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martes, 22 de octubre de 2013

XLII

En la casa también pasaban cosas raras. Lástima que vine a aprender de espiritismo sólo hasta hace tres años, y en aquella época sólo pude hacer cosas burdas, y más por miedo que por curiosidad. Justo la primera noche que dormí allí, me asombró escuchar unos gritos lastimeros, desgarrados, que venían del puesto de salud. Lo primero que hice fue maldecir mi suerte, pues creí que se trataba de unos heridos que habían llegado de urgencia. Era la hora más oscura de la madrugada. Me puse un gabán encima de la piyama, abrí la puerta de mi casa (que daba directo al largo corredor del puesto de salud) y no vi ni escuché nada. Estaba todo en calma. Me dio risa el asunto y me devolví, listo a proseguir durmiendo. De nuevo los gritos. Puse más atención. Eran voces de hombre. Logré identificar unas seis. Creí que eran ladrones y marqué a la policía. La estación de policía de Loyca quedaba cerca del puesto de salud. No me contestaron. Me armé con un fierro (que guardaba debajo de mi cama, justo para esos menesteres) y esperé, medio agazapado, en mi habitación. Los gritos se hicieron espantosos. Con horror escuché que pedían ayuda, a todo pulmón. No podían ser rateros. Me hice la señal de la cruz y salí de la habitación. Cuando fui a abrir la puerta de mi casa, los vidrios de las ventanas empezaron a moverse y hacer ruidos espantosos, a pesar de que no había viento. Asustado pero decidido, me precipité al puesto de salud. Presencié algo insólito: unos muebles (una camilla, unas sillas, un escritorio, un biombo) se movían como empujados, haciendo gran estrépito. El corazón me latía intensamente. Volví a casa y traté de darme ánimos para no entrar en pánico. Los gritos y el movimiento de los muebles cesaron por unos segundos, para reanudarse luego con mayor intensidad. Entonces tomé un rosario y me puse a rezar. Los gritos llegaron a conmoverme. Seguían pidiendo ayuda. Entonces, como un destello, recordé una conversación que tuve con un campesino, en las montañas de Gigante, hacía casi dos décadas. El viejo me enseñó que “para espantar a los fantasmas, hay que gritarles groserías”. Así lo hice. Las palabrotas surgieron con frenesí. De vez en cuando, les gritaba frases como: “Váyanse, yo sólo vine aquí a trabajar” y “Déjenme en paz”, como una pausa entre las imprecaciones. Rápidamente volvió la calma. Ahora sé que debí haber seguido rezando por esas almas atribuladas. No debí haberlas despedido tan groseramente. Pero bueno, hice lo mejor que pude con la información que tenía en ese entonces. Al día siguiente, después de interrogarla sobre el asunto, la señora Lilian Quiroz (una enfermera muy amable, con la que aún somos amigos así nos veamos cada lustro) me comentó que era normal “que asustaran” en el puesto de salud, que a ella y a muchos les habían pasado cosas como esas. Y me explicó que ese era el motivo por el cual nadie había querido ocupar la casa aledaña. Mi casa. “Les da mucho susto, doctor”, me explicó bajando la mirada. Hice más averiguaciones en los días siguientes, y algunos locales me contaron una historia atroz: a poco de darse el golpe de Estado, los esbirros de Pinochet había torturado ahí, al lado del puesto de salud, a un grupo de allendistas.