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martes, 22 de octubre de 2013

XXXVII

Ya para Semana Santa de 2005 era el médico más apetecido por la población de San Pedro de Melipilla. En mi buena fe, nunca creí que eso despertaría envidias en las otras dos colegas, dos ecuatorianas que llevaban más de un lustro trabajando ahí. Ahora que lo pienso, puede que esos ridículos celos profesionales, y la tonta creencia de que no se necesita de los demás, sean los dos factores más importantes a la hora de explicar el fracaso de los médicos como fuerza gremial y política. Dondequiera que he ido (hasta en los países más prósperos de Europa Occidental) los médicos se quejan: no sólo porque cada vez más pierden estatus, prebendas y ventajas, sino también porque que son explotados por sus empleadores, reciben salarios injustos y no son escuchados, casi nunca, por los ministerios de salud o del trabajo. Pero jamás se unen para luchar por sus derechos. Se comportan como cazadores solitarios, y por eso pierden. Y seguirán perdiendo, si siguen enclaustrados en su narcisismo. La cosa es que empecé a notar un ambiente enrarecido, y notas en las historias clínicas que distorsionaban la información a propósito de los enfoques diagnósticos y terapéuticos que yo hacía. Al advertir esta bajeza de proceder, procedí a pedir una auditoría de calidad. La Directora, después de leer mis historias clínicas (completas, minuciosas, detalladas), me felicitó en una reunión con los demás trabajadores del puesto de salud, y me hizo otorgar una cálida felicitación de parte del Concejo Municipal. Mientras tanto, fui juntando poemas y reflexiones en prosa (algunas tan líricas, tan cargadas de sensibilidad y música que bien podrían catalogarse de prosa poemática) hasta formar un librito: Ópera Cromática. Hice una edición barata, al alcance de mi bolsillo (y del de los compradores de Melipilla, San Pedro y Loyca, las tres localidades entre las que más me movía), con un tiraje total de 50 ejemplares. Pese a lo humilde del volumen, dio trabajo venderlos. Con la honrosa excepción de Argentina, he notado que por desgracia en América Latina el común de la gente no está muy dispuesta a comprar libros que no sean comerciales, y menos aún de poesía, y ni remotamente cuando el poeta es un escritor desconocido. Es una de las cosas en las que hay que trabajar duro, si queremos dar desarrollo humano a Latinoamérica: hacer que la gente estime más los libros y tenga cómo comprarlos (es decir, se requiere también mejorar las condiciones de vida y el poder adquisitivo). El último libro logré venderlo un año más tarde, a una compañera de asiento en un viaje a Mendoza, a través de la cordillera. Hacía frío y nevaba ligeramente. La señora, amablemente, me dio el dinero y además me regaló un alfajor.