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martes, 22 de octubre de 2013

LV

Me di un viaje de premio, al terminar el rural. Algo me decía que sería el último trabajo que tendría como médico general. Quería empezar la especialización en Psiquiatría, y ya me sentía cansado del rol. Hice un periplo por tierra, pasando por Ecuador, Perú y Chile. Fue una experiencia fantástica. Me reencontré con la familia Saldaña Manzo en Loyca, y dormí en el colchón hecho con piel de oveja, como en los viejos tiempos. Llamé y vi a otros amigos de antaño. También con Felipe Schuman, de la radio de San Pedro, y con la señora Zulema Herrada. Traté de saludar de nuevo a todos los funcionarios municipales que pude. Me sentí muy contento al constatar que me recordaban con cariño. Algunos me comentaron con agrado cuánto había madurado: me veían más fuerte, más religioso, más ordenado, con más determinación. Es verdad. La fuerza de la vida espiritual se nota. Y no sólo en la mirada o el rostro. El carácter se hace más reflexivo, más elevado, y al mismo tiempo más invencible. La religiosidad es una verdadera forja. Recorrí el norte de Chile, pasé por el desierto de Atacama y llegué al Perú. Con agrado encontré que uno de mis libros se encontraba en una vitrina de Arequipa, junto a otro de Mario Vargas Llosa. Entré a saludar y le comenté a la librera que me sentía halagado. Ella abrió los ojos y preguntó, emocionada: “¿Usted es David Campos?”. Y añadió: “Me lo imaginaba más viejo. Usted escribe como si hubiera vivido mucho”. Algunos se acercaron y me dijeron cosas maravillosas. Uno aprende muchísimo de los lectores. Captan en lo que uno escribe hasta lo que a uno le ha pasado desapercibido. Me sentí como en casa. Me invitaron a un recital de poesía y anduve, durante tres días, embelesado en aquella hermosa ciudad. Pero lo mejor de Arequipa son sus noches. Sus edificaciones, de arquitectura colonial y pintadas de blanco, cobran vida en la oscuridad. El clima es agradable y se puede caminar tranquilamente. Me encantó también su comida. La cocina peruana es famosa mundialmente por sus colores, sabores y texturas. Pero creo que el triple arequipeño acompañado de chicha morada es el clímax del sabor peruano. Desde que lo probé, en diciembre de 2007, me hice fan de dicho plato. Volví a encontrarme con Carola Paz en Cuzco. La radiante psicóloga santiaguina parecía ahora una sacerdotisa. Su esposo, Basilio, era un iniciado en el conocimiento y la religiosidad incaicos. De ambos aprendí muchísimo, escuchando atentamente. Hay en la sabiduría amerindia un componente contemplativo sumamente interesante. Como estaba agotado después de subir a pie a Machu Picchu (donde pude comprobar que sólo el coraje y la conexión espiritual con aquellos místicos parajes le ayudan a uno a aguantar el soroche, una sensación espantosa, especie de vahído, náusea y cefalea en la que uno siente que se desintegra), el primer día les dije que recorriéramos el casco urbano y fuéramos a descansar. Sonriendo, la pareja de amigos me hizo caso. Comprobé que la integración de las culturas produce cosas maravillosas: iglesias de inspiración barroca construidas sobre pulidas y enormes piedras precolombinas, cuadros en los que el arte español se integra con el inca, música con aires amerindios y tonos de flamenco y zarabanda. Pero también reflexioné sobre cómo fue de brutal, sangrienta y bárbara dicha integración en América. Cuando el Papa Benedicto XVI (Joseph Ratzinger, uno de mis teólogos favoritos) declaró que la cristianización del Nuevo Continente había transcurrido sin violencia incurrió en un error garrafal. Me sorprendió sobremanera, pues se trata de un hombre erudito y usualmente bien documentado. Semejante declaración fue una total metida de patas. La evangelización, aunque con honrosas excepciones de buenos frailes (sobretodo franciscanos), fue un fenómeno militar y político. La cruz se impuso con la espada. Eso jamás lo hubiera deseado Jesucristo. Es más, no tuvo que ver tanto con la Iglesia como con las Coronas española y portuguesa. Noté algo de resentimiento en los cusqueños (y luego, en otros viajes, en poblaciones ecuatorianas y del sur de Colombia) con respecto al catolicismo; eran católicos de nombre, pero sincréticos de facto: seguían venerando sus cerros, sus deidades. El culto a la Pacha Mama estaba detrás de la veneración mariana (hasta en lo pictórico, aún dentro de las iglesias: sólo hay que saber mirar con detenimiento). En realidad no vivían el cristianismo, así cumplieran con algunos de sus sacramentos. Lo veían como algo impuesto por los conquistadores europeos, y se resistían tanto al colonialismo ibérico como al neocolonialismo estadounidense (que todavía continúa) aferrándose a su antigua religión y a sus costumbres. Me pareció un fenómeno interesante. La resistencia no era armada, como pretendían Castro, Torres o Guevara; tampoco era un intelectualismo panamericanista pero dirigido por criollos educados, como con Zea, Dussel e Ingenieros; veían a Bolívar tan lejano como a cualquier monarca español. A lo largo y ancho de América, Asia y África se dieron atropellos de europeos contra población nativa. Algunos misioneros trataron de establecer un diálogo filosófico, o de traducir para salvar algunos textos. Pero hubo sangre la mayoría de las veces. Eso sí, hay que decir que la mayor parte de la culpa recae en las autoridades monárquica. La mayoría de abusos y atrocidades fueron perpetrados por los conquistadores, virreyes y oidores. Muy pocas veces por clérigos o frailes. Pero los dominados no suelen hacer la distinción, y de ahí el rencor solapado hacia la Iglesia Católica. Creo que salidas en falso como la de Benedicto XVI no ayudan. La Iglesia (y todo el Cristianismo en general, pues los protestantes se portaron aún peor en Norteamérica) tiene que pedir perdón.