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martes, 22 de octubre de 2013

LXVIII

A inicios de 2011 también fui precandidato al Concejo de Bogotá, como independiente. Fue una bonita experiencia, pues me presenté y comporté siempre como un outsider original y fiel a mi ideario. Obviamente, como mis recursos económicos eran pocos optimicé todos los otros recursos. Algunos amigos fueron valiosísimos: conté con la ayuda del doctor Parra y unos conocidos suyos en lo publicitario y mediático; la colaboración de Natalia Baquero, politóloga curtida en esas lides; el consejo y la asesoría de varios abogados, profesores e intelectuales. Aunque a mediados de mayo supimos que no eran suficientes las firmas recolectadas (pues las leyes aprobadas durante el gobierno Uribe habían limitado enormemente la creación y el desempeño de los partidos minoritarios en Colombia) y que se requería el “padrinazgo” (la sola palabra me parece espantosa, pues hace clara referencia a la fea costumbre política de apalancarse en un político y/o un partido tradicional para poder tener alguna chance de victoria), y tuvimos que renunciar a la idea de presentar la candidatura, creo que fue algo formativo e interesante. Aprendí muchos vericuetos de la política bogotana, y colombiana en general. Entendí que no bastan las buenas intenciones en un sistema en sí mismo cerrado, oligárquico y paquidérmico, en el que sólo unos cuantos partidos y personajes monopolizan el quehacer político. Pero lo más hermoso fue contar con el apoyo de tanta gente buena, inteligente y honrada, con la que estaré siempre agradecido.