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viernes, 15 de noviembre de 2013

El Totalitarismo: uno de los riesgos en la Comunicación de Masas, por David Alberto Campos Vargas

Introducción El objetivo de este ensayo es realizar una mirada crítica al fenómeno de la comunicación de masas (y sus epifenómenos), desenmascarando el peligro latente en ellas: un sutil totalitarismo ideológico, y aún social y económico. Desarrollo Los medios de comunicación de masas no siempre ejercen como tales. Es decir, no siempre comunican, simplemente informan. Siguiendo a López Forero (1) uno podría afirmar que son, en realidad, medios masivos de información. Están en todas partes. Nos apabullan. Son una alharaca sostenida. Lo terrible es que, pese a estar inmersos en ellos (y, la mayoría de las veces, corriendo el riesgo de ahogarnos), no por ello estamos más comunicados o tenemos mejores relaciones sociales que antaño. Esa es una de las paradojas de la neoposmodernidad (2): estar rodeados de gente, pero no tener amigos; vivir en el atiborramiento humano, pero sin compañía (3). Los medios masivos influyen, para bien y para mal, en la cultura: no solamente reproducen y refuerzan patrones de conducta y valores/antivalores, sino que también los crean (4). Si bien en ocasiones he manifestado optimismo con respecto a ellos (5), en cuanto a su potencial comunicativo y educativo, su gratuidad y su posibilidad de traspasar fronteras y tender lazos entre diferentes culturas (con lo que la Humanidad se puede ir acercando al ideal de paz, fraternidad y solidaridad universales, en el marco de una globalización real y solidaria), también soy consciente de los peligros que entrañan si se usan para la difusión, el posicionamiento y el reforzamiento de conductas violentas, intolerantes o discriminatorias (6). Lo terrible radica en la posibilidad de usar estos medios para cultivar y propagar contenidos que en vez de hacer sublime a nuestra especie, la retrotraen a lo más instintivo y pulsional (7). La pornografía, el hembrismo, el machismo, la xenofobia, el racismo, y sobretodo la violencia cruda y dura, se han ido instalando así en el inconsciente colectivo de los pueblos. Paulatina, gradualmente, las personas reciben tantas ideas e imágenes que, sin darse cuenta, terminan actuándolas en su diario vivir. Sirvan de ejemplo la crueldad y la fiereza escenificadas en las películas mal llamadas de “acción” (realmente, son filmes de violencia) que ganaron notoriedad a finales de la década de 1980 e inicios de la de 1990 (8). Personajes como Rambo, Robocop, Alien, Depredador oTerminator traumatizaron a dos generaciones de televidentes, y lo que es peor, los acostumbraron a ver mutilamientos, desfiguraciones y homicidios barbáricos. Hasta un rol relativamente inofensivo (aunque eso sí, expresión del imperialismo y el neocolonialismo británico) como James Bond se hizo un oscuro asesino sin remordimientos y dispuesto a infringir las leyes y a desobedecer la autoridad (9). No es gratuito, creo yo, que en los años posteriores a dichas escenas (difundidas no sólo en la TV, el cine o en la industria del video, sino también a través de internet) se hayan disparado los casos de sujetos (muchas veces adolescentes) que toman un arma y van a un lugar público (un colegio, una universidad, un parque, un centro comercial, una sala de cine) a disparar. A disparar porque sí, porque se les dio la gana. Espantoso. El estructural-funcionalismo considera que se puede hacer un abordaje sociológico de la comunicación (10) ya que los medios masivos y los mensajes contenidos en ellos modifican las estructuras sociales (11). A las relaciones entre las estructuras sociales y los medios de comunicación el estructural-funcionalismo las llama funciones sociales (12). Dichas funciones sociales (13, 14) de los medios son: conferir prestigio y estatus social (dar “vida social” a un producto, una idea o una persona); reforzar normas e imaginarios sociales (o difundirlos/imponerlos); regulación (que llega a veces a la “narcotización”) social. Por eso, insisto, los medios pueden ser peligrosos y ponerse al servicio de algún totalitarismo o erigirse ellos mismos como una especie de totalitarismo. Al respecto es muy cierto lo que menciona Vargas Llosa con respecto al embrutecimiento paulatino de las sociedades, cada vez menos dispuestas a pensar y a ejercitar el intelecto, en esa que el ha dado en llamar civilización del espectáculo (15). Como he denunciado en ensayos, cuentos y poemas (16,17) esto ha producido un endiosamiento de los protagonistas del espectáculo (actores, modelos, gente de farándula) y un aturdimiento generalizado en las naciones, que se olvidan de lo trascendente (cayendo en un ateísmo práctico, en el que la comodidad material hace que se deje a Dios de lado) y de lo realmente influyente (por lo que la historia, las ciencias económicas, las ciencias políticas, la filosofía y en general todas las disciplinas relacionadas con el pensamiento, el hombre y la cultura se ven relegados a un segundo plano) y caen en un estado de narcosis colectiva, de robotización, de