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martes, 22 de octubre de 2013

XI

Mis nuevos héroes eran Rubén Darío, George Washington, John Lennon y Franz Beckenbauer. ¿Cómo era posible esa mescolanza? A Rubén Darío me lo presentó mi mamá, en la infancia. Y, ya en 1996, cuando leí Azul y Prosas profanas, me convertí en un fan declarado. Rubén Darío fue un poeta excelso, realmente inspirado. Logró lo que muy pocos: aunar intensidad y perfección formal, fondo y forma. Había pasión, había brío en él, pero también elegancia y musicalidad. Washington me parecía un patriota honesto y valiente, contrastante con los corruptos y/o moralmente mediocres políticos de nuestros días. Aunque siempre ha sido la música clásica mi favorita, empecé por esa época a escuchar house y rock; la figura de Lennon me atraía por su calidad musical y su valentía a la hora de hacer “canciones con mensaje”. El hombre no le temía a opinar de política, era un pacifista convencido. Por último, Beckenbauer era el modelo al cual aspiraba en mi puesto de defensa. Sí, defensa. No tenía la altura, ni el físico, pero sí las ganas. Una tenacidad sin límites a la hora de marcar, deshacer una jugada o sacar el balón de la línea de gol. Creo que en ocasiones llegaba a ser feroz. Nunca me di por vencido. Además tenía un potente remate de larga distancia (lo que me permitió hacer algunos goles, de tiro libre o con el balón en movimiento, desde mitad de cancha), con lo que resulté bueno para “despejar” el balón en caso de apuro. La posición de defensa, entonces, fue mi posición “natural”: era lo que menos mal hacía. Como arquero era espantoso, en la delantera me fallaba a menudo la puntería y en el mediocampo carecía de talento y habilidad para hilvanar jugadas. Ahora bien, aunque me parecía más a Fulvio Collovati o a Jenaro Gatusso que a Franz Beckenbauer, por mi manera ruda y descarnada de jugar, siempre le apunté a ser como el gran líbero alemán. En mi anterior colegio habíamos logrado un subcampeonato de microfútbol, en 1991. Pero fue en la “Copa Don Bosco” de 1994 donde pude desplegar todas “las ganas de ganar” que me caracterizaban (que no el juego bonito, ni la capacidad goleadora). Teníamos un equipo sólido. Con Carlos Mario Gaitán y Mauricio Polanco en la delantera parecíamos imbatibles. La jugada era calcada: el arquero sacaba largo y uno de ellos remataba, casi siempre de cabeza. Yo parecía un perro de caza en la defensa. Recibimos apenas seis goles en siete juegos (téngase en cuenta que era una copa de microfútbol), y anotamos diecisiete. Perdimos la final, 2 a 1. Traté de animar a mi equipo como pude, y me contuve para no llorar al recibir la medalla de plata. El campeonato de 1995 fue funesto, nos sacaron en primera ronda. Pero el desquite nos llegó en 1996.Ya para ese entonces era un poco más veloz y fuerte. De tanto ver videos y partidos de fútbol, algo se me había quedado. A la elegancia de Beckenbauer se había añadido el pragmatismo de Matthäus y la vocación ofensiva de Maldini en mi idea de lo que era ser “un buen defensa”. Finalizamos en tercer lugar, y sentí que había progresado mucho cuando me vi en la tabla de goleadores. Claro que no era Beckenbauer, pero anoté un promedio de dos goles por partido. Descubrí que anotar era fantástico, se sentía una felicidad única, indescriptible. Me aficioné a hacerlo. Volví a ser “el Capi” (cariñoso diminutivo de “capitán” con el que me llamaban en 1994 y 1995) en 1997. Por fin pudimos alzarnos con la victoria. Corrí, corrí mucho. Sólo hice dos goles, pero fueron importantes: el 3 a 2 definitivo en el partido de cuartos de final, que empezamos perdiendo 0 a 2 (un tiro largo y potente, que se estrelló en la base del poste izquierdo del arco rival antes de entrar), y otro de mitad de cancha (un verdadero cañonazo, estilo Rivelino) en la final que terminamos ganando 2 a 0.