que el mismo año de la Gran Guerra nacería su hijo. Lo que no sabía, y nunca sabrá es que su engendro era un Escorpio como él, nacido el mismo día del mismo mes, pero que quisiera ser completamente diferente a como Rudolf era. El pequeño Ludwig creció con sólo el cariño de su madre, escuchando sus “ananita nana” contra el soldado, haciendo que el niño aprendiera tan rápido a odiar a su progenitor como a decir “mamá”. Serían dos cosas que nunca dejaría de hacer mientras estuviera vivo, y él lo sabía, aunque el tipo estuviera hace ya tiempo muerto- y su madre luego también-. Años más tarde vivirían en Checoslovaquia, y como Ludwig tuvo la fortuna de ser hijo de una ya veterana mujer de procedencia Italo-Belga, la orden de deportación de alemanes de Edvard Benes no fue un problema para su estadía allí. Su madre murió un año antes de la muerte de su hijo, quien solo vería treinta y cuatro primaveras antes de partir al inframundo. El año de la muerte de Fabrizia, y fatídica premonición y cataclismo de la suya propia, es pues, 1947, un año antes del Golpe de Praga, en el cual Wegener Junior estaría implicado. Entonces nos ubicamos a los 33 de Ludwig, en Checoslovaquia, frente al cadáver de su madre muerta por una extraña enfermedad en la piel. Desde el día de esta muerte, la víspera de la fecha de su nacimiento y del de su padre, Wegener dejaría esa vida inocente que había tenido hasta entonces. Este y otro momento quedarían guardados en su mente. (El otro acontecimiento es el siguiente: En el Osario de Sedley, se encuentran cosas horribles. Más de 40.000 esqueletos de seres humanos fueron colgados en ésta capilla, dispuestos en 1870 por Frantisek Rint de forma que sirvieran para la construcción y ornamentación del templo. Extrañamente a Fabrizia le gustaba llevar a su hijo a este sitio muy a menudo, y quedarse llorando frente al presbiterio, maldiciendo a Rudolf y a su propia suerte. Habían meses en los que ni siquiera pasaban por allí, pero cuando la navidad se acercaba, las visitas eran casi diarias, y los sufrimientos del pequeño Wegener, muchos.) Desde que enfermó su madre, retomando, pareciera que su vida no hubiera decusado tan fuertemente como a él le pareció, pues siempre se había inclinado por el Comunismo, probablemente nada más porque eso sería lo que el menos mal ya muerto Rudolf más odiaría. Pero claro, él se excusaba, diciendo que era por los justos y altruistas ideales del partido rojo, con lo cual a nadie engañaba. Digo que su vida no cambió mucho en verdad porque siempre había sido un tipo huraño, dominante y, por qué no, un malparido; pero nunca dejó de ser un terrible seductor. Fue así como todos los hombres lo odiaban, pero cualquier mujer estaría allí con tal de obtener un beso, una noche, siquiera una palabra que las hiciera sentir como ellas querían sentirse. Entonces, supuestamente, el cambio que fue radical, en realidad consistió en que su lujuria sería, ahora, mucho más cínica y despreciable; que sería aún menos amable, más radical y avasallante, y también un huelguista y gran admirador de Klement Gottwald, quien destituiría al segundo y por aquél año Presidente de Checoslovaquia, el ya mencionado Benes. Francis Schweihs, el de la Hermosa Manta Roja, hombre de no más de cuarenta años, era un acérrimo demócrata, odiado por Gottwald por sus brillantes apuntes contra el comunismo, novio además de una reconocida beldad en toda Europa del Este, quien se dignaba de llevar el nombre de Sophia. Pero las cosas se enredan, y el padre de la hermosa mujer no apoya su noviazgo, ya que apela a la verdadera justificación de la excesiva juventud de la hija – unos dieciséis años, más o menos-. Sumemos esto a que, además, Wegener la conocía, y había tenido sospechosas citas a altas horas de la noche con Sophia, hija de Blendung, lo cual enfurecería al hombre de la Hermosa Manta Roja, haciendo de entre ellos dos, Ludwig Wegener y Francis Schweihs, un odio mutuo tanto político como sentimental. En febrero, cuando Gottwald comienza a ver su plan menos fantástico y más factible, invita a celebrar a su casa a los compañeros de partido, entre ellos a Ludwig. Él, en esa noche joven que apenas nace, a eso de las ocho o nueve, pasando por la acera, ve entre la penumbra, alumbrada por una débil luz, a una joven silueta, que en seguida capta su atención. A pesar de su compromiso con el partido, siente una corazonada, y decide abandonar su rumbo para seguir el de la mujer. Al cruzar un poco la calle, Wegener se da cuenta de que está siguiendo a la fémina más bella de toda Europa del Este, lo cual no hace sino animar su pensamiento, dándole además un toque de peligro y riesgo que le hierve la sangre y el cerebro. Cuando él había salido con ella, hacía ya unos