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martes, 22 de octubre de 2013

LXXII

En Medellín permanecimos hasta diciembre de 2011. Trabajamos en la Clínica del Sagrado Corazón. Asimismo intenté montar una consulta privada. De nuestro apartamento en El Prado, antaño un barrio exclusivo y de arquitectura variopinta (en la que coexisten lo colonial, lo republicano, lo oriental, con ciertos tonos de Belle Epoque) y ya para ese entonces un sitio decadente, perjudicado por jíbaros y ladrones (aunque, hay que decirlo con justicia, conservando parte de su gloria pasada, como una elegante señora que, aún decrépita, se resiste a morir), recuerdo con cariño a don Ángel y su familia. Gente buena, carismática, siempre dispuesta a ayudar. A propósito, eso es algo típico de la idiosincrasia del antioqueño: el ser amable, el servir, el colaborar. Claro que hay muchos defectos de carácter en el paisa, pero creo que ese rasgo es una hermosa virtud que hace falta en muchas partes del mundo. Después nos fuimos a vivir a Envigado, un municipio al que siempre llevaré en mi corazón. Ordenado, limpio, bonito, de clima estupendo y personas de bien. Allí vivimos en una cabañita de madera, arriba de un cerro, casi inmersos en el bosque. Era una verdadera dicha levantarse con el canto de los pájaros, y ver ardillas mientras se tomaba el desayuno. Fue un periodo bucólico en mi vida, muy apto para la lectura, para la reflexión, para la meditación. Estudié teología védica y leí mucho de la literatura sagrada y profana de la India. Animado por mi esposa, aprendí yoga y meditación trascendental. Leí también algo de ayurveda y gracias a un hombre erudito y maravilloso, el doctor Jose Mario Gómez, textos de espiritismo y teosofía. De ahí a la cábala y a los textos gnósticos no hubo sino un paso. Y, como un factor común, la psicología analítica de Carl Gustav Jung. Hacíamos yoga a diario. Gracias a Ana Ximena conocí a un gurú excelente, Radha Ramana. Él comprendió mi interés (quería conocerlo todo sobre el hinduismo, más que moldear mi cuerpo) y me prestó y recomendó muchos libros, cuya lectura fortaleció mi vida espiritual y amplió mis horizontes teológicos. Otras grandes personas con las que compartimos en Medellín y Envigado fueron la doctora Paulina Rodríguez (una psicóloga excelente, generosa y llena de afecto) y su familia, la doctora Laura Elisa González (una residente maravillosa, trabajadora y amable), los esposos Rosita Estrada y Wilson Lara, y los equipos de enfermería, psicología y psiquiatría de la Clínica del Sagrado Corazón.