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martes, 22 de octubre de 2013

XIX

Aún faltaba otro agradecimiento al colegio que me formó y me dio tantas cosas buenas. Desde la década de 1980, con Mauricio Forero Olarte (casualmente, el primogénito de una pareja de amigos de mis padres, Luis Eduardo y Rosario, a quienes quiero mucho), el Salesiano no lograba posicionarse con ICFES sobresaliente a nivel nacional. El ICFES es el nombre coloquial que se le daba a los Exámenes de Estado, la prueba por la que todos los estudiantes que están finalizando su secundaria pasan, antes de entrar a la universidad. Como lo realizaba el Instituto Colombiano de Fomento de la Educación Superior (ICFES) terminaron llamándose de esa manera en el lenguaje informal. Hoy en día, se les llama Pruebas SABER. Un resultado alto abre, como en ese entonces, las puertas de las mejores universidades, y permite que uno escoja la carrera que desea. En esa época, las pruebas del ICFES puntuaban hasta 400. Mauricio había obtenido 387. De nuevo, con la gracia de Dios y la iluminación del Espíritu Santo, al que me encomendé, saqué 389. Fue el octavo mejor resultado en el país. Gané el premio Andrés Bello a nivel departamental y nacional. Fue el resultado de una labor impecablemente realizada por mis profesores, mi familia y mis amigos, que no escatimaron tiempo ni recursos para permitirme un buen entrenamiento. Había presentado simulacros, me había preparado a conciencia desde hacía más de un año y contaba con todo el apoyo imaginable. Digo imaginable, porque a uno no le cabe en la cabeza el hacer fraude. Así fue. La nota agridulce del asunto es que unos funcionarios corruptos del ICFES (posteriormente destituidos) hicieron llegar a unos pocos estudiantes de Neiva el formato del examen que se iba a realizar, a cambio de dinero. Y otra estudiante obtuvo el primer lugar en el Huila. Resulta paradójico que el octavo puesto a nivel nacional sea el segundo puesto en su departamento. Pero así se dieron las cosas. La corrupción del país, evidente en las instituciones del Estado y aún en el propio gobierno de ese entonces, lo permeaba todo. Algunos de mis profesores alzaron su voz de protesta. Yo preferí no hacer nada, ni siquiera interponer una demanda, luego de recibir amenazas por vía telefónica. Nunca hubo demanda, pero sí se difundieron rumores en mi contra (el crimen es también descarado), acusándome de mal perdedor. Hubo quien me calumniara en una emisora de provincia, por la supuesta “falsedad” de la trampa. Años más tarde, ese mismo locutor (que ya había visto cómo había terminado la historia, tiempo después) me pidió personalmente excusas. Le dije que no importaba. A veces los dardos injustamente recibidos son necesarios. Ayudan a templar el carácter. Y sí que iba a necesitar eso en los años venideros: fortaleza. Mucha fortaleza. Tenacidad. Constancia.