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sábado, 12 de octubre de 2013

Responsabilidad de la comunicación en la Educación de la Neoposmodernidad, por David Alberto Campos Vargas

Considero que la comunicación tiene una responsabilidad enorme en el universo de actos educativos que configuran nuestro quehacer como maestros. Todos los procesos comunicativos forman al hombre, lo moldean, lo van modelando (1). Uno podría decir incluso que el hombre se va humanizando en la medida en que se va comunicando. Es decir, el hombre se va haciendo, paulatinamente, en medio del contacto social (y gracias a él). El hombre, en efecto, es un ser educable. Como discutimos con el profesor García en la primera teoría, una de las diferencias entre ser hombre y ser animal es que el hombre es educable, mientras que el animal es domesticable. El animal sí puede tener una inteligencia, no es un mero “autómata con reflejos”, como señaló Descartes (2). Tiene procesos cognitivos también. Pero su curva de aprendizaje es distinta a la del hombre. Llega hasta cierto punto, y no da más (3). El hombre tiene un mayor repertorio tanto a nivel cognitivo como a nivel comportamental (4). Por eso no se queda en la mera domesticación, o en el entrenamiento, sino que exhibe aprendizaje (5). Volviendo a la idea inicial, el hombre aprende y se educa en la medida en que se comunica (6). El psiquismo está siempre abierto a la experiencia sensible, pues su cerebro es dinámico, cambiante, siempre dispuesto a aprender, justamente en la medida en que se desenvuelve en la comunicación (7). En la comunicación se da la relación, el vínculo, la inter-relación que permite aprender y aprehender (8,9). Como expongo en “¿Por qué nos aburrimos en la escuela?”, el acto educativo es ante todo un acto comunicativo, un acto relacional (10). En ese orden de ideas, la comunicación posibilita la educación. Esto es, facilita la misma humanización del hombre. Y uno se da cuenta de ello en la práctica clínica, y en la misma labor pedagógica, y aún en la observación de la gente en su desempeño social cotidiano. Cuanto mayor, mejor y más adecuada la comunicación, más humanizada la persona. Cuanto menor, peor o más inadecuada la comunicación (o los patrones de comunicación), más patológico el sujeto (11). El hombre que se educa se humaniza, se hace más sublime. No necesariamente siempre, pero sí habitualmente. Eso es lo que creo. Por eso soy un convencido de la educación como mecanismo de paz (12). La persona educada debe ser enteramente sociopática, maligna y dañina, como para acceder a actor brutales y/o violentos contra sus congéneres. En general, quien accede a la educación, desde el primer momento en que establece una relación (con sus compañeros de clase, con sus maestros, con la sociedad, con la propia institución educativa), ya se está comunicando y humanizando (y, en ese orden de ideas, haciéndose menos propensa a la barbarie). Es decir, comunicar es relacionar. Y no somos sino un tejido, un entramado social, en el que todos estamos relacionados. Todos los seres humanos, y los demás seres del mundo, animados o inanimados (13). Y en tanto que la relación hace al hombre menos propenso a la agresión, y más propenso a la amorosa y pacífica convivencia en un mundo civilizado (14), bien se puede hablar de una disyuntiva: o el hombre se inclina hacia la tripleta incomunicación-agresión-barbarie, o se inclina ante la relación-comunicación-educación. Por eso insisto en la importancia capital de los actos comunicativos. La civilización y la paz se construyen con, y en, la comunicación. La barbarie, la violencia que niega y desconoce al prójimo, es justamente la aniquilación de la posibilidad de vínculo (la negación de la posibilidad de relación). Por eso el violento es, en general, tan torpe para comunicarse (15). Incluso a nivel neuropsicológico muestra casi siempre pobres habilidades verbales y comunicativas, entendiéndose éstas no sólo a nivel verbal, sino también a nivel preverbal o gestual (16). Así que, sin duda alguna, la comunicación tiene una responsabilidad enorme. Va de la mano con la educación. Es, en sí misma, educación. Sí. En la medida en que uno se comunica está educando al que lo escucha, le está poniendo en contacto con un discurso, inclusive con una intencionalidad, con una cosmovisión, con un sistema de valores. Y también se está educando a sí mismo, en la medida en que la introspección y la autorreflexión le permitan contrastar, confrontar, analizar y depurar ese discurso, esa cosmovisión, ese sistema de valores. Y también se deja educar por el otro, porque de otro modo, no sería un diálogo fecundo: también se recibe, también se asimila, también se digiere el discurso, la cosmovisión y el sistema de valores del prójimo, de ese prójimo que me escucha. Somos nodos en un gran entramado cósmico (17); estamos todos en un gran sistema al que llamamos Universo, conectados. Relacionados. En ese proceso de abrirnos al otro, presentarnos sin imponernos, descubriendo al otro sin objetalizarlo, dialogamos y aprendemos. Nos educamos. Mutuamente. Ahora