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martes, 22 de octubre de 2013

LXXVIII

En cuanto a la ACP, realicé una campaña genuina, dialogando cara a cara con muchos colegas psiquiatras, preguntándoles por sus condiciones laborales, por sus salarios, por cómo viven. Hice unas propuestas precisas, veraces. Insistí en mi honestidad. Y, en efecto, muchos colegas me dieron su respaldo. 2013 fue un año nefasto para la Asociación, pues no hubo Gerente y la Presidencia estuvo manchada por actos desatinados y. a veces, francamente torpes. Además hubo conflictos al interior de la Junta Directiva. Hubo escándalos de corrupción, abuso de poder y hasta malversaciones. Hubo tires y aflojes. La Asamblea General, reunida en el LII Congreso Colombiano de Psiquiatría, fue un triste espectáculo de insultos, ataques verbales y confrontación poco caballerosa. Tengo entendido que se emprenderán hasta acciones legales por difamación. En fin, en medio de todo ese escándalo no se concluyó nada realmente relevante para la calidad de vida de los psiquiatras en el país. No se tocaron los temas sensibles para los colegas: los pisos tarifarios, las condiciones de vida y de trabajo (incluyendo la seguridad de los colegas: varios han sufrido agresiones últimamente), los sistemas de contratación. Ni siquiera hubo tiempo para someter a votación la creación del Comité de Historia y Humanidades que yo había propuesto a principios de año. Para rematar, los expresidentes de la última década hicieron una coalición para monopolizar la mayoría de votos (pues, desgraciadamente, unen su poder político al poder académico: varios de ellos dirigen los posgrados de Psiquiatría en el país). Ante tan potente maquinaria, muchos optaron por no presentarse. Yo creí que sí podía y, entregándome a Dios, me lancé. Fue un salto intrépido, tal vez absurdo para muchos de mis críticos y amigos, pero para mí fue un acto de fe. Una batalla que valía la pena librarse. Las buenas causas justifican la osadía en ciertas circunstancias. Varios colegas me apoyaron, aún a sabiendas de que era una reedición de la lucha de David contra Goliat. Algunos me hicieron llegar sus mensajes de apoyo. Pero todos sabíamos que, muy probablemente, íbamos a perder. Sólo al final de las votaciones, el último día, el doctor Zambrano dio algunas esperanzas al señalar que los psiquiatras infantiles habían apoyado en bloque. Pero, nuevamente, las urnas me fueron esquivas. Algunos colegas (no menciono nombres, para no comprometerlos) me comentaron que había habido fraude, que los resultados nunca se publicaron, que no les permitieron asomarse a corroborar los números en el computador en el que se realizaron y sumaron todos los votos (se había hecho una votación electrónica), que leyeron los resultados en una hojita de papel que no le dejaron ver a nadie, etcétera. No importa. A uno de mis ídolos políticos, Albert Gore, le pasó lo mismo. Le robaron la presidencia de los Estados Unidos, anda menos. ¿Por qué derramar lágrimas por una asociación con menos de 900 miembros, de los que apenas unos 500 son activos y están a paz y salvo, y de la que más de la mitad duda que los represente o sirva para mejorar sus condiciones laborales? Otra lección que también le dio Al Gore al mundo fue que la política tradicional no es la única forma de hacer activismo. Su merecido Nobel de Paz fue el resultado de una hermosa labor que como ecologista lleva realizando desde hace más de una década. En cierto sentido, fue una lección que (sentí) me daba a mí también. Así que, lejos de desanimarme, comprendí que mi camino era otro. Renuncié a la ACP, sin escándalos. Soy un convencido de que uno al retirarse debe mostrar la misma elegancia que mostró al incorporarse a un grupo. Fue así como, en vez de dar un portazo, escribí una nota de agradecimiento y me fui. Sin histeria. Dignamente. Al día siguiente me reuní y hablé con algunos amigos, de distintas disciplinas y especialidades. Muchos de ellos eran ya parte de Fuerza Democrática, un movimiento cívico que habíamos creado con mi hermano en mayo. Algunos eran miembros de la Sociedad Jungiana de Colombia (que fundé en 2011 y aún presido) y de la Sociedad de Amigos de los Libros. Intercambiamos ideas y creamos el Instituto para el Desarrollo y la Democracia de las Américas, IDEA. Espero que IDEA pueda trabajar por la salud mental, el desarrollo global y la calidad de vida de los sectores más necesitados de América. En este momento estoy trabajando para darle la proyección internacional y la solidez institucional que requiere una empresa de tal envergadura. Educación y calidad de vida (dentro de la que deseo hacer un trabajo especial en atención a víctimas y prevención de maltrato) serán sus ejes centrales. Confío en poder hacer algo, y en poder evitar (hasta ahora lo veo posible, pues todos sus integrantes somos personas de bien, íntegras y honestas, y no estamos divididos por rencillas personales ni perniciosos narcisismos) la catástrofe que presencié en la ACP. Ahora más que nunca estoy convencido que una organización gremial y científica sin ánimo de lucro debe tener unos cimientos éticos sólidos.