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martes, 22 de octubre de 2013

XL

La “casa” que el gobierno municipal me había asignado en Loyca era en realidad un bloque burdo aledaño al puesto de salud satélite (el principal estaba en San Pedro, pero había puestos en todas las veredas del pueblo…cosa bastante conveniente, pues sólo un escaso porcentaje de la población podía desplazarse en automóvil, y los caminos se hacían casi intransitables en invierno). Tenía dos habitaciones, un baño, y una sala-comedor. Era bastante fea a decir verdad, pero jamás he sido desagradecido: en ella viví gratuitamente por más de un año. Además, intenté embellecerla: pinté, enmarqué y colgué dos cuadros en la sala (uno de ellos, Homenaje a Huidobro, se lo regalé a doña Karina Maulen en diciembre de 2005, pues siempre me había dicho que le gustaba; el otro, Mozart, lo doné al puesto de salud de El Prado en 2006); también había un enorme retrato de Pablo Neruda, que me regaló de cumpleaños la señora Kharem Zurita, enfermera y buena amiga. El resto de la decoración estuvo a cargo de la originalidad y las buenas intenciones de los visitantes. La señora Zulema Castañeda, una veterana enfermera con una familia ejemplar (un esposo trabajador, hacendoso, y dos hijos echados para adelante), me trajo unas revistas, un florero y unas cortinas decentes, además de vajilla y un juego de cubiertos. La señora Sigrid Matta, también enfermera, me dio un bonito juego de tazas para tomar el té. Los Internos de Odontología (Natalia Morgado y Cristian Araneda) le dieron vida a la casa con su generosidad. Además hacían mercado todas las semanas, y lo compartía muy amablemente conmigo, solidarios, pues sabían de mis limitaciones económicas. Dejaron dos bonitos cuadros (se dejaron introducir en el mundo de la pintura) que espero que aún estén en su sitio. Kharem me prestaba su lavadora. Cecilia Saldaña y su familia me acogieron siempre en su casa (que estaba a dos kilómetros, más o menos), haciéndome sentir un miembro más de su clan. Es casi ridículo que recuerde esos detalles, pero el hacerlo me corrobora que las personas agradecidas solemos tener buena memoria. Es bonito llegar a un sitio con un traje de paño, dos camisas y tres corbatas, y sentir que la gente intenta ayudar. Se siente uno menos forastero. Yo mismo iba llevando adornos de cada viaje que realizaba: un móvil de Colonia del Sacramento, dos figuritas de Rosario, un cenicero de Buenos Aires (no fumo, y casi ninguno de mis amigos lo hacía, pero lo compré porque me pareció simpático), un grabado que conseguí en Montevideo, en el que estaba representada una escena bucólica, y un delfín que me dieron en Cartagena, la ciudad donde está enterrado Vicente Huidobro, después de que yo hiciera un llamado a la ciudadanía para mejorar su tumba (que para el otoño de 2005 estaba terriblemente descuidada, con maleza alrededor, y un grafitti de mal gusto sobre el fragmento de uno de sus poemas más memorables…y ya para 2007 se encontraba limpia y en buenas condiciones).