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martes, 22 de octubre de 2013

III

Al regresar a Neiva, mis padres arrendaron un apartamento en el centro de la ciudad. Era bullicioso, distinto al paisaje casi bucólico de Altamira. Mi papá pasaba horas conmigo, jugando y comentando los programas de TV que veíamos durante la mañana (luego me enteré que, para poder hacer esa gracia, trabajaba en su oficina hasta la madrugada). Me encantaba ver Lassie. Qué animal tan noble. En las tardes, mi mamá me llevaba a la Biblioteca Departamental. Después me matricularon en el Jardín Infantil Mi Casita. Era un sitio divertido. Me encantaba jugar y aprender. Del preescolar recuerdo con cariño a mis profesoras: Socorro, Alicia, Mariela, Marta. No recuerdo sus apellidos pero sí sus gestos, sus miradas, sus palabras siempre generosas. También sus manos protectoras, bienhechoras. Con Mariela aprendí a hacer mis primeras letras. Era una profe estupenda, con gran sentido del humor. Con Marta pude hacer mi primer escrito propiamente dicho, una carta a mis padres. Y escribí y dirigí una bonita obra de teatro. El tema central era la amistad más allá de las barreras socioeconómicas, el verdadero compartir. Creo que papá tiene aún algunas fotos de cuando la presentamos. Estas maestras hicieron mella en mi espíritu. Me enseñaron con amor inmenso, y me enseñaron el amor mismo con su ejemplo. En ocasiones aparecen estas buenas mujeres en mis sueños. Pero son más que arquetipos. Son personas que me hicieron mucho bien.