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martes, 22 de octubre de 2013

XVI

Ya era la época en la que disfrutaba a los clásicos. Homero, Platón, Aristóteles, Virgilio, Suetonio y otros grandes del mundo grecorromano fueron mi compañía literaria permanente. De otro lado, el profesor Argemiro Sánchez me incentivó a leer a otros titanes de la literatura europea (Kafka, Sartre, Camus, Brecht, Unamuno, Cela, Pérez Galdós, Jiménez, García Lorca, Shakespeare, Zola, Calderón de la Barca) y latinoamericana (Rodó, Mutis, Vargas Llosa, Carpentier, Borges, Cortázar, Fuentes, Lugones, Fernández de Lizardi, Asturias). Le debo mucho al profesor Argemiro Sánchez. Publicó, sin temor, varios de mis artículos de opinión más cáusticos (por fortuna, no me hice tantos enemigos gracias a que los firmaba con el seudónimo de El caballero de la rosa negra), en los que atacaba con fiereza a los políticos de esos días, y, en general, a una sociedad que me parecía cada vez más hipócrita, asesina y narcotizada. Ya en preescolar había participado en la elaboración del guión de una obrita de teatro, que terminé también actuando, con otros niños del jardín infantil (1987). Después de casi una década, y gracias a Argemiro Sánchez, volví al campo de la dramaturgia. La dirección me fascinaba. Estaba pendiente de todo: el vestuario, la interpretación que cada actor hacía de sus papeles, la dicción, el maquillaje, la misma música. Estaba lejísimos de lograr el arte total wagneriano, por supuesto, pero tenía la intención. Me sentí especialmente contento con dos obras que el profesor Sánchez me permitió montar y dirigir: Las Convulsiones (de uno de los enemigos acérrimos de Simón Bolívar, Luis Vargas Tejada), y una adaptación de la inmortal Cien años de soledad.