bien, la posmodernidad nos plantea un gran desafío. El boom tecnológico, la globalización, la apertura y, en general, los nuevos procesos comunicativos (los mass-media, por ejemplo) y los nuevos procesos educativos (como el aprender-haciendo de las recientes escuelas constructivistas y del aprendizaje basado en la resolución de problemas), nos abren enormes posibilidades de humanización (de relación, de paz y civilización), pero también suponen un riesgo. Como señalo en Reflexiones sobre la Neoposmodernidad (18) ya no es pertinente sólo hablar de posmodernidad, sino de neoposmodernidad, y uno de los sellos de dicha posmodernidad es justamente la posibilidad, impensada hasta hace sólo tres décadas, de una comunicación casi ilimitada. Ahora bien, no podemos cantar victoria. Sí es cierto que podemos asistir a una conferencia dictada en Berlín desde Bogotá, sí es cierto que podemos escribirle desde Buenos Aires a alguien que viva en Nueva York, sí es cierto que hasta nuestra imagen en vídeo llegue a todos los sitios del planeta en los que simplemente se disponga de internet, pero también es cierto que este boom tecnológico no siempre favorece las relaciones humanas. Así es. También pueden ser un factor de alienación, de cosificación, de instrumentalización del prójimo. Así que la posibilidad de comunicación casi ilimitada (limitada, hasta el momento, por la disponibilidad o no de wi-fi) también es peligrosa, pues también puede encerrarnos en nosotros mismos. Yo ya lo estoy viendo, como psiquiatra y psicoterapeuta, en muchos de mis pacientes: viven en un mundo de mentira, irreal, virtual en todo el sentido de la palabra: pendientes de la tele, del Facebook, del twitter, de youtube, de todo lo que supuestamente está al servicio de la comunicación. Y ni siquiera hablan con sus padres. Paradójicamente, lo que debería darles más relaciones, se las constriñe. Eso mismo puede suceder en el ámbito educativo, tanto a nivel formal como no formal. Uno puede entusiasmarse con al educación virtual, y agradecer lo práctica que hace la vida (por ejemplo ahora, que escribo este texto desde mi consultorio y sé que el profesor lo leerá luego, en su casa o en su Universidad, sin necesidad de encontrarnos in situ), facilitándonos el proceso educativo (no como antaño, cuando muchos trabajadores no podíamos estudiar simplemente porque nuestros trabajos no nos permitían la presencialidad), pero nunca podrá uno pretender que lo virtual reemplaza lo presencial. ¿Por qué lo digo? Porque somos hombres, personas humanas. Nada reemplaza el apretón de manos, el saludo franco, el cruce de miradas, el tener esa proximidad corporal y lingüística que sólo brinda el encuentro físico. Por eso es que las tutorías son necesarias: no basta el verse por medios virtuales. Se corre hoy en día el peligro de escindir aún más a maestros y estudiantes, de zanjar un abismo entre ellos. No se puede permitir eso. ¿Cómo es posible que mientras un maestro esté hablando, sus estudiantes estén pendientes del chat, del video, o del mismo profesor (de su fotografía, porque están en el aula virtual) y se pierdan del momento mágico de ese encuentro personal y fecundo? Por eso es necesario que, en esta posmodernidad que agoniza y en esta neoposmodernidad que se asienta, no nos dejemos deslumbrar por las novedades. Sí, podemos usarlas. No se trata de negar el progreso. Pero hay que utilizarlo a favor, no en contra, de los procesos comunicativos y educativos. Es fantástico que el acompañamiento continúe mientras el estudiante está en casa o en su sitio de trabajo. Es maravilloso que la virtualidad contribuya a facilitar los procesos de enseñanza-aprendizaje. Pero es siniestro cuando se reducen las relaciones y todo se limita a un des-encuentro tecnológico. REFERENCIAS (1) Maturana, H. El árbol del conocimiento. Universidad de Chile, 2000 (2) Leahey, T. Historia de la Psicología. Mc Graw Hill, Londres, 2001 (3) Grossman, M. Behavorial Neuropsychology, Londres, 1998 (4) Idem (5) Campos Vargas, D.A. Tratado de Psicopatología, Bogotá, 2011 (6) Maturana, H. El árbol del conocimiento. Universidad de Chile, 2000 (7) Llinás, R. El cerebro y el mito del Yo, New York Press, 2004 (8) Garciandía, J. Pensar Sistémico, CEJA, 2008 (9) Garciandía, J. Lecciones de Psicoterapia, Universidad Javeriana, 2012 (10) Campos, D.A. ¿Por qué nos aburrimos en la escuela?, Noticias Asociación Colombiana de Psiquiatría, julio de 2013 (11) Campos Vargas, D.A. Tratado de Psicopatología, Bogotá, 2011 (12) Campos Vargas, D.A. ¿Cómo hacer trabajo gremial desde la Academia?, ?, Noticias Asociación Colombiana de Psiquiatría, octubre de 2012 (13) Sánchez, M. Educación ambiental y desarrollo sostenible, USTA ediciones, 2012 (14) Campos Vargas, David Alberto, Filosofía de la Paz y de la Guerra, Pensamiento y Literatura, mayo de 2013 (15) Campos Vargas, D.A. Tratado de Psicopatología, Bogotá, 2011 (16) Idem (17) Campos Vargas, D.A. Del amor a la Naturaleza, Noticias Asociación Colombiana de Psiquiatría, junio de 2013 (18) Campos Vargas, D.A. Reflexiones sobre la Neoposmodernidad, 2013