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martes, 22 de octubre de 2013

XVII

Por ser el estudiante más sobresaliente en el colegio tuve ciertos privilegios, como el de ser consultado cuando el Colegio Salesiano elaboró el Proyecto Educativo Institucional, acorde con la Ley General de Educación de 1993, a finales del 94 e inicios del 95. Asimismo, las directivas me brindaron la oportunidad de formarme en los Cursos de Líderes y Animadores Juveniles que organizaba la comunidad salesiana. Pero tampoco fue lo mejor. Saberse un alumno destacado hace que a uno se le suban los humos, así la propia naturaleza sea afable y humilde, y hoy en día me arrepiento de haber sido en ocasiones desafiante con algunos directivos y figuras de autoridad. Poco antes de terminar la secundaria, apareció un nuevo reto: el Concurso Nacional de Ortografía. Dada mi excelente capacidad lectora, mi inclinación a las letras y mi formación eminentemente humanística (en buena medida autodidacta, aunque elogiada y estimulada por mis profesores), los profesores Argemiro Sánchez e Isabel Bonelo empezaron a prepararme. La primera ronda eliminatoria se realizó en el colegio. Vencí a mis contrincantes mostrando siempre una conducta respetuosa, caballeresca. Eso me permitió tenerlos de aliados en la siguiente ronda, en la que me enfrentaba a todos los ganadores de los demás colegios del Huila inscritos. La final la disputamos en un terreno relativamente hostil, el Colegio de La Presentación, justamente contra una de sus estudiantes. Al ganar, mostré la misma discreción y la misma actitud respetuosa de la primera ronda. Una jubilosa ovación retribuyó mi prudencia. Era el campeón del Huila. Nunca antes el Colegio Salesiano había llegado a esas instancias. Tuve dos días de protagonismo en la radio y la prensa huilenses. Los periodistas, un gremio ambivalente (tan presto a elogiar e idealizar como a minusvalorar y hacer críticas corrosivas), se portaron muy generosamente conmigo. Fueron amables en sus entrevistas, y más amables aún en sus reseñas. Visto en retrospectiva, fue mucho el bombo para tan poca cosa. Pero eso es el sello del periodismo de provincia. Y no es ningún pecado. Peor es hacer escándalo con las bobadas de la farándula, como hacen muchos periodistas en las ciudades grandes.