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martes, 22 de octubre de 2013

LXIX

En febrero de 2011 había empezado también a trabajar como catedrático de Psicopatología en la Facultad de Psicología de la Fundación Konrad Lorenz; así como con los enfermeros del Politécnico, me esforcé en darles unas clases de la mejor calidad a mis estudiantes de psicología. Creo que les caí bien de entrada. Hicimos una buena relación y mi desempeño docente fui muy bien evaluado, al terminar el semestre. Mientras tanto, en la Asociación Colombiana de Psiquiatría, proseguía mi labor periodística (era colaborador de Noticias ACP) y gremial. Pasé de ser miembro residente a miembro asociado, y asistí a varias reuniones del Comité Gremial. Mi consultorio funcionaba martes, jueves y viernes. Dictaba clases en Enfermería y Psicología los lunes, miércoles y sábados. Por esa época terminé el Tratado de Psicopatología, y Catedral y Aquelarre. Con ellos ya fueron 11 mis libros terminados (junto a Palacio de Cristal, Luto y espejismos, Arritmia, Ópera Cromática, Nuevo Orden, Liberación de la Palabra, Umbra et Imago, Plenitud, Fuga en Mi Mayor). Por fortuna entendí que el placer no está en recibir un premio, ni en vender muchos ejemplares. Ni siquiera en tener muchos lectores. El placer está en la escritura, en sí misma. Hasta ese día había escrito con cierto afán, con cierta premura, como si se tratara de una competencia con otros escritores. Algo ridículo, que seguramente le ha ocurrido a otros creadores: “A mi edad, ya fulano de tal había escrito tal cantidad de libros, estoy por encima, ya lo he superado…”. Patético. Del Tratado de Psicopatología sólo imprimí 10 ejemplares (de mi propio bolsillo, como siempre), y tengo entendido que nadie lo ha leído completo hasta el día de hoy. Lo hermoso es que ya no me importa ni siquiera si no lo lee entero nadie en un siglo: el placer y el triunfo radicaron en que pude terminarlo. Fue una tarea engorrosa, difícil. Me exigió una escritura científica, rigurosa, ordenada. Y, bendito sea Dios, pude estar a la altura.