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martes, 22 de octubre de 2013

XX

Ya había pasado a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional cuando mis papás me comunicaron que lo intentarían en la Pontificia Universidad Javeriana. Aducían que la Javeriana era más segura, menos inestable (no había peligro de huelgas) que la Nacional. Yo creo que, en el fondo, les asustaba la posibilidad de que me involucrara demasiado en la política. Les pregunté cómo iba a costearme los estudios en una universidad tan cara. Me dijeron que no había problema, el ICFES contemplaba unas ayudas (más o menos 3 millones de pesos colombianos) condonables, siempre y cuando se tuviera un promedio alto en la carrera. Que lo importante era estudiar duro. Tuve luego algunas invitaciones (a clubes filantrópicos, a la Alcaldía de Neiva, a la Gobernación del Huila) para agasajarme por el resultado del ICFES. Pude pronunciar dos o tres discursos, en los que insistí en la necesidad de invertir en educación y en fomentar la cultura. Y a la semana siguiente me fui a vivir a Bogotá. Estudié duro, en efecto. Medicina es una carrera sumamente difícil y exigente. En realidad, los malos salarios y las regulares condiciones de vida que enfrentan los médicos en Colombia me hacen pensar que no se justifica tanto sacrificio. En lo personal, algunos semestres me parecieron casi interminables, aburridísimos. Una enorme cantidad de conocimiento inútil, un modelo pedagógico tradicional y autoritario, cierto desprecio de los “científicos” por lo humanístico. Pero, por fortuna, fui tenaz, aguerrido y optimista; tuve un objetivo claro (ser como Sigmund Freud, mi nuevo ídolo); quise convertirme en médico psiquiatra a toda costa (y así aguanté todo lo que se vino encima, todas las durezas del ser estudiante de medicina: turnos, humillaciones a costa de docentes tiránicos, hasta gritos), y así fue como triunfé. Fue cuestión de fuerza y resistencia. Otro factor importante, que me permitió disfrutar algo la carrera, fue el compartir con unos compañeros excepcionales. Solamente en primer semestre, conté con la ayuda bendita de Ana Victoria Londoño para poder pasar una asignatura. Ella, una pereirana juiciosa y prudente, tuvo la paciencia de explicarme unas cuestiones que me parecían difíciles y no me gustaban (cálculos de osmolaridades, ecuaciones bioquímicas y estructuras de aminoácidos, y otras cosas por el estilo, de esas que hacen bostezar a un poeta), y de pasarme sus apuntes. Llegué al final como Argentina contra Perú en el mundial de fútbol de 1978: necesitaba anotar cuatro goles o más, para poder pasar. Tenía que sacar al menos 4,6. Parecía imposible. Pero jamás me he dado por vencido. Mi papá se vino a Bogotá a acompañarme y darme todo su apoyo. Oramos mucho. De nuevo, el Espíritu Santo me dio claridad de ideas y de entre la maraña de ácidos grasos, fenoles y aminoácidos pude sacar 5,0. Pasé. ¡Pasé!