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martes, 22 de octubre de 2013

XLVI

En 2006 tuve otra enorme alegría de la mano del mundo académico: empecé estudios en Neuropsiquiatría del adulto en la Pontificia Universidad Católica de Chile, cuando me faltaba un mes para hacerme neuropsicólogo de la Universidad de Valparaíso. Conté con profesores excelentes, algunos de ellos investigadores reconocidos internacionalmente. Pero lo mejor fue el haber compartido con tres personas excepcionales: los doctores Eduardo Figueroa, Osvaldo Acosta y Luis Alberto Hernández. Éramos diferentes, pensábamos distinto. Hasta en política discrepábamos. Pero nos estimábamos por encima de las diferencias. Nos respetábamos. Teníamos un código de conducta similar al de los Mosqueteros. Siempre, al finalizar la clase, nos íbamos a compartir un buen almuerzo y nos turnábamos quién pagaba la cuenta. Hablábamos de todo. De Eduardo Figueroa me quedó para siempre su amor a su familia, su buen ejemplo y su amabilidad. De Osvaldo Acosta aprendí a amar lo realmente valioso de la vida, y a no dejarme distraer con pequeñeces. Sus consejos también me han servido mucho. Y en Luis Alberto Hernández encontré a un amigo y colega brillante, estudioso, disciplinado. Estuve varios días en su hermosa casa en Chillán; él, su tío, sus padres y su hermana me trataron siempre muy cariñosamente. Les estaré siempre en deuda. Fueron como una familia para mí. A propósito de familia, ya había fallecido mi tía Rosa Virginia Campos (una mujer sumamente bondadosa, cuya generosidad no conocía límites) a finales de 2004 y no me imaginaba que llegaría tan pronto otra tristeza: mi tío José Ignacio Vargas murió en agosto de 2006. Me pareció una partida prematura, una muerte injusta. Era un hombre que ni siquiera había llegado a los 40 años, trabajador, responsable y honesto como pocos. Se lo llevó un cáncer intestinal. Me enseñó lo necesario de ser ahorrador y organizado en los asuntos financieros (cosa que le agradezco, pues hice de eso un hábito…y así he podido vivir cómodamente con escasos ingresos). No pude estar en su entierro, pues estaba atiborrado de trabajo. Pero me quedó la conciencia tranquila de haberlo llamado varias veces desde Santiago y Melipilla, y de haberle escrito en numerosas ocasiones. Igual que la tía Rosa, hizo mucho por mí. A medida que se acercaba mi partida hice viajes más y más frecuentes por el Cono Sur. Me encantó haber conocido bastante bien Chiloé, donde probé delicias como el curanto (un cocido de mariscos y variedad de carnes, exquisito) y le tomé muchas fotos a sus legendarias iglesias de madera. Anduve por parajes de belleza poética, como Puerto Varas y San Martín de los Andes. Recorrí la Patagonia como un explorador lleno de vida. También pude sortear todo tipo de riesgos. A un camionero bastante trastornado mentalmente, al que le había hecho autostop de manera imprudente, me tocó decirle que era sacerdote y “confesarlo” para que no me fuera a hacer daño, pues decía que “sólo a curas y a monjas respetaba, y a los demás los apuñalaba”. Le agradecí mucho al Espíritu Santo que me dio la lucidez suficiente como para fingir perfectamente el papel de misionero jesuita, y el temple para no mostrar un ápice de miedo. A un viejo lobo de mar que se abalanzó sobre mí cuando intentaba tomarle una foto, en Uruguay, lo espanté con un palo, sacando bríos de no sé dónde, pues me encontraba exhausto. Finalmente, a unas turistas estadounidenses que me ofrecieron alucinógenos y me hicieron una propuesta de moral dudosa las pude aprovechar como compañeras de viaje (fueron generosas, eso sí) sin incurrir en conductas de riesgo, y las pude convencer de los efectos nocivos de los psicotóxicos. Así, sin rechazarlas rudamente pero permaneciendo firme en mis valores, gané dos aliadas (algo necesario en tierras frías e inhóspitas) y me mantuve en la buena senda. A propósito de los narcóticos, es para mí un pesar ver tanto joven idiotizándose con ellos. Cerebros prometedores, que se dañan de manera irreversible. Más allá de los juicios morales que puedan hacerse sobre el asunto, me preocupan las secuelas neurológicas y psiquiátricas de la adicción. La gente se embrutece, lo he visto muchas veces en mi oficio. Las pruebas neuropsicológicas muestran deterioro (así sea sutil) con respecto al funcionamiento previo. Menos mal soy firme, y cuando digo “no” me mantengo en la negativa; a veces dicha firmeza puede parecer tozudez u obstinación, pero creo que es una bendición ese rasgo en mi carácter. De otro modo no habría tenido la resistencia suficiente como para haberme mantenido limpio del contacto con las drogas (pues me ha tocado vivir en un mundo narcotizado, en el que los jíbaros abundan).