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martes, 22 de octubre de 2013

XXI

Estaba estudiando medicina, desde un principio, con el fin de ser psiquiatra. Todo había comenzado en 1996, cuando en la casa de mi tío Héctor Félix me entretuve con Freud. Entre sus numerosos y buenos libros me llamó la atención La interpretación de los sueños. Lo leí con fruición, en muy pocos días (así estaba de engolosinado). Y comprendí las palabras de algunos salesianos con los que había hecho retiros espirituales. Esa sensación de plenitud, de inefable alegría. El llamado. La vocación. Ahora bien, ser psiquiatra implicaba ser médico. Aunque me interesaban mucho más la filosofía, las ciencias políticas y el periodismo, me dije a mí mismo que, con tesón y disciplina, los seis años que duraban los estudios en medicina me parecerían pocos. Me equivoqué un tanto. Muchas veces me sentí en cautiverio. Hubo momentos luminosos, por supuesto. No todo puede ser tristeza y sombras. Le agradezco profundamente al doctor Hernán Santacruz Oleas, psiquiatra y psicoanalista, sus clases magistrales cargadas de humor fino, declaraciones polémicas y erudición. Después de un primer año espantoso, fue una satisfacción escucharlo cada mañana, durante todo el tercer semestre, de 6:15 a 8:00. Sí, madrugábamos para escucharlo, pero lo hacíamos con gusto. Muchos años después, varios compañeros me han corroborado que fue el mejor profesor de la Facultad. Y no lo dicen sesgados. Ninguno de ellos fue psiquiatra, y a ninguno le entusiasmaba la psiquiatría en particular. Son personalidades heterogéneas, que luego se especializaron en otras cosas. Pero todos coinciden en afirmar que las disertaciones del doctor Santacruz fueron lo más entretenido, lo más agradable y edificante que tuvimos. Otros momentos agradables fueron los vividos en cuarto semestre, en las clases de psicopatología. Aunque no tan elocuentes ni divertidos como el doctor Santacruz, los doctores Maria del Rosario Molina, Guillermo Hernández y Maria Camila Montalvo nos hicieron también agradables las mañanas. Psiquiatras todos ellos, dieron lo mejor de su repertorio y puedo afirmar que aprendí mucho. En quinto semestre, en concomitancia con semiología e introducción a la clínica, realicé mi primera rotación en psiquiatría. Fue en el Hospital Santa Clara de Bogotá; estuve a cargo de un residente que luego fue un colega que me honró con su amistad: el doctor Oscar Mauricio Gómez. También recibí clases, durante quinto semestre, de un profesor excepcional: Javier Auli Carrasco. Tenía un humor sutil, así como una mente abierta a la reflexión y al diálogo. Era un gran psiquiatra infantil y un formidable psicoterapeuta. Pese a su formación psicoanalítica, no era dogmático. Fue una experiencia genial. Otro docente que me marcó fue Carlos Gómez Restrepo, uno de los psiquiatras más completos que he conocido en mi carrera (además psicólogo, psicoanalista, epidemiólogo, psiquiatra de enlace e investigador), cuyos consejos clínicos me han sido bastante útiles. A estos y otros psiquiatras (Simón Brainsky, Bismarck Espinoza, Jaime Vengoechea) los había conocido ya en Bucaramanga, en octubre de 2000, durante el primer Congreso Nacional de Psiquiatría al que asistí. En dicho congreso tomé apuntes y traté de sumergirme por completo en ese mundo (mi mundo, nunca había tenido dudas al respecto); la doctora Carolina Acevedo (a la postre, también psiquiatra) tuvo la gentileza de hospedarme, pues era su ciudad natal. Fue bastante enriquecedor el poder compartir con ellos en calidad de estudiante y también como amigo y compañero de congreso. Algunos me fueron dando “consejos” para más adelante, cuando me presentara a la especialización.