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martes, 22 de octubre de 2013

XXIII

Pese a los escollos (los turnos nocturnos, a veces noche por medio; el brutal ritmo de estudio; el estilo tiránico de algunos profesores al que ya he aludido antes –por fortuna, ninguno de los profes de psiquiatría-; la escasa vida social que se hace cuando toca estar estudiando frenéticamente y a toda hora), hice buenos amigos en la Facultad de Medicina. Hubo gente muy buena, cariñosa, honrada, de la que aprendí mucho. Recuerdo con especial cariño a María Fernanda Cubides, cuya amistad endulzó mis días de estudiante de medicina. Todavía somos amigos, ya mi esposa y a mí nos honra con sus visitas. Una mujer estupenda, generosa y amable. También recuerdo con afecto a Pablo Ramírez, con quien estudiaba Histología en su casa (tenía un microscopio electrónico, y sus padres Elsie y Pablo eran unos anfitriones excelentes). A José Luis Pira y Jeadran Malagón, amantes del arte y la buena música. A Héctor Andrés Sánchez, un colega portentoso, de corazón inmenso (rara vez uno encuentra tal mezcla de bondad, humildad e inteligencia). A muchos otros, de los que más adelante hablaré. De hecho, viéndolo en retrospectiva tuve a mi lado a excelentes seres humanos. La mayoría de mis compañeros fueron maravillosos. Además de los psiquiatras, hubo algunos profesores especialmente generosos con su conocimiento. De ellos aprendí no sólo a ser un buen médico, sino una persona íntegra: Jorge Alvernia (neurocirujano), Angélika Kullmann (anatomista), Luis Fernando Jaramillo (patólogo y ávido lector de mi obra), Andrés Duarte (el mejor médico que he conocido en mi vida), Gloria Jiménez (neuropatóloga), Gabriel Pascual (un farmacólogo y científico noble, cariñoso y de altas miras), Otto Süssmann (infectólogo), Rodolfo Martínez (ginecólogo), Alberto Martínez (pediatra), Luis Rozo (un cardiólogo elocuente, cuyas clases eran diáfanas), Héctor Heredia (un pediatra que parecía internista, con un “ojo clínico” formidable) y otros docentes fantásticos. También tuve profesores farsantes, engreídos y poco comprometidos con la docencia. Ahora que soy profesor universitario veo cuán buenos fueron muchos; entregados, claros en sus exposiciones, virtuosos en sus vidas personales, atentos, dispuestos a despejar dudas y sembrar buenas ideas. Y cuán nefastos pudieron haber sido otros (los arrogantes, los que no tenían una preparación pedagógica) de haberme dejado influenciar por ellos. Eso sí, en honor a la verdad debo decir que todos esos doctores (tanto los buenos como los malos docentes) tenían un alto perfil académico, estaban bien preparados. Así fueran terribles como maestros, si uno era ingenioso algo podía aprender de ellos. Volviendo a mis amigos, aún recuerdo el equipo de fútbol del semestre. Había cuatro jugadores muy buenos: Yamil Jaller (un atlético y voluntarioso centrocampista, que en ocasiones oficiaba de volante de contención y en otras se lanzaba al ataque), Juan Camilo Araque (muy táctico, buen surtidor de balones), Oscar Gilberto Rocha (el único defensa central bueno con el que contábamos, y que además era el estudiante más aplicado de la carrera: una buena muestra de “mente sana en cuerpo sano”) y Diego Alberto Moreno, a quien llamé alguna vez “el Diego de la gente” haciendo referencia a una autobiografía de Diego Armando Maradona, uno de sus ídolos. El resto, ni hablar. La formación era un chiste. Siempre quise apostarle a un 5-3-2 ordenado y prudente, con dos carrileros que eventualmente pasarían al ataque (dando un 3-5-2 que, al menos en el papel, permitiría una buena ofensiva). Pero mis instrucciones quedaban por el suelo, no sólo porque yo mismo no daba la talla para poner en práctica lo que exponía a nivel teórico, sino porque intentar ser técnico y al mismo tiempo jugador es muy complejo. Mis amigos captaban la idea, pero el físico tampoco les daba. Al final, terminábamos jugando como niños de jardín infantil, corriendo detrás del balón. Pero, lejos de ser un “fútbol total”, la cosa parecía ser más un calcio improvisado y sin orden. Aunque en el primer semestre jugué un muy buen partido (en el que anoté, de tiro penal), ya para tercer semestre me notaba muy lento. Era líbero de nombre, ya no podía subir y bajar sin fatigarme. Me empezó a suceder algo que nunca me había ocurrido antes: ver el arco rival tan distante, tan inalcanzable…aún así, jugaba con determinación y espíritu de lucha. Era un guerrero. Yamil Jaller, al observar mi conducta dentro del campo (con muchas faltas cometidas, algunas de ellas francamente peligrosas), me bautizó “la amenaza Campos”. Las estadísticas hablan por sí mismas: de los diez partidos jugados a lo largo de mi carrera, tuve tarjeta amarilla en todos, y salí expulsado de cuatro de ellos (en dos ocasiones, con tarjeta roja directa). Jaime Arturo Torres, que se unió al equipo en noveno semestre, manifestó en cierta ocasión que yo parecía estar jugando fútbol americano. Y yo, en efecto, tacleaba, barría y golpeaba (a veces con los puños) como si se tratara de una batalla campal. Podía ser tronco, pero no pusilánime. Me batía como una especie de patriota escocés. De Beckenbauer ya no quedaba nada.