ausencia de autonomía y criterio. Todo ello, por supuesto, redundando en la conformación de unos seres humanos cada vez menos libres (aunque el status quo les de una ilusión, un espejismo de libertad, que va de la mano con el consumismo y el estilo de vida individualista y dilapidador) y dóciles con respecto al sistema (18, 19). El mismo Vargas Llosa, antes de publicar La civilización del espectáculo, ya había criticado la superficialidad, la estulticia y la mediocridad de los medios masivos de información en Perú y en Latinoamérica (20, 21). Y este interesante intelectual nos previene, nos avisa la catástrofe que está por llegar: la desaparición de la figura del intelectual, que él mismo representa y que, a diferencia del siglo XX, constituye en el siglo XXI una joya extraña o una especie de animal en vías de extinguirse (22). ¿Queremos idiotizarnos, en esta gran farsa que hace que todo lo cotidiano esté salpicado de mediocridad, superficialidad y farándula?, ¿Vamos a permitir que nos esclavice el sistema justo ahí donde no había podido antes, en nuestra propia conciencia, en nuestro psiquismo? No creo que sea prudente permitirlo. La vida contemplativa, la vida intelectual, es justamente la que nos ha permitido permanecer inmaculados con respecto a la imbecilidad del mundo (23). Si la perdemos, perderemos nuestro último fortín. La superficialidad, la materia y el consumismo nos apabullarán, y perderemos una reliquia de nuestro propio ser-humanos. Dejaremos de pensar. Y, me atrevo a decirlo, si caemos en esa ausencia de pensamiento es posible que, a la vuelta de los siglos (o de los años, quizás), dejemos de ser humanos. Me uno a la apreciación de Moles: la invasión de mensajes en la esfera del ser, tanto en su universo pragmático como en su universo epistemológico, constituye en sí misma un totalitarismo (24). Es tan poderoso el imaginario patrocinado, inculcado y hasta implantado por los medios masivos, que ya en el siglo XXI nadie (a no ser que se trate de un completo ermitaño o un anacoreta) puede ufanarse de ser 100% independiente en sus criterios, en su forma de ver el mundo, porque si bien a nivel consciente uno puede conservar el espíritu crítico y estar atento a no dejarse arrastrar por la marea, a nivel inconsciente hasta lo subliminal atenta contra dicha independencia (25). Por eso es totalitarismo. Porque los medios masivos de comunicación o mejor dicho información nos imponen sus contenidos aún si no lo deseamos, penetrando de manera brutal en nuestro inconsciente, lanzándonos obuses publicitarios o flechazos (sutiles, pero al fin y al cabo hirientes) actitudinales en cada gesto, en cada postura, en cada mirada de esos protagonistas de la farándula que, aunque no queramos atender, nos intentan meter por todos los sentidos. Porque el reino de lo mundano, lo fútil y lo banal se enseñorea mientras retroceden la reflexión, la oración y el pensamiento. Porque cada cañonazo de ignorancia y de superficialidad, insisto, va debilitando esa última muralla que protege nuestra esencia como humanos. La semiótica, a propósito de la comunicación de masas, nos abre los ojos con respecto a los códigos, significados y significantes en juego. Tal como señalan Greimas y Moragas (26) lo terrible es que la cultura de masas se halla en medio de la difusión y la banalización: la difusión se realiza a expensas de las estructuras de significación y la banalización a expensas de la pérdida de sentido. Así, la universalización de la cultura constituye para Greimas un fenómeno que va de la mano con su propio empobrecimiento (27). Lo anterior es concordante por lo señalado por Vargas Llosa (28): el espectáculo es lo que importa, los medios se ceban en el espectáculo y transmiten espectáculo, y la gente deja de leer y escuchar a los pensadores porque sólo tienen cabeza (y una cabeza cada vez más mediocre) para el espectáculo. O como he señalado en otras ocasiones: los medios masivos sólo brindan la trivialidad que les ofrece la sociedad que reflejan, y, a su vez, trivializan cada vez más dicha sociedad. Es un círculo vicioso, o una espiral ascendente, en la que la trivialidad de los medios y la trivialidad de la gente se magnifican mutuamente. Conclusiones En resumidas cuentas, los medios masivos pueden unirnos y acercarnos al sueño neoposmoderno de la globalización tolerante, solidaria y fraterna, pero también pueden ponerse al servicio de fuerzas oscuras, mediocrizantes y, a la larga, deshumanizantes. Cuando esto último ocurre, los medios masivos de comunicación se transforman en meros medios masivos de información, y se dan la mano con la barbarie de lo totalitario: ora si se ponen al servicio de los totalitarismos (cuando se explotan ideológica o políticamente, para ir calando en el psiquismo de las personas e irles haciendo un sistemático proceso de adoctrinamiento), ora si se constituyen, per se, en un totalitarismo (en el que la superficialidad, la cretinada y la aceptación acrítica de sus contenidos configuran un mundo cada vez más farandulero e ignorante). David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)