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martes, 22 de octubre de 2013

XXIX

Entre noviembre de 2002 y febrero de 2003 estuve en Rio de Janeiro, invitado por una tía a la que quiero mucho, Angela Constanza Vargas. Aprendí portugués de manera autodidacta: leyendo los periódicos a diario y devorando muy buenos libros (leí bastantes de Coelho, Amado y Saramago); escuchando noticias y hablando con las empleadas (que además me enseñaron algunas recetas de cocina) y algunos amigos de mi tía; saliendo a pasear, diccionario en mano. El diálogo directo con el ciudadano carioca me permitió dejar fluir el vocabulario adquirido. Creo que dicho viaje me dio también la oportunidad de limar asperezas de mi propia personalidad: aprendí a ser más amable en la calle y otros lugares públicos (el brasilero es mucho menos rudo en su trato que el colombiano, cosa de la cual tomé atenta nota, pues siempre me he preocupado por encontrar los caminos que conduzcan hacia una Colombia más pacífica y amable), aprendí a ser un buen conversador (cosa distinta a ser un buen expositor; en la conversación genuina se requiere ponerse al nivel del interlocutor, escucharlo, comprenderlo: valorarlo como un igual) y me volví un aceptable jugador de tennis. Mi tía Angela tenía previsto que pasara unas semanas en un pabellón de cirugía plástica, rotando con un brillante cirujano, amigo de ella, en un excelente hospital de Rio. Conocí al doctor y hablé con él de muchas cosas: de la situación de América Latina, de cómo la economía de Brasil había logrado despegar, de la situación de los inmigrantes. También jugamos tennis. Lo mejor es que jamás fui al hospital. No me interesaba aprender a ponerle implantes de seno o respingarle la nariz a nadie. Pero sí había un buen club cerca. Mejoré mi portugués y mis relaciones humanas, cosas que sí me interesaban. Y le brindé al cirujano la posibilidad de entrenar tennis con un aprendiz rápido y corajudo, que nunca daba un set por perdido. También en Brasil me reencontré con José David Méndez, el padre de mis primas Alejandra y Camila. Siempre tuve buenas relaciones con él, le encantaba hablar de política y de Historia, y su cultura general no era nada despreciable. Recorrimos juntos las playas de Macaé y Rio Das Ostras, hablando de todo un poco, instruyéndonos mutuamente. Al regresar a Bogotá, empecé noveno semestre renovado. De nuevo, se publicó un cuento mío en El Fonendo, el periódico de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana. Consciente de estar ya en el último año de la carrera en el que podía compartir a fondo con mis compañeros (el siguiente año, el Internado, era una diáspora: nos enviaban a distintos lugares, muchas veces hospitales de otros municipios), me dediqué a estar más tiempo con ellos. Muchos se sorprendieron, gratamente, al verme más sociable. Se multiplicaron mis salidas, fiestas e invitaciones a comer. Aprendí algo más, que he ido corroborando a lo largo de la vida: uno recibe de lo que empieza dando.