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martes, 22 de octubre de 2013

XLIII

Pasando a temas menos truculentos, pronto se supo de mi afición al fútbol y me invitaron a jugar para el equipo Arturo Prat, de “Loyca Arriba”. Así es. Hasta dentro de una misma vereda se dan los chauvinismos. Los de “Loyca Arriba” tenían su equipo, y los de “Loyca Abajo” también (“Unión Loyca”). Pero para mí eran todos humanos. Eran todos americanos. Eran todos chilenos. Eran todos de San Pedro. Pero no, insistían en ser “loycanos”. Y, para rematar, los que vivían pasando un puente, a pocos metros del puesto de salud, se creían distintos: los de “Loyca Arriba”. Y los que vivían antes del puente, los de “Loyca Abajo”. Vi muchas veces que, en mi país, ese tipo de sectarismos era nefasto. El montañerismo (con el nombre que se le quiera poner: regionalismo, xenofobia, patriotismo estúpido/exagerado, nacionalismo) perjudica a la Humanidad en su conjunto. Entonces hablé con las directivas de “los Prat”, y les expliqué que de las divisiones no salía nada bueno, y que en aras de la concordia y la cooperación entre los loycanos deberíamos sembrar algo de tolerancia. Habla muy bien de esos señores el hecho de que aceptaron mi propuesta en poco tiempo. Jugaría con ellos, pero cuando se enfrentaran “Loyca Arriba” y “Loyca Abajo”, estaría en ambos equipos. Jugué un total de nueve partidos. Sólo anoté dos goles, uno de penal y otro de carambola, pero para mí fueron motivos suficientes de alegría. En los dos partidos que disputaron Unión Loyca y Arturo Prat, jugué un tiempo con cada equipo. Muchos se reían al verme cambiar de camiseta en un mismo encuentro, pero creo que se reían de gusto. Estaban de acuerdo. Además, establecí que al inicio de cada juego todos los jugadores se estrecharan la mano entre ellos. Como me lo hizo notar uno de los entrenadores, la violencia disminuyó ostensiblemente. Casi no se cometieron faltas en esos dos torneos. Y las barras (habitualmente integradas por las esposas y los amigos de los deportistas) apoyaban sin insultar a los contrarios. Y luego, fieles a una tradición que considero excelente y digna de imitar en el resto del mundo, los futbolistas de ambos bandos y sus familias se reunían en un salón amplio, comían una buena cazuela chilena con sopaipillas y departían alegremente. Era una reunión después de la confrontación simbólica que representaba el partido. Había muchas muestras de afecto. Me llenó de satisfacción el ayudar a hacerlos ver que el cariño al prójimo es mucho más fuerte que el montañerismo. Además obtuve una victoria íntima, que no le revelé a nadie: me demostré a mí mismo que podía volver a jugar, y que podía hacerlo limpiamente. Ya no me importaba ser como mengano o fulano, me daba gusto el simple hecho de poder correr todavía. Comencé a jugar por placer, independientemente del resultado. Y comprobé que se siente mucho mejor el jugar tranquilamente, riéndose de todo, disfrutando del asunto, que andar como un energúmeno repartiendo golpes en aras de ganar un partido.