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martes, 22 de octubre de 2013

LVII

Estando en Chiclayo llamé a casa y papá me contó que en la Facultad de Medicina me habían preseleccionado para la especialidad. El examen, que no había sido de Psiquiatría sino de Medicina General (“para algo sirvió saber todo esto”, pensé cuando contesté el cuestionario), lo había presentado en octubre. Pero había otro, y un examen de cultura general, y una entrevista. No contaba con eso. Yo tenía planeado retornar a Colombia a mediados de diciembre, pero hubo que adelantar las cosas. Aún recuerdo cómo el bici-taxi me llevó, en cuestión de minutos, al terminal. Lo comparé con los taxis que se atascan en los grandes trancones de Bogotá, Sao Paulo, Caracas, Lima y Santiago. No hace ruido, no emite gases tóxicos, cabe en callejones estrechos. Pensé cómo sería de bonita Bogotá con bici-taxis haciendo recorridos turísticos en La Candelaria. La realidad interrumpió mi fantaseo. Ya eran las cuatro de la tarde. No había buses para Ibarra. Entonces, a pesar del calor y la fatiga, recordé mis peripecias por Uruguay y Argentina y salí a hacer autostop. Avancé de tramo en tramo, gracias a señores muy amables y variopintos. Uno de ellos, que dijo estimar mucho a los “colochos” (apodo que tienen para los colombianos), me invitó a comer junto con su familia. Les di lo único valioso que llevaba: un ejemplar de Nuevo Orden. Al fin, casi a la medianoche, un camión me dejó en la frontera. Ya en Ecuador tomé un bus a Quito y la idea era tomar enseguida otro a Pasto, Colombia. Pero quise pasear por la capital ecuatoriana a la madrugada. Tenía cierto encanto indescriptible. Hacía mucho frío, pero valió la pena. ¡Cuánta belleza! Hubiera sido un pecado haber seguido de largo. Desayuné con un buen bolo de verde acompañado de café y queso. Caminé por el centro de la ciudad hasta el mediodía, hablando con la gente del común, y luego, cuando ya estaba sin piernas del cansancio, anduve lo que me faltaba en tranvía. Concluí, al subirme al bus hacia Pasto (a eso de las cinco de la tarde), que había tomado una decisión correcta. De ahí en adelante, muy pocas veces en la vida he antepuesto la prisa al disfrute estético. De Pasto a Cali y de Cali a Bogotá. Llegué a eso de las seis de la mañana. Curiosamente, no estaba exhausto sino contento, agradecido con Dios y con la vida. Me afeité y bañé pensando en las posibles preguntas que me harían en la entrevista, busqué un buen traje y me puse la misma corbata con la que me había graduado, casi cuatro años antes. Se cerraba un ciclo, e iniciaba otro.