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martes, 22 de octubre de 2013

VIII

Ya mis gustos literarios eran otros: Molière, Castro Caicedo, García Márquez, Verlaine, De Lamartine. Un libro que me fascinó y me llevó al reencuentro con Verne fue La isla misteriosa, que me pareció fascinante. Pero nada como García Márquez. Sus relatos cortos (en especial dos, El ahogado más hermoso del mundo y Blacamán el bueno, vendedor de milagros), así como sus novelas, ejercieron sobre mí un poder hipnotizador. Dos excelentes profesores de Literatura, Gabriel Castro y Diomedes Yanguma, me animaron en dichas correrías. Publiqué dos artículos en el periódico del colegio: uno sobre la música de Mozart y el otro sobre el colombiano prehispánico. Por último, me gustaría rescatar de este periodo al profesor Marco Aurelio Tamayo, que fue rector del Gimnasio La Fragua. No duró mucho, justamente porque su carácter contrastaba. Creo que algunos padres de familia le tenían cierto desdén, porque no era un hombre pomposo y tenía un auto barato. Así, por desgracia, funciona buena parte de la gente: el esnobismo los ciega, y no saben reconocer a las personas valiosas. Se guían, para conceptuar sobre alguien, por la mera apariencia.