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martes, 22 de octubre de 2013

LXIV

Me enfrentaba a un rival formidable, no por sus condiciones humanas sino por sus ardides de político ladino y maquiavélico. Era un hombre ya entrado en años, con experiencia en sindicatos médicos. Hizo una campaña agresiva, usando toda la artillería imaginable. Por fortuna mi conducta siempre ha sido intachable, por lo que nunca pudo atacarme en cuanto a mi integridad moral o mi desempeño. Pero hizo énfasis en mi juventud y relativa inexperiencia política. Prudentemente, y gracias de nuevo a la iluminación del Espíritu Santo, no me empantané en la pelea verbal a la que me quería arrastrar, sino que me mantuve en una postura honorable. Hubiera perdido mucho tiempo y recursos contestando sus ataques: me centré en mi campaña, y punto. Llegó el día del debate, y de nuevo me limité a exponer mis propuestas para los residentes de psiquiatría (que sumaban unos 100, en todo el territorio nacional) y mantuve la calma. Llegué incluso a hacer vibrar al auditorio con algunas intervenciones. Mi competidor perdió la cabeza y procedió al ataque personal, con lo que perdió varios votantes. Fue increíble. Había sido un debate en el que todos creían que el experimentado sindicalista me iba a hacer picadillo, y terminó siendo una victoria para mi equipo de campaña. Al final, obtuvimos una victoria categórica con 74 votos a favor; 15 personas votaron por nuestro contendor, y el resto no votó. Le agradecí a mis colaboradores (los doctores Manuel Vides, Elkin Llanes, Javier Cáceres, Carolina Jaramillo, Carolina Cristancho, y mi esposa, Ana Ximena, que en ese entonces era simplemente una amiga…pero una amiga que ya dejaba ver su capacidad para ayudarme y respaldarme).