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martes, 22 de octubre de 2013

XLI

Cualquiera diría que en esa casa pasé en 2005 muchas noches aburridas, pues estuve completamente solo. Pero no es cierto. Aprovechaba para repasar los apuntes de clase y para realizar actividad creativa. Mi entretención era escuchar música mientras leía, pintaba o escribía. Me enorgullezco de siempre haber llevado una vida ordenada y casta. No hice de mi casa un lupanar, como muchos otros médicos rurales. Evité relaciones poco convenientes. Fuera de casa también mantuve una conducta intachable, a pesar de ocasionales insinuaciones de mujeres de doble moral. ¡Eran casadas! Me parecía el colmo. Ahora que reflexiono sobre el asunto, veo que esta oleada de infidelidades que se vive desde el 2000 es el reflejo de una época depravada, centrada en el placer sensual y en la acumulación de riquezas, moralmente floja y ajena a la virtud. Es como si se estuviera viviendo de nuevo la degeneración de la Roma Imperial. Tampoco fui a ninguno de los bares ni casas de citas de la zona. A propósito, me entristeció ver que el prototipo de la campesina inocente y virginal de las obras de los románticos alemanes era amenazado por una nueva mafia, peligrosa y corrupta, que estaba dispuesta a tomar cuanta jovencita incauta hubiera en las aldeas para esclavizarla por medio de la prostitución y la trata de personas. Me pareció algo abyecto. La paz bucólica se veía amenazada por la depravación. Sólo cuando había Internos de odontología (dos meses cada año) la casa se teñía de vida: risas, juegos de mesa, cine y anécdotas a granel. Pero eso era entre abril y mayo. De resto, tenía dos opciones: como jamás fui tan tonto como para ir a embrutecerme a alguna taberna de mala muerte, o me quedaba en casa haciendo algo productivo (escribiendo, pintando, leyendo, meditando) o visitaba a algún amigo (usualmente iba a la casa de los Saldaña, donde siempre he sido bienvenido).