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martes, 22 de octubre de 2013

XXXIV

Cosa interesante, la vida me enseñó que hasta un profesor que en el pasado fue una lacra puede terminar haciéndote un favor a la vuelta de los años. Estaba una tarde de noviembre en Consulta Externa, cuando mi papá llamó. Por estar jugando de manera temeraria en un pasamano que además estaba dañado, mi hermano Luis Fernando se había fracturado un brazo. Cuando llegó, me consolé al constatar que no sentía dolor y me propuse alegrarle el rato, tranquilizándolo aún más de lo que ya estaba. Mi amigo y compañero de semestre, Manuel Eduardo Niño (con quien compartía la afición por la música de los 80s), que a la sazón estaba rotando por ortopedia (en efecto, después se especializó en ortopedia y traumatología), le hizo una férula perfecta y cuadró todo para llevarlo a cirugía. Y el cirujano resultó ser el doctor x, al que yo recordaba como un sujeto creído y tirano, que me había rapado de las manos un examen en Anatomía (en primer semestre, por allá en 1999) antes de que terminara el tiempo reglamentario, dejándome sin contestar más o menos seis preguntas. Un completo engreído, que ni siquiera saludaba al subirse al ascensor. Pues bien: ese sujeto tan desagradable era también un experto en cirugía de mano, y era el ortopedista mejor preparado para tratar el tipo de lesión que tenía mi hermano. Cuando lo vi, quise evitar que me reconociera (o que viera en mí un gesto innato de disgusto) y desvié la mirada y le resumí la historia clínica. Él no dijo nada. Acompañé a mi hermano a la sala de cirugía y me retiré discretamente cuando estuvo anestesiado. Me sorprendieron dos cosas felizmente: el aplomo y la calma de mi hermano, y el buen cirujano que le tocó. Terminé el pregrado haciendo la rotación en Medicina Familiar con la que finalizaba mi Internado Especial, aprendiendo todo lo que podía. Tuve profesores excelentes. El doctor Andrés Duarte Osorio era un médico formidable, completo, que sabía de todo y manejaba muy bien todo tipo de pacientes. A decir de un compañero de semestre, “hacía las cosas como un internista, pero era mucho más humilde que un internista”. El equipo de trabajo del doctor Duarte en el Departamento de Medicina Preventiva no se quedaba atrás. Eran doctores excelentes, a los que además les gustaba dar docencia: Luz Helena Alba, Maria Elena Trujillo, Ricardo Alvarado (también Director Científico del Hospital San Ignacio: lo ha sido desde entonces). Gracias a ellos me reconcilié completamente con mi carrera. Sentía que estaba aprendiendo cosas útiles: ya no era la constitución de los ácidos grasos, era el diagnóstico de una dislipidemia; ya no se trataba de recitar de memoria las distintas inserciones de un músculo, era saber tratar una mialgia; ya no era repetir como loros cómo era el mecanismo de contracción de un miocito, sino diagnosticar y manejar a tiempo un infarto agudo de miocardio. Cuando me gradué, en diciembre de 2004, sentí que daba vuelta a una página de mi vida. Los años siguientes iba a ser, ante todo, el médico. Con todo lo bueno y malo de cargar con semejante responsabilidad. Viviría en el extranjero y sería un doctor relativamente exitoso, de la noche a la mañana. Maduraría bastante. Aprendería a esperar y tener paciencia.