meses, no sabía de la existencia de su novio, pero cuándo él si supo primero de la del comunista, reprendió a su pareja fuertemente, y amenazó con acabar con la vida del que se interpusiera entre ellos, y, si era necesario ir hasta la Patagonia o la India para matar con sus propias manos a ese tal Ludwig, lo haría sin pensarlo dos veces, dijo, impulsado por la sed de venganza y lo ardiente del momento. Así dijo que lo haría, y se lo dijo en la cara, y así ellos, Sophia y el medio Belga, cortaron abruptamente toda clase de relación. El Belga estaba seguro de que desde entonces no solo Francis sino también su novia lo odiaba. Ludwig Wegener espera pacientemente a que la hermosa chica de elegante porte y lacias y castañas cabelleras entre a lo que parece ser su hogar. Se dijo a sí mismo que volvería al otro día, y sonrió. Ateo de primera, comunista y mujeriego, qué iba a dudar si acostarse con ella o si hacerse pasar por Francis, el hombre de la Hermosa Manta Roja era lo correcto. De camino a casa recordó a su madre y sus llantos en Sedley. “Tonterías”, y aceleró el paso, pero no pudo dejar de sentir unas terribles ganas de gritar por su madre y odiar a su padre. Su sueño fue malo, una voz titilante en crescendo de una mujer, y muchas calaveras dispuestas en forma del candelabro de una capilla. Dio muchas vueltas en su cama esa noche. Esperó todo el tiempo que la horrible voz mezzosoprano se fuera. Lo que él no sabía es que esa voz llegaría para no volver a irse. Tal vez. ¿Quién sabe si en el infierno sigamos teniendo sueños, pesadillas, pensamientos? 25 de febrero. Wegener y sus compañeros logran destituir al Presidente, encabezados por Gottwald y Slansky, subiendo al poder el Partido Comunista. Deberían ser días alegres, ¿no? Además que había hecho ya también un plan para llevar a la cama a Sophia, la mujer más hermosa de toda Europa del Este, pero no podía dejar de escuchar a su mamá y odiar a su padre. 27 de febrero. Dos días en el poder, un día antes de la nefanda noche. El Belga logró interceptar conversaciones por correo entre Francis y Sophia, hija de Blendung. La carta está escrita por Schweihs, prometiendo que al otro día, último del mes, el cruzaría por la calle de su amada si ella dejara el seguro abierto, a las once de la noche. Recordemos la corta edad de Sophia, y el conflicto existente entre Francis, el de la Hermosa Manta Roja y su suegro. Este acto, que se consumaría el último día de la luna, estaba claramente mal visto. Ludwig Wegener intercepta la carta antes de ser leída por nadie más, y cambia un detalle en la hora. 28 de febrero. Son las diez de la noche, y el Belga, con una hermosa manta roja, engaña y goza en nefanda noche a la mujer más hermosa de Europa del Este. La goza terriblemente, haciendo tal escándalo que Blendung salga con una pistola casera, de unos diez centímetros de largo, dispuesto a matar a quien haya alterado la paz en el consagrado hogar, haciendo coincidir las cosas de manera tan poco afortunada que Ludwig tiene que matarlo, manchando la hermosa manta roja y dejando a la mujer más hermosa de Europa del Este perpleja. Todo el vecindario sale aterrorizado a ver qué pasa, y Francis llega, pues, con tal mala suerte que es acusado de asesinato y de actos impuros con su novia, dejando la prueba evidente de su característica manta. ¿Debería sentirse orgulloso? Tuvo dentro de sí a la mujer más hermosa que jamás vio, y su partido estaba en el poder. Pero se sentía sucio. Las calaveras no salían de su mente. Su madre lloraba, y luego, la veía muerta, como suplicándole piedad al mundo. Su vida era una desgracia, un engaño, una completa farsa. No resistió más. Fue a Sedley, buscó un Osario que visitaba cuando era muy pequeño y rezó, como no lo había hecho hace ya muchos años. A todos los santos y demonios, a su madre y hasta a su padre, pidió por consuelo. ¿Se encontrará consuelo después de muerto? Así fue, hoy, mañana, hasta el tercer amanecer de marzo. Camino al Osario sentía la voz de una mujer cantar, y el sollozo de Blendung cada vez parecía más real, más cercano. El cuarto día ya no iría sólo por su madre. La víspera del tercer día de salida la luna de nuevo soñó con un extraño muerto que lo llamaba a la morada de los espíritus y lo culpaba de haber arruinado su vida y la de su ser más amado. Temblando aceptó el compromiso. Al otro día, viendo la firma en huesos de Rint, en el Osario de Sedley, escuchó truenos invadir la capilla, y sintió más calor que ningún otro día en su vida. El fantasma de Blendung le dio la mano. La apretó tan fuerte, tan inmisericordemente, que la historia de Ludwig Wegener acabó ese día. Tal vez. ¿Las historias se acaban en el infierno? EN EL OSARIO DE SEDLEY, POR LUIS FERNANDO CAMPOS VARGAS