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martes, 22 de octubre de 2013

XV

Siempre ocupé el primer lugar, en cuanto a rendimiento académico, en el bachillerato. Sentía que tenía una deuda moral con el padre Rivera, y por eso rendí al máximo. Incluso cuando llegó otro rector, continué siendo el “mejor estudiante” del colegio (lo pongo entre comillas, porque ahora que soy docente tengo serias dudas con respecto a que el que tenga las más altas calificaciones sea necesariamente el mejor). Era bueno hasta en las asignaturas que no me gustaban tanto (álgebra y trigonometría, que me parecían en verdad difíciles, pero que logré entender gracias a los buenos oficios del profesor Luis Ernesto García). Los profesores me apoyaban y acompañaban afectuosamente, permitiéndome al mismo tiempo autonomía y autodisciplina; les agradezco mucho, pues la capacidad de autogestión y la responsabilidad que me caracterizan las consolidé en aquella época. Mi padre aún guarda la colección de diplomas, menciones de honor y medallas por rendimiento académico que fui ganando de 1994 a 1998. De la profesora Amanda Rodríguez aprendí a hacer muy buenos cuadros sinópticos y resúmenes; además, con su ejemplo me mostró cuán bello es ser virtuoso. Del profesor Humberto Torres aprendí a estar siempre listo, siempre bien preparado. El profesor Marcelo Vargas, un chileno que había huido de las atrocidades de la dictadura en su país, me estimuló a seguir escribiendo con sus elogios y críticas favorables; también me hizo sentir la necesidad de viajar, de recorrer el mundo. Era un hombre erudito. El profesor Gerardo Peña era un maestro, me hizo ver la Geometría en la vida cotidiana, y tenía un método sumamente ameno. La profesora Yolanda Peña fue fantástica. La única profesora buena de religión que tuve en mis años de colegio: en primaria (1988-1992) tuve que padecer el estilo cerril y la mente estrecha de un tipo del que ya olvidé el nombre, que creía que religión era catecismo y mal humor, y de 1994 a 1996 no pude sacar mucho provecho de unos seminaristas bien intencionados pero bastante ignorantes (aunque por fortuna llegué a recibir lecciones del padre Carlos Guerra, un buen teólogo...lástima que apenas durante dos meses). Con la profesora Peña, en 1997 y 1998, en cambio, pude hacer mis pinitos en filosofía de la religión. Ella nos dejaba pensar, nos permitía sentir que hacíamos exégesis, era abierta (nos permitió estudiar otras religiones, sobretodo las de Extremo Oriente, que tanto me han atraído siempre). El dogmatismo y la ortodoxia le eran desconocidos. Creo que “la profe Yoli”, como le decíamos cariñosamente, marcó un punto de inflexión en mi apreciación de los estudios religiosos, y en mi propia vivencia de los mismos: me reconcilié con la asignatura. Qué diferencia. Qué claridad de ideas. Qué apertura. Siempre la recordaré con gratitud inmensa. El profesor de Filosofía, don Carlos Julio Pérez, leyó y lee aún buena parte de mis escritos. No eran ensayos con la rigurosidad y la solidez de los de ahora, pero tampoco eran malos. Él siempre me animó a escribir. Y a pensar antes de escribir. En la actualidad, como estudiante de Filosofía, escribo tan fácilmente en buena medida gracias al buen trabajo del profesor Pérez. Otro profesor que me alentó a escribir, y que se declaró admirador de mi poesía, fue Farith Ancízar González. Dictaba Ética y Valores, y nos evaluaba a través de ensayos y exposiciones orales. Conservo aún un puñado de ensayos escritos aquel entonces, me parecen originales y bien argumentados. Dos de ellos fueron publicados. José Urías Romero y Alberto Santos, que me dictaron Química y Biología respectivamente, siempre mostraron un profundo respeto hacia mis capacidades. Jorge Pérez fue un buen docente de dibujo. El profesor Hernán Puentes, de Física, se esmeró en enseñarme con paciencia y así, pese a mi escaso gusto por las matemáticas, llegué a ser un estudiante destacado en su asignatura. Además siempre me ha fascinado la física teórica. Y de los profesores de Ciencias Sociales (Nelson García en Geografía, Daniel Rojas en Historia, Yesid Perdomo en Historia y Cultura Ciudadana) tengo gratos recuerdos también. Todos ellos percibieron mi profundo interés y me estimularon a estudiar más allá de lo meramente curricular. Leí así muy buenos libros de Historia, y excelentes biografías de personajes ilustres.