Follow by Email

martes, 22 de octubre de 2013

XXXII

Ya en 2004 estaba cursando el año de Internado. Los primeros seis meses fueron, de nuevo, atrozmente aburridos y sumamente exigentes. En los turnos de medicina interna, cirugía y ginecología, por ejemplo, no quedaba tiempo ni siquiera para darse un pequeño reposo…y las labores proseguían al día siguiente, hasta las 4 de la tarde, cuando al fin terminaba la faena. En más de una ocasión sentí que desfallecía. Pero me daba a mí mismo palabras de aliento. Sabía que era cuestión de meses, se trataba de hacer el último esfuerzo. Y me volvía a llenar de vigor. Otros compañeros tenían menos capacidad para autosugestionarse, y caían en el enojo o en la franca desesperanza. Dos compañeras llegaron a desmayarse en los turnos. Otra tuvo una crisis epiléptica tras haber completado más de 30 horas sin dormir. Hice empatía con muy buenos residentes. Eran buenas personas; doctores sacrificados, estudiosos, muy aplicados. Sabían el ritmo brutal al que estábamos sometidos los internos, pues ellos mismos tenían una calidad de vida aún peor. Pero aún así eran amables, y trataban de darnos algo de docencia. Qué mártires. Muchas veces he pensado cómo pueden tener una mejor calidad de vida los residentes (los médicos que se encuentran estudiando una especialidad), después de tanta abnegación que vi. Los lectores nacidos fuera de Colombia se van a escandalizar con este dato: ni siquiera les pagan una remuneración simbólica por sus servicios (y eso que son el alma de todos los hospitales universitarios, aportando su mano de obra calificada de manera gratuita). Y, eso sí, tienen que pagar muchas veces matrículas costosísimas. Lo sabroso empezó a llegar de la mano de ortopedia, ya finalizando el primer semestre de Internado (el llamado “Internado Rotatorio”). Los residentes de esta especialidad entendían que la vida era mucho más que un hospital. Y tenían exigencias académicas y presenciales menos inhumanas. Jugamos en varias ocasiones, tanto en improvisadas canchas de “banquitas” (más pequeñas aún que las de microfútbol) como en videojuegos. Veíamos cine. Nos daban unas horas para ir a dormir, siempre y cuando al día siguiente estuvieran los pacientes evolucionados. Después hice un mes electivo en neurología, en el que aprendí mucho y di muy buena impresión a mis profesoras. Era talentoso para eso, pero había un problema: sólo me interesaban las funciones cerebrales “superiores”. De ahí que, aun cuando fuera una tentación, la neurología nunca me hizo traicionar la psiquiatría. Después, ¡oh, delicia!, empecé el Internado Especial. Fueron seis meses de completa dicha. El grado se acercaba y, por primera vez, me sentí haciendo y aprendiendo cosas que me serían útiles en la vida. Roté en la Unidad de Salud Mental del Hospital San Ignacio durante tres meses. Ahí estaban todos: los doctores Gómez, Santacruz, Auli, González-Pacheco, Filizzola. Trabajé lo mejor que pude y estuve siempre con los ojos muy abiertos y los oídos muy despiertos, atento a todo. Los apuntes clínicos que me dieron fueron invaluables. Aunque no era obligación, entré a todos los seminarios para residentes de psiquiatría que pude. Ahí pude aprender de la pericia clínica de Maritza Rodríguez, de la vasta cultura de José Antonio Garciandía, de la experiencia de Miguel Uribe como psicoterapeuta. También pude conocer al famoso Horacio Taborda, en un seminario de Literatura y Psiquiatría propuesto por el entonces jefe de residentes, Pedro González- Malaver (lector concienzudo y cinéfilo como pocos). Y a Alejandro Rojas, experto en psicosis infantiles y brillante autor. De los residentes de ese entonces recuerdo con especial afecto a Stella Guerrero, una mujer de cultura universal (por ese entonces estaba saliendo con el doctor Mario Peña, también psiquiatra, que a la postre sería su esposo), a Francisco Muñoz, a Luis Fernando Salazar y a Gabriel Fernando Oviedo, un melómano en todo el sentido de la palabra. El doctor Oviedo es el conocedor de Mozart colombiano más grande que me he encontrado en la vida (lo que cabe esperar en alguien tan erudito, noble y sensible).