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martes, 22 de octubre de 2013

LXXI

Después de dos visitas (ella vivía en Medellín, donde trabajaba en el Hospital Mental de Antioquia) y de casi cien llamadas por teléfono a Medellín a principios de junio de 2011 (en mi casa paterna había un plan de llamadas ilimitadas a destinos nacionales, que usé con inmenso placer), acordamos que deberíamos vivir juntos. Ella, de manera diligente, me consiguió trabajo y yo, de manera valiente (romántica, me ha dicho ella) lo dejé todo en Bogotá y viajé a Medellín. Pronto encontramos que éramos el uno para el otro. Hasta en las cosas cotidianas veíamos cuánto nos complementábamos. Decidimos entonces casarnos. Ha sido una dicha para los dos, a Dios gracias.