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martes, 22 de octubre de 2013

XLVIII

Tan pronto llegué, organicé los últimos poemas escritos en Chile y los publiqué bajo el nombre de Nuevo Orden. También empecé a escribir Umbra et Imago. Me sentí muy bien al volver a casa. Pensando en el rural (el año de “servicio social obligatorio” de los trabajadores de la salud en Colombia, que suele hacerse en zonas rurales) que no había hecho tan pronto me había graduado, solicité al doctor Carlos Fernando Dussán que me consiguiera una rotación en la que pudiera aprender ginecología y obstetricia a cabalidad. Yo sabía que, si quería desenvolverme en el rural con tranquilidad, debía poder atender partos y manejar muy bien infecciones vaginales, preeclampsias y otras patologías ginecológicas. El doctor Dussán me consiguió una excelente rotación en el Hospital San Vicente de Paúl, en Garzón. Allí tendría como maestro a Marco Antonio Hernández, reconocido ginecólogo, y a otros médicos excelentes en la docencia. Además tendría las tres comidas del día, y una habitación en el apartamento de los Internos. De otro lado, la estadía en Garzón me permitiría disfrutar de la compañía de mis primos (Carlos Andrés, Camilo Fernando, Jorge Alfredo, María Paula, Fabio Alejandro, Nelson, Santiago, Mateo y Sofía) y tíos, a quienes tanto he querido siempre. Se trataba de una rotación de un mes, tiempo suficiente para poder perfeccionarme como médico y para reencontrarme con mi tierra natal. Garzón no es la capital del Huila, pero sí el alma. La huilensidad en pleno: hospitalidad, gusto por la copla inteligente y la música de cuerdas, tradicionalismo, catolicismo feudal y actitud paciente ante la vida. Un municipio que se resiste al paso del tiempo, donde la vida transcurre con lentitud y el tañido de las campanas de la catedral marca los tiempos de la existencia cotidiana. Un municipio de gente buena, algo tímida y mojigata, pero con corazón de oro. Acepté enseguida. Fiel a mi afición, tomé muy buenas fotos: de casas coloniales, de iglesias con pretensiones neoclásicas, de campesinos ofreciendo sus productos en la galería, de jinetes de mirada bondadosa, de paisajes increíbles. También escribí poesía, influenciada por la atmósfera anacrónica del pueblo. Mi vida era relativamente cómoda, si se ha de obviar el colchón inflable en el que dormía. Los Internos, respetuosamente, usaban el otro baño del apartamento, así que me quedaba el contiguo a mi habitación a completa disposición (cosa necesaria, pues me encanta bañarme largo rato; aprovecho incluso para meditar). Luego me vestía (con corbata, invariablemente: era la única forma de diferenciarme, pues los Internos tenían mi edad), rezaba el rosario asomado al balcón (recibiendo el aire fresco de la madrugada) y bajaba al servicio, a eso de las 6:45. Algunos Internos, más juiciosos que yo, ya estaban evolucionando los pacientes. Trataba de agarrarles el paso y pasábamos la primera revista de 8:30 a 9:00. Luego venía el desayuno. Ahí aprovechaba para saludarlos a todos (eran siete en total), cariñosamente. Luego volvíamos a la faena (atender partos, detener hemorragias, tratar vaginosis, etcétera) y había una nueva revista al mediodía. Almorzábamos y la hora de la siesta yo aprovechaba para jugar pimpón con uno de ellos, que era un digno rival. Después venía el trabajo de la tarde, en consulta externa. Y de 17:00 a 18:30 el seminario con el doctor Hernández, que corría a mi cargo. Dicha labor docente me encantaba. Yo había sido monitor de Fisiología en el pregrado de medicina, y me encantó volver a enseñar. La docencia me permitía entrenar la voz, pulir mis habilidades comunicativas, entrenar mis dotes histriónicas y retóricas, además de hacerme repasar temas que había visto hacía cinco años, cuando era estudiante. Por la noche iba a visitar a la familia. Jugaba microfútbol con mis primos, o nadaba en la piscina hasta que daban las 21:00. Entonces se unían al grupo mi tía Susana y mis primas Sofía y María Paula, y jugábamos parqués. Mientras transcurría el juego se contaban chistes, se hablaba un poco de todo y se le daba mate a una de las excelentes tortas que la tía cocinaba. A eso de las 23:00 salía y me iba caminando, casi en línea recta, hacia el Hospital. Esa era otra bendición garzoneña: una seguridad completa. A la medianoche, cuando llegaba (después de haber hecho a pie todo el recorrido), saludaba a los médicos de Urgencias, hablaba un poco con los internos (que me contaban sus cuitas a sabiendas de mi prudencia y habilidad terapéutica) y me acostaba a dormir.