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martes, 22 de octubre de 2013

XXXVI

Leí a fondo lo mejor de la literatura local (Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Fernando Rojas, Andrés Bello, Pablo de Rokha, Gonzalo Rojas), bastantes biografías sobre sus grandes personajes (Bernardo O’Higgins, Jorge Alessandri, Radomiro Tomic, Salvador Allende, Eduardo Frei, el propio Pablo Neruda) y dos muy buenas Historias de la nación. También algo de literatura universal (Montesquieu, Giardinelli, Pamuk, D’Anunzio, Kierkegaard). Sin gastar un solo peso. Todo gracias a Susana Soto, la bibliotecaria de la municipalidad de San Pedro. La hijita de Susana fue paciente mía. La traté con cariño. Tan pronto como la diligente bibliotecaria supo que yo era escritor, me tuvo al tanto de cuanta novedad literaria llegaba a su establecimiento. Además me dejaba llevar los libros a casa, por tiempo indefinido. De nuevo ser amable me dio una ventaja. A mí me parecía apenas normal sonreír, saludar alegremente y darles la mano a mis pacientes. Pero en Chile, donde los médicos son bastante parcos en general, eso causó sensación. Pronto, buena parte de la población deseaba visitar al “nuevo doctor”, así no estuviera enferma: algunos iban sólo a preguntarme cosas de mi país, o a hacerse un chequeo general; no faltó la solterona irredenta buscando marido, tampoco la colegiala picarona que iba “sólo a conocerme”. A mí me parecía un tanto aburrido, pues sentía que perdía un valioso tiempo de lectura, pero le ofrecía a Dios el sacrificio.