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martes, 15 de octubre de 2013

Semiología y manipulación de la opinión con los medios virtuales, por David Alberto Campos Vargas

Uno de los sellos de la Neoposmodernidad, como ya he señalado en anteriores, ocasiones, es el uso intensivo y a gran escala de la virtualidad. Encontramos virtualidad por doquier. Realizamos movimientos bancarios, organizamos nuestras vacaciones y compramos pasajes, conversamos con personas que habitan otros continentes, leemos libros que no han llegado aún a las (cada vez más insuficientes, para la enorme cantidad de información que se produce a diario) librerías, organizamos grupos de estudio y estudiamos haciendo uso de las nuevas tecnologías. En la Neoposmodernidad, lo virtual dejó de ser antónimo de lo real. Lo virtual es parte de lo real, o, si se quiere, una nueva dimensión de la realidad. No se trata de ser trogloditas y de atacar la virtualidad sin ton ni son. La virtualidad tiene sus bondades. Gracias a ella se pueden educar muchas personas que no tienen ni los medios ni los recursos para acceder a colegios o universidades. Gracias a ella podemos contactarnos con muchas más personas, sin que nos limiten las barreras nacionales, las fronteras, las tradicionales limitaciones espaciales, o la misma imposibilidad de viajar en una fecha determinada. Soy un convencido que la educación virtual y a distancia puede ayudarnos en la erradicación del analfabetismo y la pobreza. He publicado la totalidad de mis libros de manera virtual, y sólo tres en físico, y he observado que se leen más los que se encuentran en internet. Y que, además, con ello se presta un servicio público: están abiertos a todo el mundo; quien desee puede leerlos, sin que le cueste un centavo. Y no tiene que saber ni siquiera español o inglés, pues se puede traducir (aunque las traducciones no son las más felices todavía, cada año se va mejorando) cada página en internet. Pero tampoco se trata de hacer una apología de la virtualidad. Como también he afirmado, la relación virtual jamás remplazará a la relación genuina, franca y concreta, inimitable, que se produce en el contacto físico directo. Por eso es que las mejores conversaciones (con el sacerdote o consejero espiritual, con el psicoterapeuta, con el asesor político o financiero, con el cónyugue, con los hijos, con la familia y los amigos) se hacen y se seguirán haciendo principalmente de manera directa. Ahora, me gustaría reflexionar acerca de cómo los medios virtuales manipulan la opinión. Es decir, cómo dichos medios funcionan, por desgracia, también como elemento opresor, distractor y embrutecedor de la sociedad. se define a la manipulación de la opinión pública como todas aquellas acciones y medidas conducentes a implantar en las masas determinadas ideas, actitudes o creencias usando la publicidad y la propaganda; es llamativo cómo la gente es mucho menos independiente y autónoma de lo que cree, y se deja inculcar dichas ideas, actitudes y creencias a diario, sobretodo a través de los medios masivos de comunicación En tanto que elemento opresor, la virtualidad es una herramienta con la que cuentan los gobiernos, las multinacionales y el orden establecido para mantener su status quo. Es así que observamos cómo en redes sociales los poderes políticos y económicos nos bombardean con publicidad y propaganda. El bombardeo es tan intenso que no solamente acceden a nuestra conciencia sus ideas y actitudes (la doctrina de tal o cual partido o movimiento político; los prejuicios acerca del hombre, la sociedad y el mundo; las cosas que ellos venden como “deseables” y que, en realidad, son las que les resultan convenientes para mantenerse en el poder; etcétera), con todo tipo de imágenes, frases y símbolos. Algunos de ellos impactantes, de tal modo que hasta los más críticos y/o escépticos pueden quedar interesados, cuando no seducidos. De esta manera, el régimen (me encanta esa palabra de don Alvaro Gómez Hurtado, un intelectual a la postre asesinado por ese mismo régimen), los grupos de presión (entre los que caben tanto empresarios como líderes de opinión o grupos terroristas de distinta índole) y las oligarquías se protegen. Usan twitter, facebook, buscadores (como google o altavista) y todo tipo de blogs, páginas y estrategias de marketing virtual para convencernos de que no hay otra opción: que sólo en ellos están las soluciones a los problemas sociales, culturales, políticos y económicos. Es llamativo, pero la gran masa poblacional desconoce hasta la existencia de otros candidatos, de otros movimientos, de otras alternativas. Es triste, pero para no ir más lejos, los colombianos están tan atrofiados, confundidos y atolondrados por lo que los propios medios (que están dirigidos, a su vez, por ciertas oligarquías y grupos ) les proponen, que hasta se han comido el cuento de que la Presidencia de la República sólo puede estar en manos de uno de los seis o siete candidatos que dichos medios publicitan. Candidatos que, dicho sea de paso, pertenecen también a las oligarquías políticas tradicionales y al establishment, así unos posen de amarillos, otros de azules, otros de rojos y otros de verdes, y otros dizque de suprapartidistas. En tanto que elemento distractor, los medios virtuales también se erigen como el nuevo opio del pueblo: el opio de la neoposmodernidad. Es así que los deportes, el cine, el modelaje y todo lo que cabe en la denominada farándula, mantienen empendejado a medio mundo. Como si no hubiera problemas más urgentes a si fulanita y menganejo están saliendo, o si zutaneja se hizo una liposucción, o si perencejo va a ser titular o suplente en determinado encuentro de fútbol. Y, en ese orden de ideas, también la virtualidad se puede poner (por desgracia, creo yo, porque tiene un potencial enorme justamente para trabajar en el otro sentido: en la educación y la difusión cultural) al servicio del embrutecimiento poblacional. Como psiquiatra lo veo a diario: el pueblo está cada vez más idiotizado. Bajo la ilusión de que es menos ingenuo y manipulable que en décadas anteriores, está a tal punto determinado y movido por el consumismo, la secularización, el materialismo y el ateísmo (los cuatro puntos más nefastos de la Neoposmodernidad), el pueblo se encuentra más indefenso, tonto y manipulable que nunca. Sí, y lo sostengo ante cualquiera. Ahora todo el mundo anda en una loca carrera en la que el esnobismo, la hipocresía y la competencia lo determinan todo, en la que un convertible o una mansión determinan el supuesto “éxito” de una persona. Por eso mucha gente estúpida cree hoy en día que leer un libro de poesía es perder el tiempo, mientras que uno de mercadotecnia o de finanzas es útil. O que estudiar filosofía (o algo de Humanidades) no llevará a ningún lado. El mundo está en pos de acumular dinero, y los medios virtuales de comunicación respaldan dicha actitud, haciendo eco a la superficialidad, al narcisismo y el materialismo. David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)