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martes, 22 de octubre de 2013

XIII

Pertenecí a dos grupos juveniles en el bachillerato: una Escuela de Líderes y los ya mencionados Amigos de Don Bosco. Fieles a la doctrina salesiana, los Amigos nos divertíamos sanamente en todo tipo de actividades (académicas, lúdicas, recreativas, deportivas). San Juan Bosco solía decir que “un santo triste” era “un triste santo”, instaba a la alegría y el esparcimiento dentro de los valores cristianos, y disfrutaba de la vida. El juego y la oración eran dos realidades complementarias para el fundador de la comunidad salesiana. Nunca fui tan feliz como en ese grupo. Nunca he gozado tanto, y tan decente y sanamente, en las sociedades científicas a las que he pertenecido después. El grupo original, nacido en el Colegio León XIII de Bogotá, se llamaba los “Caballeros de Don Bosco”. Al profesor Guillermo Sánchez siempre le pareció inapropiado el nombre, demasiado marcial y belicoso. Y los jóvenes queríamos ser amigos, no vasallos ni soldados. Siempre fuimos eso, los Amigos de Don Bosco. Jugábamos, leíamos, rezábamos y estábamos “siempre alegres”, como quería Don Bosco que estuvieran sus estudiantes del Oratorio. Me vinculé al grupo en 1994, cuando fui elegido Tesorero. Fui Secretario en 1995 y Presidente en 1996 y 1997. En 1998 el profe Sánchez tuvo que dejar las aulas por motivos de salud, pero el grupo trató de seguir funcionando. Tengo entendido que aún está activo, a pesar de la muerte del padre Escobar y la jubilación del profesor. Eso define a un buen grupo: la capacidad de sobrevivir a sus propios fundadores.