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martes, 22 de octubre de 2013

LXXV

Gracias al consejo del profesor Alvaro Molina (filósofo y padre de una amiga de la niñez de mi esposa, la doctora Adriana Molina) empecé a estudiar Filosofía en la Universidad Santo Tomás. Estudiar Filosofía era un sueño que tenía aplazado desde la adolescencia, y que por fin iba concretándose. Mi amor por la Filosofía supera todas mis otras aficiones. Nada tan bello, tan sublime, tan útil. Creo que de lo poco que hace bien el ser humano, y de lo muy poco en lo que supera a los animales, hay que destacar su capacidad para filosofar. Así fue como en enero de 2012, catorce años después de cuando debí haberlo hecho, me matriculé en la carrera de Filosofía, Pensamiento Político y Económico y empecé la etapa más feliz de este viaje, es decir, de mi vida, o de lo que llevo de vida. Fue algo maravilloso el poder zambullirme por fin en Aristóteles, en Platón, en Heidegger, en Husserl, en Hume, en Kant. Fue tanto el tiempo de espera que, en mi felicidad inmensa, no sólo asistía a las clases correspondientes a mi semestre y a mi carrera, sino que también entraba a las de Teología y a las de licenciaturas en idiomas extranjeros. Escribí algunos ensayos sobre filosofía, historia y pedagogía, y una Breve Historia de la Filosofía. En cuanto a la ACP, preocupado por la inercia de sus directivos y por cierto ambiente enrarecido (los bandos que había percibido ya en 2009 se fueron atrincherando y enredando en una lucha cada vez mayor, cada vez más enconada), presenté mi candidatura a la presidencia. Quería cambiar el curso de los acontecimientos. Ser una voz sensata, conciliadora, prudente. Recordarles a los “peces gordos” que el liderazgo más eficiente es justamente el que no es protagónico ni vertical, sin el que se fundamenta en el diálogo. No lo quiso así el destino. Perdí por 11 votos.