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martes, 22 de octubre de 2013

LIII

De las mejores cosas de la vida fue el haber podido vivir en la casa cural de Vegalarga. Yolibeth Muñoz, una de las enfermeras del centro de salud de García, era amiga del padre Luis Díaz, y habló con él para que me permitiera la estadía durante el segundo semestre de 2007. La casa era tosca, pero grande y con dos bonitos jardines interiores. Mi habitación le hacía juego: era amplia, pero sin adornos. Sólo dos camas sencillas (que terminé uniendo, para hacerme más confortables las noches) y un rústico clóset. Traje de la sacristía una mesa y una silla de plástico, y me compré una lámpara. En esa mesita escribiría Plenitud y los poemas finales de Liberación de la Palabra. El padre Díaz fue amplio, generoso. Comía muy poco, pues cuidaba de su estado físico y ayunaba a menudo como parte de su religiosidad, pero nos daba a los demás miembros de la casa abundante cantidad de frutas y manjares que le regalaban los feligreses. Los demás sumábamos nueve personas: la señora que cocinaba y lavaba la ropa; el rector del colegio, don Javier Suárez, un profesor impecable; el diácono; cinco muchachos de escasos recursos que gozaban de la hospitalidad del padre (igual que una veintena de adultos mayores que vivía en el hogar geriátrico de la parroquia) y hacían de sacristanes, y yo. Aunque ya en Chile me había ido reencontrando con el catolicismo, sobretodo gracias al padre Miguel Jordá (que estaba interesado en la poesía popular chilena, sobretodo en los cantos a lo divino de las zonas rurales), fue en Vegalarga donde pude tener el privilegio de escuchar los edificantes sermones del padre Díaz (a quien además consultaba cuando tenía dudas teológicas) y de leer libros excelentes de exégesis bíblica y filosofía de la religión. Además era feliz haciendo repicar las campanas para llamar a la misa y leyendo en la misa. Trabajaba desde las ocho de la mañana hasta el mediodía. Como Vegalarga estaba separada de García sólo por un pequeño río, me bastaba caminar unos ochocientos metros para estar en mi trabajo. Después leía hasta la una (el padre Díaz me surtía de excelentes libros; además de los textos exegéticos y filosóficos, tenía excelentes biografías de santos y libros de Teología, Historia y Geografía) y me iba a la casa cural a almorzar. Me quedaba tiempo para una pequeña siesta, que aprovechaba para reponer energías (pues escribía a veces hasta después de la medianoche), y luego cruzaba de nuevo el puente y trabajaba hasta el crepúsculo. Se cenaba a eso de las seis y media. Después venía la misa, y a partir de las ocho de la noche cada uno partía a donde quisiera: los muchachos se iban a su dormitorio (una amplísima habitación que, aunque tenía las camas dispuestas como un orfanato, tenía toda la alegría de la vida juvenil: desordenada, llena de instrumentos musicales, disfraces y balones, además de revistas deportivas y juegos de mesa) o salían a merodear las solitarias calles si tenían algún amorío por ahí; yo me iba a la biblioteca de la casa cural, o me quedaba conversando con el padre o el diácono después de la cena; el profesor Suárez volvía al colegio (que quedaba al lado de la iglesia) a organizar papeles y preparar la jornada siguiente. Tuve entonces la iniciativa de hacer un cineforo. También, en colaboración con el colegio que dirigía el profesor Suárez, algunas actividades folclóricas en las fiestas de San Juan y San Pedro (festivales que, por tradición, se realizan a mitad de año; en ellos se tocan y bailan bambucos y se consumen grandes cantidades de lechona y asado huilense). Fue una buena lección, muy útil para la vida: se debe educar cada comunidad por los canales más adecuados, en consonancia con sus costumbres. No se trata solamente de “importar” ciertas manifestaciones culturales para favorecer el desarrollo. Esa es una visión con tintes de eurocentrismo y colonialismo. Las actividades culturales se deben proponer a las personas sin chocar con sus costumbres. También sirvió el cineforo para unirnos más a los que habitábamos la casa cural. Incluso empezamos a organizar partidos de microfútbol, frente al colegio. A veces se nos unían otros jóvenes de la calle, y hasta algunos profesores. Cada partido era, al mismo tiempo, una manifestación de voluntad frente a los terroristas. Dichos grupos al margen de la ley imponían un toque de queda, y los habitantes de Vegalarga no salían de sus casas por temor. Nosotros no nos dejábamos intimidar. Y yo, de paso, seguía en mi empeño de superar el sobrepeso. Me dio mucho pesar cuando cuatro años después ocurrió otro ataque de los terroristas, que perjudicó la iglesia y la cancha en la que jugábamos. Hubo daños en el colegio y en la casa cural. La violencia, como mala hierba, se resiste a desaparecer en este país ya suficientemente ensangrentado.